jueves, 3 de abril de 2025

NOVENA DE ACCIÓN DE GRACIAS A NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO

 


NOVENA DE ACCIÓN DE GRACIAS

A LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO


POR EL

R. P. RAMON SARABIA

REDENTORISTA


EDICIÓN SEGUNDA


MADRID

EDITORIAL EL PERPETUO SOCORRO

Manuel Silvela, 14

Año de 1942



ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS 

Oh Madre del Perpetuo Socorro, tuve penas y acudí a Ti, porque Tú eres la consoladora de los afligidos; estuve enfermo y te llamé, porque eres la salud de los que sufren; me asaltaron las tentaciones y corrí a tus plantas, porque eres la reina del infierno y la vencedora de todos los demonios; temí por mi salvación eterna y me eché en tus brazos, porque el que te ama y en Ti confía no se puede perder... Y cuando te llamaba y te contaba mis penas y mis temores, el nombre más dulce y consolador que salía de mis labios era éste: Madre del Perpetuo Socorro, porque es el compendio de tus misericordias y el ideal de mis amores. A Ti vine con los ojos llenos de lágrimas y de tus pies me levanté con el corazón lleno de esperanzas. Tu voz tiernísima me decía que serías en efecto mi perpetuo y maternal socorro. Y así fué, Me has consolado, me has bendecido. Una vez más confieso a la faz del cielo y de la tierra que Tú has sido la alegria y la salvación de mi alma. Por eso vengo a ofrecerte esta novena de acción de gracias. Nueve días vendré a postrarme a tus plantas y a decirte con toda la sinceridad de mi corazón: ¡Gracias, oh Madre del Perpetuo Socorro, gracias!


DÍA PRIMERO

En nombre de toda la humanidad... ¡gracias!

La humanidad vivió cuatro mil años de vida de dolores, de pecados y de esperanzas. En aquellos siglos, sombríos como la antesala del infierno, sólo penetraba un rayo de luz: Jesucristo, el Redentor anunciado en el paraíso terrenal ¡Cuatro mil años sin Jesucristo! Rezaban los patriarcas.... suspiraban los judíos y volvían los ojos hacia El y llamaban con gritos de angustia. Sus plegarias parecia que se estrellaban contra un cielo de bronce. Pero en la encantadora Nazaret nació una niña, obra maestra de Dios: ¡Maria! Y aquella alma, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, cayó de rodillas y dijo al Señor: Envía al que tienes que enviar. Aquella oración conmovió el corazón de Dios más que la voz de los patriarcas y los lamentos de los profetas. Levantose Dios, como un gigante, en expresión del rey David, y se resolvió a emprender su viaje a la tierra. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, ¡qué pocas veces los hombres han pensado en esa lluvia de bendiciones que tu oración hizo caer sobre la tierra seca y sedienta de Dios! La inmensa mayoría de ellos bajan a la tumba sin conocer y meditar esa fineza de tu poder y de tu amor. Yo, al menos, en nombre de la humanidad que tiene fe, te digo con toda la piedad de mi corazón: Madre mía..., ¡gracias! Hay algo más... El espacio tiene un sol que es la fuente de luz...: el cielo tiene un Dios que es el centro de infinita grandeza en derredor del cual giran todas las paravillas del universo... la tierra tiene a Jesucristo, Persona divina que asumió la naturaleza humana... y ese Jesucristo ha escrito en la historia de la humanidad páginas de grandeza, de belleza y de caridad que son el pasmo del cielo. Sin ellas los anales del mundo no serían más que un monumento que perpetuaría degradaciones y crímenes, porque el mundo sin Jesucristo sólo produce miseria, pecado..., obras de maldición... La Iglesia en el prefacio de las solemnidades marianas canta: Es justo y digno, oh Señor, que te demos gracias en esta festividad de la Virgen María, porque Ella concibió por obra y gracia del Espiritu Santo y dió al mundo este tesoro divino que se llama Jesticristo, Señor nuestro... Y es también muy justo y razonable que todos los hombres, oh Maria, se postren a tus plantas y te den gracias por haber merecido ser Madre de Dios. Asi pudiste ofrecer al mundo esa gracia de las gracias: Jesucristo Permite, pues, oh Virgen del Perpetuo Socorro, que yo te cante en nombre de toda la humanidad lo que la misma santa Iglesia te canta: Feliz eres, oh Maria, y dignísima de toda alabanza, porque de Ti, nació Cristo, nuestro Dios. A Ti y a ese Jesús que descansa en tus brazos, honor y alabanza por los siglos de los siglos.


CORONA DE ALABANZAS

Oh Madre del Perpetuo Socorro, creo y confieso que por disposición divina sois la Dispensadora de todas las gracias de Dios, y que todas las criaturas deben amarte y cantar eternamente tus alabanzas y tus misericordias.

-Ave María.


Oh Madre del Perpetuo Socorro, espejo de la infinita bondad de Dios que me dará un corazón agradecido a vuestra bondad y que vuestro nombre será alabado y bendecido en los cielos y en la tierra, como símbolo de amor y de misericordia. 

-Ave María.


Oh Madre del Perpetuo Socorro, amo a Dios porque os hizo tan santa, tan grande y tan misericordiosa y os amo a Vos, porque sois mi Madre y la celestial bienhechora que me da el pan de cada día y todas las gracias que necesito para mi salvación eterna. 

-Ave María.


ORACIÓN FINAL

Oh Madre del Perpetuo Socorro, quisiera quedar siempre a vuestras plantas cantando vuestras grandezas y agradeciendo vuestras misericordias. Si me voy de aquí queda mi corazón, con esos ángeles que os adoran, con esas lámparas que os alumbran, con esas flores que os perfuman, con esas almas que sin cesar se relevan a vuestros pies para ofreceros el homenaje de una súplica perpetua. Pero, cuando oiga las campanas de vuestros templos, cuando vean mis ojos alguna de vuestras imágenes, cuando un rayo de la luz de la gracia penetre en mi corazón, cuando una pena repentina turbe la paz de mi espíritu, cuando una alegría no esperada conmueva suavemente las fibras de mi alma, cuando el sol decline, cuando amanezca la aurora, cuando sienta en medio del rumor de la vida la voz de Dios, centro de toda la vida y fin de todas las cosas, levantaré mis ojos a Ti, Madre mía, y clamaré por tu Perpetuo Socorro... Pero no me olvidaré nunca de decirte agradecido y amoroso: Gracias, Madre mía, gracias... Es el himno de la gratitud de la vida... Será el estribillo de la eternidad... Oh Madre del Perpetuo Socorro... que así sea.


DÍA SEGUNDO

En nombre de los redimidos... ¡gracias!

Subamos al monte Calvario. Allí en una cruz, entonces infame, clavada está una víctima. Es Jesús. Era Dios y movido por su infinita caridad quiso perdonar nuestra culpa y redimirnos de la maldición y de la condenación eterna. Y concibió el pensamiento divino de hacerse hombre, pasar vida de humildad y de dolores y morir en unacruz. Y ahí está en lo alto del Gólgota. Hace veinte siglos que las generaciones humanas pasan por esa montaña santa; y las almas que caminan alumbradas con la antorcha de la fe enfocan sobre ese mártir divino sus rayos celestiales y caen de rodillas y besan esos pies sagrados y se lavan y se purifican en esa sangre santa y repiten con lágrimas de gratitud en los ojos: Redentor del mundo..., Redentor mío..., ¡gracias! Pero no está solo. Al pie de esa cruz redentora está su Madre, María. Toda su vida padeció en compañía de Jesús. No quería abandonarle en la hora de los grandes dolores y de su afrentosa muerte. Y sus lágrimas se mezclaban con las lágrimas y con la sangre de su Hijo divino; y sus penas interiores, amargas como las olas de todos los mares, formaban con las penas del Redentor divino un mar de dolores de donde tenía que surgir la humanidad pecadora regenerada. Así lo predicaba maravillosamente el gran Bossuet cuando exclamaba: La obra de nuestra corrupción empieza por Eva: la obra de nuestra reparación, por María. Eva pronuncia la palabra de muerte, María, la de vida. A Eva dióse la maldición; la bendición, a María. Bendita Tú eres entre todas las mujeres. María es, por Jesús y con Jesús, Corredentora del mundo, es mi corredentora. El perdón, la libertad, la gracia, la amistad de Dios, la vuelta a la casa paterna, las maravillas de la Iglesia y de los sacramentos, como consecuencia de la redención; todo se lo debemos a Jesús y a María... Los viejos cautivos, cuando recobraban su libertad, arrastrando sus cadenas subían a los santuarios de la Virgen y allí, en aquellas paredes que rezumaban misericordias de María, suspendían aquellos férreos eslabones, como monumento eterno de su gratitud... Oh Madre del Perpetuo Socorro, aquí debieran estar todos los hombres suspendiendo ante tu santa imagen aquellas cadenas que los arrastraban a la condenación eterna... porque por Ti y por Jesús podemos mirar al cielo y esperar sus infinitas alegrías. Pero los hombres, ¡qué incrédulos son!... ¡qué ingratos! ¡Yo al menos en nombre de todos ellos te digo y te diré eternamente: Oh María, porque en compañía de Jesús con tus penas y con tus amores nos has redimido! ¡gracias!


DÍA TERCERO

En nombre de los adoradores de Jesús Sacramentado... ¡gracias!

