NOVENA DE ACCIÓN DE GRACIAS
A LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO
POR EL
R. P. RAMON SARABIA
REDENTORISTA
EDICIÓN SEGUNDA
MADRID
EDITORIAL EL PERPETUO SOCORRO
Manuel Silvela, 14
Año de 1942
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Madre del Perpetuo Socorro, tuve penas y acudí a Ti, porque Tú eres la consoladora de los afligidos; estuve enfermo y te llamé, porque eres la salud de los que sufren; me asaltaron las tentaciones y corrí a tus plantas, porque eres la reina del infierno y la vencedora de todos los demonios; temí por mi salvación eterna y me eché en tus brazos, porque el que te ama y en Ti confía no se puede perder... Y cuando te llamaba y te contaba mis penas y mis temores, el nombre más dulce y consolador que salía de mis labios era éste: Madre del Perpetuo Socorro, porque es el compendio de tus misericordias y el ideal de mis amores. A Ti vine con los ojos llenos de lágrimas y de tus pies me levanté con el corazón lleno de esperanzas. Tu voz tiernísima me decía que serías en efecto mi perpetuo y maternal socorro. Y así fué, Me has consolado, me has bendecido. Una vez más confieso a la faz del cielo y de la tierra que Tú has sido la alegria y la salvación de mi alma. Por eso vengo a ofrecerte esta novena de acción de gracias. Nueve días vendré a postrarme a tus plantas y a decirte con toda la sinceridad de mi corazón: ¡Gracias, oh Madre del Perpetuo Socorro, gracias!
DÍA PRIMERO
En nombre de toda la humanidad... ¡gracias!
La humanidad vivió cuatro mil años de vida de dolores, de pecados y de esperanzas. En aquellos siglos, sombríos como la antesala del infierno, sólo penetraba un rayo de luz: Jesucristo, el Redentor anunciado en el paraíso terrenal ¡Cuatro mil años sin Jesucristo! Rezaban los patriarcas.... suspiraban los judíos y volvían los ojos hacia El y llamaban con gritos de angustia. Sus plegarias parecia que se estrellaban contra un cielo de bronce. Pero en la encantadora Nazaret nació una niña, obra maestra de Dios: ¡Maria! Y aquella alma, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, cayó de rodillas y dijo al Señor: Envía al que tienes que enviar. Aquella oración conmovió el corazón de Dios más que la voz de los patriarcas y los lamentos de los profetas. Levantose Dios, como un gigante, en expresión del rey David, y se resolvió a emprender su viaje a la tierra. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, ¡qué pocas veces los hombres han pensado en esa lluvia de bendiciones que tu oración hizo caer sobre la tierra seca y sedienta de Dios! La inmensa mayoría de ellos bajan a la tumba sin conocer y meditar esa fineza de tu poder y de tu amor. Yo, al menos, en nombre de la humanidad que tiene fe, te digo con toda la piedad de mi corazón: Madre mía..., ¡gracias! Hay algo más... El espacio tiene un sol que es la fuente de luz...: el cielo tiene un Dios que es el centro de infinita grandeza en derredor del cual giran todas las paravillas del universo... la tierra tiene a Jesucristo, Persona divina que asumió la naturaleza humana... y ese Jesucristo ha escrito en la historia de la humanidad páginas de grandeza, de belleza y de caridad que son el pasmo del cielo. Sin ellas los anales del mundo no serían más que un monumento que perpetuaría degradaciones y crímenes, porque el mundo sin Jesucristo sólo produce miseria, pecado..., obras de maldición... La Iglesia en el prefacio de las solemnidades marianas canta: Es justo y digno, oh Señor, que te demos gracias en esta festividad de la Virgen María, porque Ella concibió por obra y gracia del Espiritu Santo y dió al mundo este tesoro divino que se llama Jesticristo, Señor nuestro... Y es también muy justo y razonable que todos los hombres, oh Maria, se postren a tus plantas y te den gracias por haber merecido ser Madre de Dios. Asi pudiste ofrecer al mundo esa gracia de las gracias: Jesucristo Permite, pues, oh Virgen del Perpetuo Socorro, que yo te cante en nombre de toda la humanidad lo que la misma santa Iglesia te canta: Feliz eres, oh Maria, y dignísima de toda alabanza, porque de Ti, nació Cristo, nuestro Dios. A Ti y a ese Jesús que descansa en tus brazos, honor y alabanza por los siglos de los siglos.