Miraron los ángeles del cielo hacia la tierra y vieron un Sagrario y una lamparilla, y cantaron: "He aquí que el tabernáculo de Dios se halla en medio de los hombres." Era una realidad de invención divina. El Verbo se hizo carne y vivió entre nostros. Vivió en nuestra compañía y no quisimos reconocer su divina grandeza. El, sin embargo, nos amaba, y porque nos amaba, no acertaba a separarse de nuestro lado. Quería oír las quejas amargas de nuestros dolores y ver de cerca esta tierra en que tenemos que vivir y en la cual nuestros pies tropiezan a cada paso con abrojos y espinas. Y vivió en Nazaret y recorrió los pueblos y ciudades de Palestina. Pero los hombres le cargaron de cadenas, le llevaron de tribunal en tribunal y al fin consiguieron que la justicia humana le condenara a muerte de cruz. Y cuando salió del Gólgota le decían: Márchate de este mundo; no te queremos por amigo y vecino. No reinarás jamás sobre nosotros. Mas Jesús había dado la respuesta del amor y del triunfo: "He aquí que estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos." Y, en efecto, Jesús desde el fondo de todos los Sagrarios repite el estribillo de la victoria: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. En medio de ellos vivo. Los veo a todos a través de las rejas de mí cárcel de amor. La humanidad se entregó vencida y cayó de rodillas ante las puertas del Sagrario y le decía con lágrimas: No te quisiste marchar, porque nos amabas. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin Ti, pues Tú eres el camino, la verdad y la vida? Jesús, Redentor y Vecino nuestro... ¡gracias! Pero podemos afirmar que Jesús no se quedó en nuestros sagrados tabernáculos sin la venia o al menos sin el aplauso de su Madre, María... La Virgen ama la tierra, que es su patria, y no pudo dejarle un habitante más santo y poderoso que el Hijo de su alma. Acudimos nosotros al Sagrario y le contamos a Jesús nuestras penas y pedimos las gracias espirituales y materiales que necesitamos para esta vida que se va y la otra que es, eterna. Y mientras nuestros labios humedecidos de lágrimas murmuran ardientes plegarias, allí está Ella rezando por nosotros: Ahí están, le dice a Jesús, son los míos, los hijos que Tú me diste en el Calvario... Los amo... Ahí están: han venido a visitarte... No les dejes marchar vacíos... Llena su corazón de las gracias que pueden hacer más felices... Jesús, te lo pido por el amor que me tienes... ¡Soy Madre tuya!; ¡soy también Madre de ellos! Para esos pobrecitos que piden y que lloran!: ¡piedad!, ¡misericordia! Y nos levantamos del Sagrario consolados y fortalecidos... Hemos conseguido la limosna que pedíamos... ¡Gracias. Jesús !... ¡María, gracias!


DÍA CUARTO

En nombre de las almas eucarísticas... ¡gracias!

Y tomó Jesús pan y lo bendijo y dijo: Tomad... comed... ¡esto es mi cuerpo! El Dios que con una sola palabra hizo, brotar los mundos en el abismo de la nada, con esas sencillas y breves palabras obró la más grande de las maravillas e instituyó el más sublime de todos los sacramentos... El hombre desde aquel día es comensal del Verbo divino y en ese banquete de cielo se alimenta de Dios. En esta invención de la caridad divina ¡cuánto no hubo de sufrir el Corazón de Jesús! ¡Muchos hombres desdeñaron su infinito don!... ¡No lo quisieron recibir! El pan de la tierra, sí...; el pan del cielo, no. Otros se acercaron a esa mesa divina, arrebataron la hostia santa y se la echaron a Satanás, que por el pecado llevaban en su corazón... Otros recibieron en un alma santificada por la gracia ese manjar divino; pero ni una palabra de gratitud y de amor brotó de sus labios. Del comulgatorio se fueron a la calle sin haber pronunciado una sola vez la palabra: gracias. Afortunadamente aún hay almas santas, almas que tienen corazón y saben amar... Han comulgado... cruzaron las manos sobre el pecho, se aislaron del mundo, se olvidaron de sus vanidades y bagatelas... ¡Dios y ellas! Y en el Sagrario de su corazón, postradas a los pies de su Jesús-Eucaristía aman, cantan, rezan, lloran, piden... ¡Cuántas veces y con qué deleite sabrosísimo le dicen: Gracias... Y ¿cómo no se lo dirían si éste es el más grande de todos los beneficios divinos? Pero esas mismas almas eucarísticas ¡cuántas veces se alejan del templo sin haber dado gracias a la Virgen María por el don infinito de la Eucaristía! Y, sin embargo, ese trigo divino lo amasó Ella en su seno purísimo, y lo regó con la ternura de sus lágrimas... Y cuando Jesús determinó instituir el Sacramento adorable de la Eucaristía, podemos afirmar que no lo hizo sin contar con la venia y el beneplácito de su Madre. Ese olvido de las almas santas es también una pena muy honda y sensible para el corazón de Jesús. María nos preparó en su seno inmaculado esta carne divina... María consintió que Jesús pasara por todas las humillaciones y amarguras que tiene que llorar en el Sagrario... María por medio del sacerdote deposita en nuestros labios el mismo Hijo que Ella llevó en sus brazos... María se complace amorosa en nuestra unión eucarística con Jesús... María une sus plegarias a las que nosotros hacemos cuando hablamos con el Verbo divino, en nuestro corazón... Sean, por tanto, dadas gracias a Jesús: pero no nos levantemos del comulgatorio sin dar también gracias a María. Oh Madre del Perpetuo Socorro, en nombre de todas las almas eucarísticas... ¡gracias!


DÍA QUINTO

En nombre de los pecadores... ¡gracias!

Salvar las almas perdidas por la culpa fué misión de la misericordia de Jesucristo. Él mismo lo decía con aquellas amorosas palabras: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia. Lo mismo pensaban las almas formadas en la escuela de este divino Maestro: "Correr hasta el fin del mundo, salvar un alma y morir: he ahí una muerte digna de santa envidia", así pensaba y escribía el gran apóstol Francisco Javier. ¿Cómo podía pensar de otra suerte, María, Madre de Jesús y modelo de todos los santos? Con razón la Iglesia cae de rodillas a sus plantas y le dice: Refugium peccatorum: ora pro nobis. Refugio de pecadores: ruega por nosotros. María ama a los pecadores. Sólo les pone una condición: que tengan deseos de salir de la culpa y volver al amor de su Jesús. Así lo dijo la misma Madre de Dios a Santa Brígida: Cuando un pecador, por grande que sea, acude a mí con sincera intención de enmendarse, estoy desde luego dispuesta a recibirlo y no miro sus pecados, sino solamente la intención con que viene y no me desdeño de curarle las llagas de su alma, porque me llamo y soy en verdad Madre de misericordia. Y no tan sólo recibe la Virgen a los pecadores, por ruines y malvados que sean, sino que se apresura a formar en su corazón el dolor de los pecados, los lleva al sacramento de la penitencia, y allí se les borran todas las maldades de la vida. Así lo confesaba el gran San Agustín: "María, escribía, es la única esperanza de los pecadores, ya que por sola su intercesión esperamos alcanzar la remisión de todos nuestros pecados." Y ¿cuántos son los pecadores? Responde el profeta David: "Todos amaron la iniquidad. No hay un solo hombre que en todo obre bien." Sólo Jesús y María no estuvieron nunca bajo el poderío del pecado. Por consiguiente, todos los pecadores que se reconcilian con Dios y se salvan, lo alcanzan por medio del Perpetuo Socorro de María. Asomaos a las puertas del cielo y preguntad a sus felices habitantes: ¿Quién os libró de las garras del pecado? ¿Quién os reconcilió con Dios? ¿Quién os trajo a esta patria de la santidad y de la dicha sin fin? Y una voz universal os responderá: ¡ María, María! Y allá, en el cielo, los pecadores salvados cantarán eternamente las misericordias de esta Madre de bondad. Pero acá en la tierra, ¡qué pocos hay que sean agradecidos con su celestial Libertadora! En esta novena de gracias no quiero, Madre mía, que te falte mi gratitud y la de todos los pecadores. Por eso, en mi nombre y en nombre de todos ellos, reconozco que tu misericordia nos salvó, que tu bondad nos alcanzó el perdón y que sólo por tu medio esperamos alcanzar la vida eterna. Por eso bendita y alabada seas eternamente en el cielo y en la tierra.


DÍA SEXTO

En nombre de todos los Santos... ¡gracias!

No es opinión de un teólogo exaltado; es doctrina de todos los santos Padres, de los sabios más profundos del cristianismo y de toda la Iglesia católica, maestra de toda verdad: Todas las gracias de Dios las recibimos por medio de su Madre y Madre nuestra, María. Es un espectáculo conmovedor ver cómo todos los santos y sabios de la Iglesia se acercan a la Virgen para predicar al pie de su trono que ella es la gran bienhechora de la humanidad. San Bernardino la proclama: Dispensadora de todas las gracias. San Alberto el Grande se atreve a decir que María es la Tesorera de Jesucristo. Y San Bernardo declara también con todo el peso de su gran autoridad que Dios depositó en las manos de Maria todas las gracias que intentaba dispensarnos, a fin de que sepamos que sólo descienden a nuestra alma cuando María abre sus manos para derramarlas sobre ella. San Agustín firmaba con su solemne autoridad estas magníficas palabras, que nos dicen la grandeza incomprensible de María en la economía de la salvación y santificación del mundo: "Por Vos, Señora, heredan la misericordia los miserables; los ingratos hallan gracia; los pecadores alcanzan perdón; los débiles obran grandes maravillas; los corazones terrenos se levantan a cosas celestiales: los mortales recobran la vida; los peregrinos vuelven sin peligro a su patria." Esta es la doctrina que defendió y propagó el más grande de los cantores marianos, San Alfonso. Podemos, por tanto, afirmar que si los mártires tuvieron fortaleza para confesar su fe en medio de los mayores tormentos, lo debieron a María... que si las vírgenes conservaron sin mancha la estola blanca de su inocencia, lo debieron a María... que si los anacoretas y los monjes perseveraron en la soledad de los desiertos y de los claustros, lo debieron a María... que si muchos hijos de Jesucristo en el correr de tantos siglos le amaron hasta el heroísmo de todas las virtudes, lo debieron a María. Así lo han reconocido muchas almas santas y por eso escribieron páginas de alabanza en honra de María, levantaron templos magníficos en honra de María, cantaron en bellas poesías las misericordias de María, grabaron en madera y en bronce el recuerdo de los milagros de María, y se pasaron la vida ofreciéndole su corazón como testimonio de su gratitud y como holocausto de su amor. Pero la ingratitud anida, aun en el corazón de las almas fervorosas. Ni los monumentos de su amor están en proporción con la grandeza de los beneficios recibidos, ni podrán abarcar jamás toda la extensión de las misericordias de su celestial Bienhechora. Por eso ahora al pie de tu altar, oh Virgen del Perpetuo Socorro, en nombre de todos los santos, confieso y declaro que de Ti recibieron todas las gracias que les preservaron del pecado y les levantaron a las cumbres de la santidad... En nombre de todos ellos te digo desde lo más íntimo del corazón: ¡Gracias!


DÍA SÉPTIMO 

En nombre de todos los ingratos... ¡gracias!

Diez desventurados leprosos acudieron a Jesús y le pidieron la curación. Curóles Jesús, el bondadoso y omnipotente Nazareno... y se marcharon limpios y alegres. Sólo uno pensó en volver a su divino médico para-decirle con lágrimas de gratitud: Gracias... Los demás recibieron el beneficio y olvidaron al bienhechor... Sintiólo el Corazón de Jesús y manifestó su pena con sentidas y amargas palabras. ¿No es esto lo que todos los días y a todas horas está pasando ante el altar de la Virgen? Aquí vinieron todos los que tenían enfermedades en el cuerpo y agonías en el alma... Aquí desahogaron su corazón, Le decían a la Virgen que tuviera piedad de ellos... Y le contaban la interminable letanía de sus amarguras... sufrían tentaciones y sequedades en el alma... la fe parecía que se apagaba en el cielo de su espíritu... los peligros los empujaban con la fuerza de un remolino irresistible hacia un abismo... tenían hambre... no hallaban colocación para sacar adelante la familia... las garras del dolor oprimían sus pulmones... los seres más amados agonizaban lentamente en el hospital... se sentían solos y desamparados de todo el mundo... los días eran negros como el infierno y el porvenir, aterrador como la muerte... Todo esto te decían, Madre del alma, con ojos llenos de angustia, con palabras empapadas en lágrimas... Y te lo decían a todas horas con novenas que se empalmaban las unas con las otras... Y sobre todo te aseguraban que te amarían siempre, si Tú los oías... ¡Qué espléndidos eran en prometer! Y los oíste, oh Madre del Perpetuo Socorro... Curó el hijo... no faltó el pan en la mesa del hogar... volvió a casa el peregrino... se firmaron las paces del amor... desaparecieron las nubes del alma... A la tristeza sucedió la alegría en aquellos corazones torturados por el dolor. ¡Y se fueron sin darte gracias! ¡Qué pronto olvidaron las promesas que a tus plantas habían hecho!... Quizás Señora, no los volverás a ver a tus pies hasta que nuevas penas vengan a recordarles que sólo Tú eres el Perpetuo Socorro de la humanidad. Tienes, Virgen mía, el corazón más sensible... eres la más delicada de las madres... Sé que sufres por ese olvido de tus hijos. Permite, Madre mía, que en este día te ofrezca mi gratitud en reparación de tantas ingratitudes... No llores, oh Corazón el más tierno y misericordioso y herido de todos los corazones: Aquí tienes el mío, que te dice en nombre de todos los ingratos que te han olvidado: Oh Virgen del Perpetuo Socorro... gracias.


DÍA OCTAVO

Por todos los beneficios por mí recibidos... ¡gracias!

La historia de mi vida es un mosaico formado por las misericordias de María, que nunca medité, ni agradecí, como debiera. Fui redimido con la sangre de Jesús y con las lágrimas de María. Fué ésta, es verdad, una gracia infinita que descendió sobre la frente de todos los hombres y todos por eso deben cantar eternamente las alabanzas de esos bondadosos redentores. Pero ¿por qué nací yo en tierras donde brillaba el sol de la fe? ¿Por qué no me segó la muerte antes que el bautismo bañara mi alma con sus aguas regeneradoras y me comunicara el don de los dones, la gracia, que es el germen de la vida sobrenatural y la semilla de la vida eterna? ¿Por qué labios piadosos pusieron en los míos desde los primeros días de mi vida las plegarias santas de la Iglesia? ¿Por qué fuí creciendo en un cristiano hogar a la vera del templo, que es la casa de Dios y de la Virgen y de donde irradian sobre las almas el consuelo, la verdad y la esperanza? Y luego empezó en mi corazón la lucha tremenda entre el bien y el mal. Y mil veces caí y mil veces las manos de la Virgen me levantaron del abismo en qué cayera... Y son incontables las veces que, cual hijo pródigo, me alejé de Dios... y otras tantas me llamaron las voces cariñosas de mi Madre del cielo y volví al altar y me senté en la mesa de mi Dios, perdonado y feliz. Llegará un momento en que todos los días de mi vida aparecerán ante mis ojos, y veré que sobre todos y cada uno de ellos cayó un rayo de las misericordias de María. Por Ella conservé la fe... Por Ella no se extravió del todo mi corazón... Por Ella tuvieron consuelo mis lágrimas amargas... Por Ella tuvieron salud los míos, y los que amé volvieron a los abrazos de la paz y del amor. Hubo en mi existencia momentos cuya gravedad sólo yo conozco. Todo estaba perdido para mí... Me envolvía la noche del dolor... Me apretaban y ahogaban las garras de la desesperación... La Virgen me salvó. Y con lágrimas en los ojos debo declarar a la faz del mundo que soy un ingrato... No la amé como debiera... No recordé sus beneficios... Casi del todo la olvidé... Las promesas que hice en las horas del dolor se desvanecieron como un sueño. Pero no quiero ser más ingrato. La última gracia que de sus manos he recibido me ha hecho ver toda su bondad y toda mi miseria... ¡Qué buena es mi Madre!... ¡qué ingrato es su hijo! Pero, oh Madre del Perpetuo Socorro, heme aquí... No vengo a pedirte nuevas gracias. Las que de Ti he recibido son innumerables y me atan para siempre a tu amor. Por eso te ofrezco el humilde don de esta novena de acción de gracias... Ahora y siempre por todos los beneficios de Ti recibidos te diré: Gracias, Madre mía, gracias…


DÍA NOVENO

Por todos y para siempre... ¡gracias!

Por orden del orgulloso Nabucodonosor tres jóvenes fueron arrojados a un horno encendido, porque no querían adorarle a él, sino sólo a Dios. Cayeron en medio de llamas gigantescas, pero el fuego no tocó ni el pelo de su frente ni la orla de su manto. Y sintiéndose incapaces de dar dignas gracias a Dios por tan grande milagro invitaban a todas las criaturas para que con ellos bendijeran y alabaran al Señor. Yo también desde este bajo mundo y en medio del universo reconozco que todos hemos sentido el influjo de las misericordias de María, porque todos vivimos de la gracia de Dios, y las gracias de Dios todas pasan por manos de esa poderosa Bienhechora. Por eso, oh Madre del Perpetuo Socorro, humilde siervo e hijo tuyo, postrado a tus plantas levanto la voz e invito a todas las criaturas para que te bendigan y te den gracias... Sol, luna, estrellas, bendecid y dad gracias a María... Montes, valles, desiertos, bendecid y dad gracias a María... Angeles de la gloria hombres todos de la tierra bendecid y dad gracias a María... Y oigo que todas las criaturas responden a mi voz y entonan aquel cántico de gratitud y de amor que San Buenaventura recogió en su corazón: A Ti con voz eterna te cantan todos los ángeles del cielo... A Ti por el mundo universo la Santa Iglesia te proclama Madre de la Majestad divina, Mediadora de Dios y los hombres y amadora de todos los mortales... Pero aún deseo más... La Virgen sobre las montañas de Hebrón cantó: Y todas las generaciones me proclamarán bienaventurada. Y ese es el deseo más grande de mi vida: que sea santificado el nombre de Dios, que venga a nos el su reino; que se haga su voluntad, así en la tierra como en el cielo, y que su Madre y Madre mía, María, sea alabada y ensalzada hasta el fin de los siglos. Mi vida se extinguirá, como muere el gusanillo luminoso que pisa un caminante, pero deseo y espero que todas las criaturas hasta el fin de los siglos sigan viviendo para cantar las grandezas de María... No tardará en extinguirse mi voz en el mundo; pero pido al cielo que no se interrumpa el concierto de alabanzas ante el altar de María... Oh vosotros, hermanos míos en la fe y en el amor de Jesucristo, vosotros los que todavía viviréis, cuando yo baje a la tumba, quiero deciros antes de bajar al silencio del sepulcro que yo confieso ante la faz del mundo que lo bueno que en mi vida hice y la esperanza que me acompaña al otro lado de la vida, todo se lo debo a mi Madre del Perpetuo Socorro. Declaro y confieso también que fuí un ingrato, que muchas veces me olvidé de su amor y abusé de sus misericordias... A todos os pido que con vuestro amor y vuestra gratitud le hagáis olvidar a mi Madre del cielo las culpas y las ingratitudes mías… Sólo me alienta una esperanza y me recrea dulcemente un pensamiento... que en la eternidad no seré ingrato... que en el cielo seré uno de los que dirán y cantarán con más entusiasmo y alegría: Oh Madre del Perpetuo Socorro... ¡gracias!