CORONA DE ALABANZAS
Oh Madre del Perpetuo Socorro, creo y confieso que por disposición divina sois la Dispensadora de todas las gracias de Dios, y que todas las criaturas deben amarte y cantar eternamente tus alabanzas y tus misericordias.
-Ave María.
Oh Madre del Perpetuo Socorro, espejo de la infinita bondad de Dios que me dará un corazón agradecido a vuestra bondad y que vuestro nombre será alabado y bendecido en los cielos y en la tierra, como símbolo de amor y de misericordia.
-Ave María.
Oh Madre del Perpetuo Socorro, amo a Dios porque os hizo tan santa, tan grande y tan misericordiosa y os amo a Vos, porque sois mi Madre y la celestial bienhechora que me da el pan de cada día y todas las gracias que necesito para mi salvación eterna.
-Ave María.
ORACIÓN FINAL
Oh Madre del Perpetuo Socorro, quisiera quedar siempre a vuestras plantas cantando vuestras grandezas y agradeciendo vuestras misericordias. Si me voy de aquí queda mi corazón, con esos ángeles que os adoran, con esas lámparas que os alumbran, con esas flores que os perfuman, con esas almas que sin cesar se relevan a vuestros pies para ofreceros el homenaje de una súplica perpetua. Pero, cuando oiga las campanas de vuestros templos, cuando vean mis ojos alguna de vuestras imágenes, cuando un rayo de la luz de la gracia penetre en mi corazón, cuando una pena repentina turbe la paz de mi espíritu, cuando una alegría no esperada conmueva suavemente las fibras de mi alma, cuando el sol decline, cuando amanezca la aurora, cuando sienta en medio del rumor de la vida la voz de Dios, centro de toda la vida y fin de todas las cosas, levantaré mis ojos a Ti, Madre mía, y clamaré por tu Perpetuo Socorro... Pero no me olvidaré nunca de decirte agradecido y amoroso: Gracias, Madre mía, gracias... Es el himno de la gratitud de la vida... Será el estribillo de la eternidad... Oh Madre del Perpetuo Socorro... que así sea.
DÍA SEGUNDO
En nombre de los redimidos... ¡gracias!
Subamos al monte Calvario. Allí en una cruz, entonces infame, clavada está una víctima. Es Jesús. Era Dios y movido por su infinita caridad quiso perdonar nuestra culpa y redimirnos de la maldición y de la condenación eterna. Y concibió el pensamiento divino de hacerse hombre, pasar vida de humildad y de dolores y morir en unacruz. Y ahí está en lo alto del Gólgota. Hace veinte siglos que las generaciones humanas pasan por esa montaña santa; y las almas que caminan alumbradas con la antorcha de la fe enfocan sobre ese mártir divino sus rayos celestiales y caen de rodillas y besan esos pies sagrados y se lavan y se purifican en esa sangre santa y repiten con lágrimas de gratitud en los ojos: Redentor del mundo..., Redentor mío..., ¡gracias! Pero no está solo. Al pie de esa cruz redentora está su Madre, María. Toda su vida padeció en compañía de Jesús. No quería abandonarle en la hora de los grandes dolores y de su afrentosa muerte. Y sus lágrimas se mezclaban con las lágrimas y con la sangre de su Hijo divino; y sus penas interiores, amargas como las olas de todos los mares, formaban con las penas del Redentor divino un mar de dolores de donde tenía que surgir la humanidad pecadora regenerada. Así lo predicaba maravillosamente el gran Bossuet cuando exclamaba: La obra de nuestra corrupción empieza por Eva: la obra de nuestra reparación, por María. Eva pronuncia la palabra de muerte, María, la de vida. A Eva dióse la maldición; la bendición, a María. Bendita Tú eres entre todas las mujeres. María es, por Jesús y con Jesús, Corredentora del mundo, es mi corredentora. El perdón, la libertad, la gracia, la amistad de Dios, la vuelta a la casa paterna, las maravillas de la Iglesia y de los sacramentos, como consecuencia de la redención; todo se lo debemos a Jesús y a María... Los viejos cautivos, cuando recobraban su libertad, arrastrando sus cadenas subían a los santuarios de la Virgen y allí, en aquellas paredes que rezumaban misericordias de María, suspendían aquellos férreos eslabones, como monumento eterno de su gratitud... Oh Madre del Perpetuo Socorro, aquí debieran estar todos los hombres suspendiendo ante tu santa imagen aquellas cadenas que los arrastraban a la condenación eterna... porque por Ti y por Jesús podemos mirar al cielo y esperar sus infinitas alegrías. Pero los hombres, ¡qué incrédulos son!... ¡qué ingratos! ¡Yo al menos en nombre de todos ellos te digo y te diré eternamente: Oh María, porque en compañía de Jesús con tus penas y con tus amores nos has redimido! ¡gracias!
DÍA TERCERO
En nombre de los adoradores de Jesús Sacramentado... ¡gracias!
Miraron los ángeles del cielo hacia la tierra y vieron un Sagrario y una lamparilla, y cantaron: "He aquí que el tabernáculo de Dios se halla en medio de los hombres." Era una realidad de invención divina. El Verbo se hizo carne y vivió entre nostros. Vivió en nuestra compañía y no quisimos reconocer su divina grandeza. El, sin embargo, nos amaba, y porque nos amaba, no acertaba a separarse de nuestro lado. Quería oír las quejas amargas de nuestros dolores y ver de cerca esta tierra en que tenemos que vivir y en la cual nuestros pies tropiezan a cada paso con abrojos y espinas. Y vivió en Nazaret y recorrió los pueblos y ciudades de Palestina. Pero los hombres le cargaron de cadenas, le llevaron de tribunal en tribunal y al fin consiguieron que la justicia humana le condenara a muerte de cruz. Y cuando salió del Gólgota le decían: Márchate de este mundo; no te queremos por amigo y vecino. No reinarás jamás sobre nosotros. Mas Jesús había dado la respuesta del amor y del triunfo: "He aquí que estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos." Y, en efecto, Jesús desde el fondo de todos los Sagrarios repite el estribillo de la victoria: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. En medio de ellos vivo. Los veo a todos a través de las rejas de mí cárcel de amor. La humanidad se entregó vencida y cayó de rodillas ante las puertas del Sagrario y le decía con lágrimas: No te quisiste marchar, porque nos amabas. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin Ti, pues Tú eres el camino, la verdad y la vida? Jesús, Redentor y Vecino nuestro... ¡gracias! Pero podemos afirmar que Jesús no se quedó en nuestros sagrados tabernáculos sin la venia o al menos sin el aplauso de su Madre, María... La Virgen ama la tierra, que es su patria, y no pudo dejarle un habitante más santo y poderoso que el Hijo de su alma. Acudimos nosotros al Sagrario y le contamos a Jesús nuestras penas y pedimos las gracias espirituales y materiales que necesitamos para esta vida que se va y la otra que es, eterna. Y mientras nuestros labios humedecidos de lágrimas murmuran ardientes plegarias, allí está Ella rezando por nosotros: Ahí están, le dice a Jesús, son los míos, los hijos que Tú me diste en el Calvario... Los amo... Ahí están: han venido a visitarte... No les dejes marchar vacíos... Llena su corazón de las gracias que pueden hacer más felices... Jesús, te lo pido por el amor que me tienes... ¡Soy Madre tuya!; ¡soy también Madre de ellos! Para esos pobrecitos que piden y que lloran!: ¡piedad!, ¡misericordia! Y nos levantamos del Sagrario consolados y fortalecidos... Hemos conseguido la limosna que pedíamos... ¡Gracias. Jesús !... ¡María, gracias!
DÍA CUARTO
En nombre de las almas eucarísticas... ¡gracias!