jueves, 13 de marzo de 2025

VISITA DOMICILIARIA DE NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

 


VISITA DOMICILIARIA DE

NTRA. SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN


ABOGADA DE LAS CAUSAS DIFÍCILES Y DESESPERADAS


Santuario Nacional de Ntra. Señora del Sgdo. Corazón

Rosellón, 175 - BARCELONA

CON LICENCIA ECLESIÁSTICA


SALUDO DE BIENVENIDA

Virgen benditísima, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, al trasponer los umbrales de nuestra morada, postrados a vuestros pies, os rendimos el homenaje de nuestra filial devoción y del inmenso amor que por Vos sienten nuestros pobres corazones. Vos sois, Señora, La Tesorera y Dispensadora de las gracias que encierra el Corazón de vuestro Hijo Divino, nuestro amabilísimo Redentor. Por vuestras manos quiere el Señor derramar sobre nuestras almas, sobre toda esta familia sus bondades y misericordias. Gracias, Madre amantísima, una y mil veces por haberos dignado visitarnos. Tomad posesión de esta casa, vuestra es y de vuestro Hijo, disponed de ella y de todos los que en ella habitamos. Bien convencidos estamos de nuestra pobreza y miseria. Con vuestra llegada un rayo de esperanza ha iluminado el fondo de nuestras almas. Nuestras dudas, nuestros pesares y tribulaciones se disipan al mágico influjo de vuestra bondadosa mirada. Alcanzadnos del Corazón de vuestro Hijo amantísimo, perdón por nuestras culpas e infidelidades. Bendecidnos, protegednos, ¡oh Reina poderosa! ¡oh Madre piadosísima!, para que sirviéndoos fielmente en esta vida podamos un día devolveros la visita por toda la Eternidad en el Cielo. Así sea.


¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros! (300 días de indulgencia).

(Récese tres veces esta invocación.)



CONSAGRACIÓN DE LA FAMILIA

A NTRA. SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

Virgen bendita, Reina Inmaculada del Universo, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, nuestra esperanza en medio de las pruebas que sufrimos; vednos congregados a toda la familia de rodillas al pie de vuestra imagen. Os elegimos por Madre y Abogada nuestra para con el Sagrado Corazón de Jesús, consagrándonos desde este día a vuestro servicio. Recibidnos con vuestra maternal bondad bajo vuestra protección. Socorrednos durante esta vida y en particular a la hora de nuestra muerte. ¡Oh Nuestra Señora del Sagrado Corazón! Tomad en vuestras manos la defensa de nuestra casa, la tutela de nuestros intereses. Disponed de nosotros como fuere voluntad de vuestro Hijo, y según fuere la vuestra. Bendecidnos juntamente nuestros trabajos y fatigas, y haced que las empresas que acometamos sean coronadas del mejor éxito, para nuestro bien y vuestra gloria. Protegednos en las tentaciones, libradnos de nuestros peligros, proveed a nuestras necesidades, iluminadnos en la duda, consoladnos en la tribulación, curad nuestras enfermedades, y en una palabra, no nos abandonéis jamás. Ante todo preservadnos del riesgo de caer en pecado mortal, ofendiendo a vuestro Divino Hijo Jesús. ¿No seria para nosotros gran sonrojo si el demonio pudiera gloriarse de haber logrado vencer a los que os están consagrados? Haced, en fin, Señora, que cuantos aquí en la tierra nos hallamos unidos con los vínculos de la familia, tengamos un día también la dicha de vernos juntos en la mansión celestial y en compañía de la mejor de las Madres.


¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros! (300 días de indulgencia).

(Récese tres veces esta invocación.)



CORONA DE NTRA. SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

La Coronilla o Rosario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, se compone de treinta y tres cuentas en honor de los treinta y tres años que María pasó en la tierra en compañía de su Divino Hijo.


Sobre la medalla se dice:

¡Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús!


En la primera cuenta:

¡Corazón Sagrado de Jesús, tened piedad de nosotros!


En la segunda:

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros!


En la tercera:

¡San José, patrón y modelo de los amantes del Sagrado Corazón, rogad por nosotros!


En las cuentas de las decenas:

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros!


Y en las cuentas que separan las decenas:

¡Corazón Sagrado de Jesús, tened piedad de nosotros!


A cada una de estas invocaciones hay concedidos cien días de indulgencia, aplicables a las almas del Purgatorio.


ORACIÓN 

Dios mío, que habéis querido para el triunfo de vuestra misericordia y la salvación de las almas dar a María, Virgen Inmaculada, todo el poder que el más acendrado amor adquiere sobre el Corazón de Jesús, concedednos por sus ruegos y su intercesión la gracia de vivir y morir en vuestro santo amor. Os lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.



ADIÓS DE DESPEDIDA

Madre de bondad y de misericordia, ha llegado ya el momento de separarnos de Vos. Del fondo del corazón y con todas las veras de nuestra alma os damos gracias por los favores que por vuestra poderosa intercesión hemos alcanzado en este día, del Corazón de vuestro Divino Hijo. Un pensamiento nos consuela y es que, al salir vuestra venerable imagen de esta vuestra casa, queda en ella, y quiera Dios que para siempre, vuestra maternal protección. No consintáis jamás, ¡oh, Nuestra Señora del Sagrado Corazón!, que en ella se ofenda ni una sola vez, a vuestro Hijo, nuestro Redentor y Señor. Haced que los gérmenes de virtud y de piedad que durante vuestra estancia habéis sembrado en nuestros corazones crezcan y produzcan frutos de santidad. Nos consuela también el pensar que no está lejano el día en que repetiréis vuestra visita. Volved, Madre adorada; suspirando quedamos por teneros de nuevo entre nosotros, porque sabemos que quien con vos está, está también con el Corazón de Jesús. Enseñadnos a amarlo, enseñadnos sobre todo a imitar las virtudes que en él resplandecen, para que, por toda la Eternidad, podamos a vuestro lado, gozar de su gloria. Así sea.


¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros! (300 días de indulgencia).

(Récese tres veces esta invocación.)



ORACIÓN DEL ACORDAOS

(Obradora de millones de gracias y repetida a diario por millones de labios. Sirve de Novena breve.)

Acordaos, ¡oh, Nuestra Señora del Sagrado Corazón!, del inefable poder quevuestro Hijo Divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh, celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos; los favores que solicitamos. No, no podemos recibir de Vos desaire alguno, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Nuestra Señora del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. Así sea. (500 días de indulgencia cada vez).


¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros! (300 días de indulgencia).

(Récese tres veces esta invocación.)


Son innumerables las gracias alcanzadas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón por el rezo del «Acordaos». Se recomienda vivamente a sus devotos no dejen un solo día de rezarlo.

domingo, 9 de febrero de 2025

ORACIÓN Y LETANÍAS A SANTA APOLONIA


 LETANÍAS DE SANTA APOLONIA

Señor, ten piedad de nosotros. 

Jesucristo, ten piedad de nosotros. 

Señor, ten piedad de nosotros. 

Jesucristo, óyenos. 

Jesucristo, escúchanos. 

Dios Padre, del Cielo, ten piedad de nosotros. 

Dios Hijo, redentor del mundo, ten piedad de nosotros. 

Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros. 

Santísima Trinidad, en un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Santa María, Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros. 

Santa Apolonia, digna Esposa del amoroso Jesús, RUEGA POR NOSOTROS 

Tú, que fuiste fruto de gracia y bendición, 

Tú que fuiste El honor de tus padres, 

La gloria de Alejandría, 

La luz de Egipto, 

El prodigio de tu siglo, 

Un espejo de pureza, 

Un modelo de humildad, 

Un ejemplo de paciencia, 

Un milagro de fortaleza, 

Una ilustre morada del amor divino, 

Un vaso de elección y santidad.

La enemiga declarada del mundo y del pecado, 

Gloriosamente triunfante sobre la idolatría, 

Trabajadora incansable para extender la gloria del Altísimo, 

Un intrépido Zelote de Jesucristo y de su Santo Evangelio, 

El refugio de los que sufren, 

El consuelo de los afligidos, 

Una eficaz Patrona contra el dolor de muelas, 

Formidable con los demonios, 

Bondadosa con los ángeles, 

El esplendor de Vírgenes y mártires 

Sé propicio a nosotros, perdónanos Señor, 

Por intercesión de Santa Apolonia. 

De todos los males del cuerpo y del alma, presérvanos Señor. 

De todo pecado, presérvanos Señor. 

Del poder de los demonios, presérvanos Señor. 

Del dolor de muelas y de todo malestar excesivo, protégenos Señor. 

De todo peligro de fuego en este mundo y en el próximo, presérvanos Señor. 

Por los méritos de Santa Apolonia, escúchanos, Señor. 

Por su ardiente amor por ti, escúchanos Señor. 

Por su celo por la conversión de los paganos, escúchanos, Señor. 

Por su deseo efectivo de Martirio, escúchanos, Señor

Por su invencible paciencia al sacarse los dientes, escúchanos, Señor. 

Por su magnánima valentía en medio de las llamas, escúchanos, Señor. 

En el día del juicio, escúchanos, Señor. 

Escúchanos Señor, nosotros que somos pecadores te pedimos humildemente que por favor nos inspires verdaderos sentimientos de penitencia, y verdadero dolor por nuestros pecados, escucha nuestras oraciones. 


Que por favor enciendas siempre más y más en nuestras almas el fuego de tu Divino Amor y lo conserves allí hasta la muerte, 

Que nos hagas partícipes de la intercesión y de los méritos de Santa Apolonia, 

Que por favor conserves y aumente en este país la devoción a Santa Apolonia,

Que concedas salud de cuerpo y alma a todos aquellos que recurren a Santa Apolonia, 

Dígnate, por la protección de Santa Apolonia, concédenos la gracia de crecer en virtudes, 

Dígnate colmar de bendiciones a todos los que imploran tu ayuda por los méritos de Santa Apolonia, 

Dígnate preservarnos del dolor de muelas en la vida presente, y de su rechinar en la vida futura, 

Dígnate concedernos mucha paciencia en nuestros sufrimientos temporales y una vida feliz por toda la eternidad,


Señor Dios, dígnate escucharnos.

 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos Señor. 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos Señor. 

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros Señor. 


Padre nuestro. Ave María. 


ANTÍFONA. Señor, me probaste con fuego y no encontraste en mí iniquidad. 


V. Escúchame y consuélame, Señor. 

R. En el rechinar de mis dientes y el fuego.


V. Santa Apolonia, Virgen y mártir, ruega por nosotros. 

R. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo. Amén. 


ORACIÓN. Poderoso y eterno Dios, que has inspirado en Santa Apolonia Virgen y Martí tan ardiente amor por vuestra infinita Majestad que prefirió dejarse arrancar todos sus dientes, y perder la vida en las llamas, que renunciar a vuestra amistad, por favor protégenos, por su intercesión del dolor de muelas, y no permitáis nunca que ni nosotros, ni nuestros bienes y posesiones seamos devorados por las llamas fatales: sino haced Padre de las misericordias que nuestros corazones estén siempre encendidos con el fuego de vuestro Santo Amor para que podamos amaros constantemente a lo largo de los tiempos y de la eternidad, por Nuestro Señor Jesucristo, vuestro Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo a lo largo de todos los siglos. Que así sea.


(Tomado del Libro “Dévote Association Pour L'adoration Perpétuelle Au Très-adorable Et Très-sacré Coeur De Jésus Christ, avec quelques considérations et prières”, Ediciones Brepois, Turnhout, Bélgica, Año 1801).



ORACIÓN A SANTA APOLONIA

¡Oh santa virgen Apolonia! que dedicaste toda tu vida a la virtud y al ejercicio de los deberes de la santa religión; Tú que por esta misma virtud y religión sufriste los más dolorosos tormentos, la rotura de dientes y la dura muerte por fuego de tus crueles enemigos, y así entraste en la gloria de tu Dios con la doble corona de la virginidad y el martirio: conviértete en mi bondadosa abogada ante el Todopoderoso, para que pueda caminar piadosa y cristianamente según tu ejemplo. ¡Sostenme, oh virgen piadosa! que yo, como tú, no me dejo llevar por el ejemplo de un mundo equivocado y la corrupción de costumbres; que más bien sirvo a mi Dios con noble sencillez y con tierno corazón y lo amo sinceramente; que por él soporto voluntariamente las adversidades de esta vida y no dejo que decaiga mi confianza en él, aunque me ponga las cosas difíciles; que actualmente desempeño mis deberes con honesta lealtad y cuidado, edificando mi alma cada vez más firmemente en la virtud y la perfección cristiana, y esforzándome siempre por tener dentro de mí una conciencia feliz y buena.

¡Ruega también por mí, oh Virgen gloriosa! que la Misericordia eterna, hasta donde su santísima voluntad lo permite, me libre de todos los males del cuerpo y del alma, me proteja de todas las enfermedades dolorosas, especialmente de los dientes, y me dé la gracia de poder servirle tranquilamente y poder practicar como un niño. Amén.


V. Ruega por nosotros, oh santa virgen Apolonia. 

R. Para que podamos participar de las promesas de Cristo. 



ORACIÓN.

¡Por los méritos y la intercesión de tu santa virgen y mártir Apolonia, concédenos la gracia, oh Dios! que estemos protegidos de enfermedades y dolores del cuerpo, especialmente de los dientes; y luego concédenos, por tu bondad eterna, que podamos seguir el hermoso ejemplo de sus virtudes y, mediante una vida recta y firme, merecer un día morir en paz y ser recompensados por ti con el cielo. Amén.


(Tomado del libro “Die betrübte und nach ihrem Geliebten seufzende Turteltaube oder die bußfertige christliche Seele” (La tórtola afligida que suspira por su amado o el alma cristiana arrepentida). Impreso en Seidel, Nuremberg. Alemani

a. Año 1806.)


jueves, 6 de febrero de 2025

ORACIÓN A SANTA DOROTEA

 

ORACIÓN A SANTA DOROTEA.

¡Virgen Gloriosa y Mártir de Jesús! Con corazón humilde y confiado te pido tu intercesión para que Dios me conceda la gracia de seguir tu piadoso y generoso ejemplo de virtud y servir a mi Dios fiel y sinceramente. Desde tu más tierna juventud te esforzaste en todo momento por mantener tu corazón puro e inmaculado y por cumplir las leyes de la santa religión con el más piadoso celo. La noble cuna que te distinguió, la riqueza que te rodeó, la belleza de tu educación, todas las alegrías y ventajas de esta tierra, fueron nada a tus ojos; pero la virtud, la inocencia del alma, la confianza en el Todopoderoso lo eran todo para ti.

Nada valoraste más que la felicidad y la gloria de ser llamada y considerada ser una cristiana pura. Y es por eso que tu Dios te encontró digna, que con tu muerte diste testimonio del honor, de Ia fe y de la verdad de la santísima religión. Los perseguidores del cristianismo intentaron quebrantar vuestra firmeza mediante las más crueles torturas; tu sangre fluyó bajo sus golpes, pero tu gran corazón permaneció firmemente unido al Eterno; podrían asesinarte, pero no podrían separarte de Jesús. Como virgen y mártir, ahora brillas entre las huestes de los santos amigos de Dios y eres eternamente bendecida. Oh, sé también mi amiga, ora por mí para que pueda llegar a ser piadoso y justo como tú. Ayúdame a que la gracia de mi Padre celestial me anime a vivir pura y santamente delante de él; soportar todas las adversidades de la vida con piadosa paciencia y así llegar a ser digno de una muerte feliz. 


V. Ruega por nosotros, oh Santa Dorotea. 

R. Para que nuestra oración sea aceptable al Señor.


ORACIÓN.

¡Oh Dios, lleno de bondad y misericordia! escúchame por la intercesión y los méritos de tu santa virgen y mártir Dorotea; Protégeme en mi vida de todo mal de cuerpo y alma; guíame y dirígeme en tus santos caminos, ayúdame a cumplir correctamente todos mis deberes, a prepararme correctamente para mi última hora; y cuando llegue ese día, entonces envíame tu gracia, para que pueda partir de esta vida en tu amor, y mi alma te alabe en la patria de la paz. Amén.


(Tomado del libro “Die betrübte und nach ihrem Geliebten seufzende Turteltaube oder die bußfertige christliche Seele” (La tórtola afligida que suspira por su amado o el alma cristiana arrepentida). Impreso en Seidel, Nuremberg. Alemania. Año 1806.)


Colaboración de Carlos Villaman

NOVENA A SANTA DOROTEA, VIRGEN Y MÁRTIR

 


NOVENA EN HONOR A SANTA DOROTEA, VIRGEN Y MARTIR.
A INTENCION DE LA OPERA PIA DE SANTA DOROTEA.


MÉTODO CON EL QUE LOS DEVOTOS DE LA OPERA PIA REALIZARÁN LA NOVENA DE SANTA DOROTEA

La Santísima Virgen y Mártir Dorotea, precisamente por ser Protectora de la Pía Obra puesta bajo los auspicios de su Nombre, lo es también Protectora de las Niñas inscritas en la Pía Obra misma. Sin embargo, deben profesar una devoción más especial a la Santa y prepararse con ejercicios religiosos para celebrar más dignamente su Fiesta. Y para que puedan solemnizarlo con mayor facilidad, y sin tener que interrumpir sus ocupaciones ordinarias, lo dedicarán al domingo inmediato siguiente al Día Santo. En los nueve días anteriores al domingo indicado practicaréis los siguientes ejercicios: 


En cada uno de ellos, a vuestras habituales oraciones matutinas y vespertinas, añadiréis tres Gloria Patri en honor de Santa Dorotea. La cual devoción fácil y corta te convendría practicar todos los días del año. 
Oíréis también la Santa Misa, si podéis, y la oiréis con devoción; considerando que en ella Jesucristo renueva el sacrificio que hizo de sí mismo en la cruz por nuestra salvación.
Durante la Misa, o en otro momento intermedio, pediréis a Dios la gracia de poder imitar esa virtud de Santa Dorotea que más necesitáis, y de enmendar ese vicio al que más os inclinais. Para luego saber qué significa para ti en particular este vicio y esta virtud, pregúntale humildemente a tu Asistente o a tu Supervisor; rezándoles desde el fondo de mi corazón para haceros conscientes de vuestros defectos y para sugeriros cómo superar vuestras inclinaciones incorrectas y llegar a ser perfectos. 
También leerás atentamente cada día la Consideración asignada a cada uno, como más adelante; o incluso hacer que su asistente o supervisor se lo lea y le explique. En él te das cuenta de que Dios mismo te habla por su propia boca: por tanto, comprende bien sus enseñanzas y ponlas en práctica.  


ORACIÓN A SANTA DOROTEA PARA RECITAR CADA DÍA DE LA NOVENA

Virgen purísima y mártir generosísima, Santa Dorotea, que con tanto celo y tan feliz éxito trabajaste por la conversión de Crista y Calista, y convertiste a dos renegados en dos mártires de Jesucristo: vuelve también a mí una mirada compasiva, sumamente necesitada de tu protección. Mira las flaquezas de mi alma, los peligros en que vivo de perder mi salvación eterna con la gracia del Señor. ¿Podrías permanecer indiferente ante esta visión? ¿Debo creer que has cambiado tu carácter en el cielo, y que allí estás menos preocupado por la conversión de los pecadores y la salvación de las almas que aquí en la tierra? ¡Ah! no: al ascender a la gloria, no os habéis vuelto menos lamentables, sino más bien más poderosos. ¡Oh! Por tanto: mostraos ante mí ese Protector que tengo motivos para esperar de mí, como adscrito a la Pía Sociedad puesta bajo los auspicios de vuestro nombre. Impónme la gracia de enmendar mis defectos; mantenme alejado del pecado; mantenme puro, devoto y ferviente; para que, imitando tus virtudes en este mundo, pueda hacerme partícipe de tu bienaventuranza en el cielo. 

Tres Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V. Ora pro nobis, sancta Dorothea 

R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.  

OREMUS. Deus qui infirmitati nostræ , ad terendam salutis viam , in sanctis tuis exemplum et præsidium collocasti: da, quæsumus, ancillis tuis, sub speciali beatæ Dorothea virginis et martyris patrocinio constitutis; ut, ipsa interveniente, ejusdem in moribus puritatem, ejusdem in ærumnis pro te perferendis constantiam, imitentur. Per Christum Dominum nostrum. Amen.


V. Ruega por nosotros, Santa Dorotea. 
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo. 

OREMOS. Oh Dios, que para nuestra flaqueza, para allanar el camino de la salvación, has puesto ejemplo y guarda en tus santos: concede, te suplicamos, a tus siervas, designadas bajo el patrocinio especial de la bienaventurada virgen y mártir Dorotea; para que, con su intervención, puedan imitar la misma pureza de conducta, la misma constancia en el cumplimiento de sus deberes. Por Cristo nuestro Señor. Amén.


PRIMER DÍA

Considera que tu gloriosa protectora Dorotea ya era una gran santa, aunque aún era una niña: pues, desde su temprana juventud, sus virtudes le habían valido un hermoso sobrenombre; el de la Esposa de Jesucristo. Ahora cuéntame un poco aquí. Ahora tienes ocho, diez, doce años o tal vez más. Bueno: ¿eres tan santa como lo era Dorotea a los ocho, diez, doce años? ¡Ay! No. ¿Pero por qué no? ¿Podrías dar la razón? ¿Será porque no pudiste santificarte como ella? ¡Oh! No digas eso: porque te pregunto, ¿fue acaso de diferente temple al tuyo? ¿O no era más bien, como tú, hija de Adán? Y, si a pesar de todo esto ella pudo llegar a ser santa, ¿qué duda cabe de que tú también podrás hacerlo? ¡Ah! la verdadera razón por la que Dorotea fue santa desde niña, y tú todavía no lo eres; es porque Dorotea quiso serlo, y tú todavía no quisiste. ¿Qué dijiste, no querías? Ni siquiera pensaste en la santidad. Te convenciste de que tu juventud te eximía de hacerte santo: y no te diste cuenta de tu engaño: ¡Cómo! Dios manda a todos, sin importar la edad: Sed santos, porque yo soy santo; y sigues repitiendo: ¿soy todavía demasiado joven para pensar en santificarme? Peor sería que tuvieras como máxima, como muchos otros, que al final te basta con salvar tu alma, sin que tengas que preocuparte de convertirte en santo de ningún otro modo. ¡Ah, pobre de ti! Sepan que esta ilusión es la que más llena el infierno de cristianos. ¿Y tú qué piensas? ¿Que los que allí cayeron protestaron diciendo que querían ser condenados? No tiene sentido: al contrario, dijeron que querían salvar sus almas; pero que les bastaba tener algún lugar en el paraíso, sin aspirar a la gloria de los santos. Sin embargo, no quisieron trabajar para alcanzar la santidad: y por eso al final no fueron ni santos ni salvos. Vamos entonces: ¿te importa tu alma? No vivas como la mayoría de las personas, en la tibieza y el pecado, con la esperanza de salvarte; porque esto es lo que hacen los réprobos: pero esfuérzate a vivir, como los elegidos, como un santo, para asegurarte de que serás salvo al menos en la muerte. Y por eso guarda grabada en tu mente esta frase infalible: El camino al cielo es angosto y pocos caminan por él; la del infierno es amplia, y son muchos los que la atraviesan; tienes que vivir con unos pocos, si quieres ser salvo con unos pocos.



SEGUNDO DÍA

Considera en qué consistió la santidad de tu protectora Dorotea. ¿Quizás haciendo milagros? Los escritores de su vida no cuentan nada de ellos: más bien dicen de ella, que estaba diariamente ocupada en la oración y en el cumplimiento de sus deberes, dedicada a las obras de mortificación cristiana, humilde, obediente y mansa. De esto debéis entender que la santidad no se encuentra en las maravillas, ni en las profecías, ni en el éxtasis; y tampoco se coloca en hacer buenas obras extraordinarias: sino más bien en cumplir fielmente los deberes del propio estado y en el ejercicio de aquellas otras virtudes principales que practicaba Santa Dorotea. Por eso la santidad no sólo os resulta posible, sino también fácil: con tal de que no debáis hacer peregrinaciones, ir a enterraros en los desiertos, o correr en busca del martirio; siempre y cuando cumplas con tus obligaciones; y cumplirlas está en ti.

No es que, por lo tanto, no necesites la gracia de Dios para ayudarte, sino porque él está listo para darte esta gracia, si la buscas de Él de la manera correcta con la oración. Pero te aburres de la oración; y por eso lo dejas o lo haces mal; y esta es la única causa de toda la imperfección de tu vida. Por eso estáis inmortalizados e impacientes, dispuestos a indignaros y llegar tarde. a la obediencia; por eso eres tan codicioso y tan vanidoso, tan hablador y tan devoto; por eso empezaste a hacer el bien, y luego te cansaste; Entraste con tanto fervor en la Pía Obra y luego descuidas sus prácticas, no asistes frecuentemente a los catecismos, te alejas de los sacramentos, no prestas atención a tu Asistente, no observas tu método de vida que de otro modo es tan fácil de practicar. Y, si sigues a este ritmo, ¿adónde crees que podrás llegar? Ciertamente a cualquier cosa menos a la santidad. Mal terminaréis: porque, como dijo Jesucristo, quien, emprendiendo una empresa, se deja vencer por el cansancio y el aburrimiento, no está hecho para el reino de Dios. Entonces, ¿qué piensas? ¿Quieres realmente imitar a tu santa patrona y adquirir sus virtudes? Entrégate a la oración; pero que vuestra oración sea asidua, que sea oración ferviente. Orad a Dios para que reavive el fervor en vuestro corazón: orando obtendréis perfección, perseverancia, salvación. Y mientras tanto, si alguna vez flaqueasteis en el servicio de Dios o en el cumplimiento de las obligaciones del Estado; Retoma inmediatamente las prácticas que has interrumpido, ten cuidado de no descuidar ninguno de tus deberes porque sabes que no se salvarán los que han comenzado a hacer el bien, sino los que perseveran en hacerlo hasta el fin.


TERCER DÍA

Considera que entre las muchas virtudes de Santa Dorotea, ninguna le era más querida que la pureza. Amaba tanto esta virtud que optó por vivir virgen hasta su muerte, y rechazó con desdén la propuesta de matrimonio que le hizo el tirano. Observemos aquí, pues, que, si bien es cierto que no todos son igualmente llamados por Dios al estado virginal; Sin embargo, siempre es cierto que todos están igualmente llamados a vivir castos y puros según su condición; Es cierto que ningún ejemplo, tú, niña, puedes proponerte imitar más hermoso que la pureza inmaculada de esta Santa, tu protectora. Por tanto: ¿realmente valoras esta virtud según su mérito? ¿Sabes que existe una virtud que nos hace iguales y de alguna manera superiores a los propios ángeles del paraíso? ¿Sabes cuál es la virtud que más honra a la iglesia, que siempre ha considerado a las vírgenes como la porción más escogida de sus hijos? ¿Sabes que era la virtud favorita de los más grandes santos, favorita de María, favorita de Jesús? Si sabéis esto, os queda intentar con toda diligencia permanecer castos en cuerpo y espíritu. Porque ¡ay! ¡Si supieras qué virtud celosa es ésta! Basta un gesto, una mirada, una palabra, un pensamiento para perder el control. Y, sin embargo, sin esta virtud es imposible agradar a Dios. Se dice como el alma de todos los demás: porque, aunque sólo sea la castidad sola, sin otras buenas obras, no es gran cosa; por otra parte, todas las buenas obras sin castidad quedan en nada.

Y sólo los inocentes y los limpios de corazón entrarán en el paraíso (nótese bien): los contaminados y los inmundos serán excluidos de él para siempre. Si, pues, queréis entrar algún día en el paraíso, tened gran amor por esta necesaria virtud. Poned vuestra pureza bajo la protección de la Reina de las Vírgenes, María Santísima; haz la Consagración de ti a Ella todos los días con la fórmula que tienes en tu Método de vida; no os parece grave mortificar vuestra carne; guarda tus sentidos, especialmente tus ojos y oídos; está vigilante para desterrar inmediatamente las tentaciones. Esto es lo que hicieron los santos para vivir puros; y así, viviendo puros, finalmente entraron al cielo. Querer llegar al paraíso por otro camino que no sea el de la pureza, que era el camino de los santos, es presunción, es locura.


CUARTO DÍA

Considera que Santa Dorotea era virgen, como meditaste ayer, tan pura, porque supo guardar celosamente su pureza. Humilde, mortificada, modesta, amante del ayuno; Rara vez aparecía entre la gente, y sólo por necesidad, y luego incluso la gravedad de su comportamiento, la decencia de su ropa, la reserva de sus rasgos eran un espectáculo que infundía admiración y reverencia por ella entre los propios paganos. ¡Oh, si éste fuera el ejemplo que imitaran las jóvenes cristianas de nuestros tiempos! No verías a un número tan grande andando con tanto desorden y demorándose en las calles con tanta indecencia; no se verían tan deseosos de adornarse en vano, de mostrarse en público, de aparecer entre sus compañeros; mucho menos se los vería manteniendo amistades peligrosas, enredándose en amores profanos, participando en las locas diversiones del mundo: todas oportunidades para perder su pureza, en las que muchos entran inocentes, muy pocos, y milagrosamente, todavía salen inocentes.

¡Ea! que la pureza es un tesoro, del cual sucede lo mismo que de cualquier otro; es decir, quien lo porta abiertamente invita a los ladrones a secuestrarlo. ¿Quieres salvarlo? ocultarlo. Es decir, ama el retiro y la soledad; vestirse modestamente; evita la familiaridad, las amistades, los juegos, principalmente con hombres y niños; de hecho, evita en lo posible el trato con ellos; y, si a veces te ves obligado por la necesidad, sé prudente, sé prudente: y sé siempre sereno, serio y severo en tus modales para con todos. ¡No importa si la gente del mundo te llama libertina, rústica, grosera, sin espíritu y sin gracia! Os basta con poder salvar vuestro tesoro de esta manera, para agradar a los ojos del Dios de la pureza. Agradar a Dios y a los hombres al mismo tiempo no es posible. ¿Quieres no temer los rumores de estas personas? Adaptaos a vosotros las palabras de san Pablo, que os convienen demasiado: Si yo quisiera a los hombres, no sería esclava, ni mucho menos esposa, de Cristo.


QUINTO DÍA

Considera otra virtud de tu Protectora Santa Dorotea, que es especialmente señalada por los escritores de su vida; y fue su amor por el estudio de las materias religiosas y la gran preocupación que tenía por aprovechar las enseñanzas de quienes le enseñaban en las verdades de la fe y en la práctica de la perfección cristiana. ¿Podría ser dada también a ti esta hermosa alabanza que se le da a Santa Dorotea? ¿Realmente te encanta ser instruido en la Doctrina Cristiana? ¿O serías de los que a veces entran con muchas ganas en la Pía Obra: pero luego, cuando se dan cuenta de que todo en ella se reduce a enseñarles en el catecismo, a exhortarlos a practicar la virtud, a ayudarlos cuando se acercan a los sacramentos, lo toman casi a broma, y se van diciendo que ya saben bastante de estas cosas? Si este fuera tu idioma, ¡oh qué error sería el tuyo! ¿Sabes lo suficiente? No hay arte, por fácil que sea, que se pueda aprender sin un largo y asiduo estudio y sólo el arte más difícil de todos, que es el de salvar el alma, ¿creéis haberlo aprendido ya perfectamente, vosotros que le habéis dado poco tiempo y muy poca aplicación? ¿Sabes lo suficiente sobre esto? Quién sabe lo que realmente sabes; ¿Y que, presumiendo de saberlo todo, no ignoráis los misterios más fundamentales de la fe, los preceptos de Dios y de la Iglesia, el modo de orar al Señor con méritos y de recibir los sacramentos con frutos? ¿Quién sabe cuáles son las confesiones tuyas, quizás hechas sin dolor y sin propósito, porque no sabes en qué consisten? ¿Quién sabe cuáles son las comuniones tuyas, quizás hechas sin devoción y sin provecho, porque ignoras lo que vas a recibir en ellas? ¿Sabes lo suficiente sobre esto? No, eso no es cierto. Conoces como mucho materialmente las cosas de la doctrina; pero nunca dejáis de comprenderlos y mucho menos sabéis practicarlos para vuestra santificación. Así que déjate enseñar, y no intentes que tu Asistente te enseñe cosas nuevas o curiosas: basta con que te enseñe cosas útiles. Si no os dejáis instruir, recordad que en el tribunal de Cristo tendréis que dar estricta cuenta de este fácil medio que él ahora os proporciona para ser diligentemente instruidos en las cosas del alma: ¡y pobre de vosotros, si no lo habéis aprovechado! No podréis alegar ignorancia como excusa de vuestros pecados, porque la vuestra es ignorancia voluntaria. Al contrario, ¡serás feliz si te muestras con ganas de aprender y dócil a las lecciones que recibirás! Aprenderás el camino al cielo y tendrás una señal temprana de tu predestinación. Porque quien es de Dios escucha la palabra de Dios: quien no la escucha demuestra por esto mismo que no es de Dios.


SEXTO DÍA

Consideremos la razón por la cual la generosa mártir Dorotea, presentada al tirano Sapricio, rechazó tan consecuentemente el matrimonio que éste le ofrecía, y despreció tan valientemente los tormentos y la muerte con que éste la amenazaba. La razón es porque el santo tenía un deseo supremo de unirse a Cristo en el cielo. Sabía que allí arriba las vírgenes tienen un lugar más distinguido, una corona más preciosa, una gloria más sublime; y por eso nunca quiso otro marido en la tierra que el mismo que había de ser su marido también en el cielo, sabía que allí arriba sería tanto más feliz con la misma felicidad de Dios cuanto más sufriera aquí por amor a él; y por tanto el martirio, en lugar del terror, era para ella objeto de deseo. ¡Esta era la verdadera fe! ¡Era un anhelo muy vivo por el paraíso! ¡Oh Dios! El cielo también está hecho para ti: y mientras tanto, ¿quién sabe si lo deseas o si alguna vez levantas un pensamiento al cielo? Digo esto porque no es raro encontrar cristianos que, si pudieran vivir eternamente en el mundo, renunciarían voluntariamente a esa bienaventuranza eterna. ¿Pero sabes por qué se darían por vencidos? porque no saben lo que significa el paraíso. Pero no lo buscan, pero no les importa, sino que ponen su corazón en los bienes de este mundo. ¡Miserables! vendrá la muerte, y ni la tierra ni el cielo les quedarán. 

¿Pero qué piensas mientras tanto? Para saber si realmente lo quieres, mira lo que haces para ganártelo. Santa Dorotea renunció al mundo, al matrimonio, a la vida por ello: y quizás no sepas renunciar a una profesión útil pero peligrosa; a una compañía agradable pero mala; a un punto, a un capricho, a una moda, a una diversión. Si este es el caso, no digas que deseas el paraíso: no lo deseas y no lo tendrás, porque sólo se da a quienes lo merecen. Date prisa: revive tu fe, piensa a menudo en el paraíso que te espera; que tal pensamiento os animará, como inspiró a vuestro Protector, a hacer todos los esfuerzos posibles para obtenerlo. Esta compra también le costará esfuerzo. No importa. Todos los trabajos del mundo no son nada para esa gloria que nos hará bienaventurados por toda la eternidad.


SÉPTIMO DÍA

Consideremos cómo Sapricio, viendo la perseverancia de Dorotea en confesar su fe, antes de comenzar a sufrir los tormentos, quiso someterla a una prueba que tal vez os parezca menos dura, pero tal vez más peligrosa: porque entregó a la Santa bajo la custodia de dos hermanas jóvenes, llamadas Crista y Calista, que poco antes habían sido vencidas por la dureza de los tormentos y seducidas por el masa de premios, renunció a la religión cristiana. El tirano esperaba que estos dos renegados pudieran fácilmente, con el alarde de las riquezas que habían adquirido y con sus perversas insinuaciones, inducir a Dorotea a hacer lo mismo: no lo esperaba sin razón; porque no hay nada que tenga tanta fuerza para subvertir hasta a los más santos como las malas oportunidades, sobre todo si son oportunidades de ganancias ilícitas, de ejemplos escandalosos, de malas compañías. Que si Dorotea, en lugar de dejarse llevar por las dos hermanas, las convirtió a la penitencia; fue porque ella no había entrado voluntariamente en esa situación tan peligrosa, ni era libre de salir de ella; fue para. porque Dios quiso a través de sus méritos obrar un milagro de su bondad. Y, lamentablemente, el mundo está lleno de oportunidades similares por todos lados: de modo que gran parte de la ciencia de la salvación reside en saber reconocerlas y evitarlas. Ante esto, tómate un momento para pensar seriamente en tus casos. ¿Tendrías alguna vez a alguien en casa o fuera, entre tus compañeros o sirvientes, que tratara de conducirte al mal con palabras o hechos? El oficio que aprendes, la escuela a la que asistes, la profesión que practicas, nunca te darían la oportunidad de pecar; ¿O impidiéndote realizar los deberes indispensables de un cristiano, u obligándote a realizar trabajos prohibidos en días festivos, u obligándote a ir a casas donde ningún daño espiritual podría alcanzarte?

¡Ah! si así fuera, por compasión de tu alma que estás a punto de perder, acude inmediatamente a un buen confesor, explícale el peligro en el que te encuentras, deja que te enseñe cómo salir de él; pero rápidamente, date prisa, porque cualquier demora en estos casos es fatal. No me digas que no tienes miedo, que estás muy decidido a no pecar; y que por tanto no pecarás, aunque conserves la amistad de ese compañero malhablado, de ese joven atrevido. Estás equivocado, estás equivocado. El que ama el peligro (es el Espíritu Santo quien os lo asegura) perecerá en él: vosotros le amáis; perecerás. Ni siquiera me dices que con ese arte se gana dinero, que en esa casa te dan de qué vivir; y sin embargo no puedes abandonarlos: ¿por qué el alma no vale más que el alimento? dice Jesucristo: ¿y de qué te sirve todo lo demás si pierdes esta alma tuya? ¿Y entonces acaso temes que, si por amor de Dios lo abandonas, él no pueda ayudarte? le haces mal. Él le ayudará, tenga la seguridad, y tal vez le proporcione aún más. Esperanza en ella que nunca ha dejado a nadie decepcionado; y ya verás. Por el contrario, si por un pequeño interés mundano se interesa el ofendido, ¿quién podrá salvaros de su indignación? ¿Quién vendrá por ti para responder a su tribunal? ¿Quién os librará de las manos de su justicia? Coraje, hija, coraje: aquí se necesita resolución. Todo vale, pero salva tu alma.


OCTAVO DÍA

Consideremos cómo Santa Dorotea, puesta en los tormentos, sintió su corazón inundado de tanto consuelo que no podía ocultar la exuberancia de su alegría. Sin embargo, el tirano, creyendo que ella fingía y se mostraba artísticamente, se alegraba; Antes de matarla, quería que la torturaran cruelmente de muchas maneras diferentes. Pero sin beneficio: su alegría aumentó al igual que la tortura. Quien, sin embargo, había visto a Dorotea ahora tendida durante mucho tiempo encima del montón, ahora duramente golpeada por los matones, ahora lentamente quemada en los costados con antorchas encendidas; ¿No habría pensado que ella era la chica más infeliz del mundo en ese momento? Y sin embargo no fue así: porque el gozo que el Espíritu Santo infundía en su alma era tan grande que no le permitía sentir lo que padecía: y no habría cambiado esos sufrimientos por los más dulces deleites del mundo. Es necesario que lo comprendáis bien vosotros, que tal vez pensáis que la vida de un cristiano debe estar llena de amarguras, de aburrimientos, de preocupaciones, y por tanto no podéis decidiros a entregaros completamente a Dios de una vez por todas.

¡Pero qué engañados vivís! ¿Así de tal manera? ¿Pensáis que el Señor es un amo duro que aún no recompensa a los que le sirven en esta vida? Los recompensa, sí; los recompensa con consuelos internos, los recompensa con dulzura espiritual, de tal manera que no les deja ningún otro deseo de las cosas terrenales; o si a veces les quita todo esto por un tiempo, nunca deja de sostener a sus servidores con la fuerza de su gracia, de tal manera que siempre prefieren su propio estado a lo que los mundanos más aprecian. ¿Pero sabes por qué los juzgas tan mal? ¿Por qué te detienes en la superficie? Ves la regularidad con la que viven los buenos, el alejamiento de los locos placeres del mundo, la asiduidad en las prácticas religiosas; y te imaginas que todo esto debe ser una carga insoportable. Los juzgas, como Sapricio de Dorotea. Pero profundizad un poco más y sabréis cuánto y qué consuelo Dios derrama en el corazón de quienes viven bien, y que les compensa sobradamente de tales penurias. Aunque sólo se puede saber por experiencia. Entonces, si quieres saberlo, intenta vivir como un santo y entonces lo sabrás. De lo contrario, no esperes descubrirlo; ya que la dulzura de la vida espiritual es como el sabor de la comida, que sólo puede ser comprendida por quien la prueba.


NOVENO DÍA

Consideremos el insulto que sufrió Santa Dorotea mientras iba camino de la muerte. Porque se le acercó un joven pagano llamado Teófilo; y para burlarse de ella, sonrió y le rogó que le enviara desde el paraíso unas flores y algunos frutos del jardín celestial. ¡Ves la amarga burla que fue esto! ¿Pero qué siguió? Se siguió que, en el mismo momento en que la Virgen era decapitada, un ángel se apareció a Teófilo y, en nombre de Dorotea, le presentó los frutos y flores solicitados: después de lo cual conoció la verdad de nuestra religión, abrazó la fe y murió mártir de Jesucristo. ¡Mira con qué gloria fue ésta, con la que Dios incluso antes que los hombres compensó a su Esposa por aquel insulto que sufrió por amor a él! ¡Enviar un ángel para que la cuide, con el regalo milagroso, y además convertir a su burlador por sus propios méritos! Pero mientras tanto, hay dos cosas que puedes aprender de este hecho. La primera, que la piedad, la virtud y la religión siempre han sido objeto de burla para los libertinos: así, si eres verdaderamente religioso, virtuoso, piadoso, también serás ridiculizado por los libertinos; y quizás ya lo hayas probado por experiencia. ¿Pero qué estás haciendo? ¿Qué haces cuando se ríen de ti y te sientes escrupulosamente gravado, porque vives retraído, sereno, lejos de los peligros de perder tu inocencia? No sé qué vas a hacer, sé que si te dejas llevar por estas burlas y disminuyes el ritmo en el cuidado de ti mismo y en el ejercicio de la piedad, estás acabado. 

Si Santa Dorotea se hubiera dejado vencer por aquel chiste de Teófilo, habría perdido su corona de mártir. Lo segundo que debes aprender es esto: que Dios te restaurará con honor inconmensurable por esa pequeña vergüenza que ahora tienes que soportar por los insultos de los malvados. Pero, ¿qué hará Dios para restaurarte y cuándo? ¿Hará tal vez maravillas y enviará a sus ángeles, como hizo con Dorotea? No tienes que esperar, porque él no te lo ha prometido. Lo que os ha prometido, y que debéis esperar con fe firme, es que en el día del juicio universal os compensará de los agravios sufridos por su amor alabándoos públicamente, no sólo ante todos los hombres que jamás existirán, sino ante los ángeles del cielo y aun ante los demonios del infierno. ¡Y entonces cuál será la confusión de vuestros burladores! cuál es tu gloria! Esta es la doctrina de San Pablo, quien enseña que cuando el Señor venga a juzgarnos, entonces cada uno recibirá de Él la alabanza que merece.



FIESTA DE SANTA DOROTEA

Considerad cómo, siendo Dorotea virgen de tal santidad, favorecida de Dios con muchos dones espirituales y muy aceptable a él por muchas excelentes virtudes; tal vez hubieras esperado que él llenara su vida de bienes, de glorias, de contentamientos mundanos; y en cambio hubo que verla abandonada por él mismo al perseguidor, quien la torturó y finalmente la mató con un método bárbaro de muerte. Tal vez os sorprendáis de esto, ni podáis comprender cómo es posible que Dorotea amara tanto al Señor, y que el Señor permitiera que Dorotea sufriera tanto. ¿Quizás no podría haberla liberado de Sapricio, salvada de los verdugos, salvada de la muerte? Bien podría haberlo hecho, ¿quién lo duda? pero si os sorprende que no lo haya hecho, es porque no conocéis el estilo ordinario con el que Dios suele tratar a sus elegidos. Así que apréndelo hoy, porque aprenderlo te será de gran utilidad. Dios quiere que todos seamos salvos: pero con la condición de que primero nos conformemos con su divino Hijo; es decir, quiere que imitemos a Cristo en la vida, para que luego seamos semejantes a él incluso después de la muerte, para que él pueda estar en el cielo entre nosotros, casi como el primogénito entre muchos hermanos. Ahora bien, ¿qué fue, les pregunto, la vida de Cristo en la tierra? Ya sabes cuál. Nació de una madre muy pobre, en pleno invierno, en un establo, entre dos animales: vivió muy pobremente hasta los treinta años, trabajando en un taller, desconocido para todos, muy obediente a María y a José: después predicó, peregrinó, luchó; hasta que vino a morir en una cruz, en medio de amargos dolores, entre los insultos de sus enemigos, sin consuelo abandonado por el cielo y la tierra. Éste, sin embargo, es el ejemplo que todo aquel que quiera salvarse debe copiar en sí mismo; Santa Dorotea tuvo que amoldarse a este ejemplo con sus sufrimientos para entrar al cielo; Para entrar en el cielo también vosotros tendréis que seguir este ejemplo con vuestros sufrimientos. Ahora sabrás cuán equivocadamente te has quejado quizás varias veces, lamentando haber nacido pobre, innoble, oscuro; de estar afligido por enfermedades, por dolores; obligado a trabajar duro; sudar; luchar; a veces faltan las cosas más necesarias. Te quejas y en cambio debisteis haber dado gracias a Dios, que, haciéndoos sufrir, os dio la oportunidad de ganar el paraíso. ¡Ah! Ya que el Señor hoy os hace comprender la necesidad y el valor del sufrimiento, mirad a Cristo en la cruz, mirad a Dorotea tan cruelmente torturada: y de esta visión sacaréis el valor y la fuerza para sufrir con resignación y paciencia, para volver a morir, si es necesario, por amor de Dios. ¿Y por qué no sufrirías voluntariamente? pensando que tenía que sufrir hasta Cristo, para poder entrar en su gloria.


(Tomado del libro “Manuale per le sorvegliatrici e per le assistenti nella Pia Opera di Santa Dorotea”, por el Abad Antonio Fontana. Impreso en la Tipografía Motta de M. Carrara, Santa Margaria No. 1112, Milán, Italia. Año 1862). 

Colaboración de Carlos Villaman 

ANOTACIONES

Al hablar sobre la piedad popular, es referirnos a aquellas devociones que antaño se hacían en nuestros pueblos y nuestras casas, cuando se...