Y tomó Jesús pan y lo bendijo y dijo: Tomad... comed... ¡esto es mi cuerpo! El Dios que con una sola palabra hizo, brotar los mundos en el abismo de la nada, con esas sencillas y breves palabras obró la más grande de las maravillas e instituyó el más sublime de todos los sacramentos... El hombre desde aquel día es comensal del Verbo divino y en ese banquete de cielo se alimenta de Dios. En esta invención de la caridad divina ¡cuánto no hubo de sufrir el Corazón de Jesús! ¡Muchos hombres desdeñaron su infinito don!... ¡No lo quisieron recibir! El pan de la tierra, sí...; el pan del cielo, no. Otros se acercaron a esa mesa divina, arrebataron la hostia santa y se la echaron a Satanás, que por el pecado llevaban en su corazón... Otros recibieron en un alma santificada por la gracia ese manjar divino; pero ni una palabra de gratitud y de amor brotó de sus labios. Del comulgatorio se fueron a la calle sin haber pronunciado una sola vez la palabra: gracias. Afortunadamente aún hay almas santas, almas que tienen corazón y saben amar... Han comulgado... cruzaron las manos sobre el pecho, se aislaron del mundo, se olvidaron de sus vanidades y bagatelas... ¡Dios y ellas! Y en el Sagrario de su corazón, postradas a los pies de su Jesús-Eucaristía aman, cantan, rezan, lloran, piden... ¡Cuántas veces y con qué deleite sabrosísimo le dicen: Gracias... Y ¿cómo no se lo dirían si éste es el más grande de todos los beneficios divinos? Pero esas mismas almas eucarísticas ¡cuántas veces se alejan del templo sin haber dado gracias a la Virgen María por el don infinito de la Eucaristía! Y, sin embargo, ese trigo divino lo amasó Ella en su seno purísimo, y lo regó con la ternura de sus lágrimas... Y cuando Jesús determinó instituir el Sacramento adorable de la Eucaristía, podemos afirmar que no lo hizo sin contar con la venia y el beneplácito de su Madre. Ese olvido de las almas santas es también una pena muy honda y sensible para el corazón de Jesús. María nos preparó en su seno inmaculado esta carne divina... María consintió que Jesús pasara por todas las humillaciones y amarguras que tiene que llorar en el Sagrario... María por medio del sacerdote deposita en nuestros labios el mismo Hijo que Ella llevó en sus brazos... María se complace amorosa en nuestra unión eucarística con Jesús... María une sus plegarias a las que nosotros hacemos cuando hablamos con el Verbo divino, en nuestro corazón... Sean, por tanto, dadas gracias a Jesús: pero no nos levantemos del comulgatorio sin dar también gracias a María. Oh Madre del Perpetuo Socorro, en nombre de todas las almas eucarísticas... ¡gracias!
DÍA QUINTO
En nombre de los pecadores... ¡gracias!
Salvar las almas perdidas por la culpa fué misión de la misericordia de Jesucristo. Él mismo lo decía con aquellas amorosas palabras: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia. Lo mismo pensaban las almas formadas en la escuela de este divino Maestro: "Correr hasta el fin del mundo, salvar un alma y morir: he ahí una muerte digna de santa envidia", así pensaba y escribía el gran apóstol Francisco Javier. ¿Cómo podía pensar de otra suerte, María, Madre de Jesús y modelo de todos los santos? Con razón la Iglesia cae de rodillas a sus plantas y le dice: Refugium peccatorum: ora pro nobis. Refugio de pecadores: ruega por nosotros. María ama a los pecadores. Sólo les pone una condición: que tengan deseos de salir de la culpa y volver al amor de su Jesús. Así lo dijo la misma Madre de Dios a Santa Brígida: Cuando un pecador, por grande que sea, acude a mí con sincera intención de enmendarse, estoy desde luego dispuesta a recibirlo y no miro sus pecados, sino solamente la intención con que viene y no me desdeño de curarle las llagas de su alma, porque me llamo y soy en verdad Madre de misericordia. Y no tan sólo recibe la Virgen a los pecadores, por ruines y malvados que sean, sino que se apresura a formar en su corazón el dolor de los pecados, los lleva al sacramento de la penitencia, y allí se les borran todas las maldades de la vida. Así lo confesaba el gran San Agustín: "María, escribía, es la única esperanza de los pecadores, ya que por sola su intercesión esperamos alcanzar la remisión de todos nuestros pecados." Y ¿cuántos son los pecadores? Responde el profeta David: "Todos amaron la iniquidad. No hay un solo hombre que en todo obre bien." Sólo Jesús y María no estuvieron nunca bajo el poderío del pecado. Por consiguiente, todos los pecadores que se reconcilian con Dios y se salvan, lo alcanzan por medio del Perpetuo Socorro de María. Asomaos a las puertas del cielo y preguntad a sus felices habitantes: ¿Quién os libró de las garras del pecado? ¿Quién os reconcilió con Dios? ¿Quién os trajo a esta patria de la santidad y de la dicha sin fin? Y una voz universal os responderá: ¡ María, María! Y allá, en el cielo, los pecadores salvados cantarán eternamente las misericordias de esta Madre de bondad. Pero acá en la tierra, ¡qué pocos hay que sean agradecidos con su celestial Libertadora! En esta novena de gracias no quiero, Madre mía, que te falte mi gratitud y la de todos los pecadores. Por eso, en mi nombre y en nombre de todos ellos, reconozco que tu misericordia nos salvó, que tu bondad nos alcanzó el perdón y que sólo por tu medio esperamos alcanzar la vida eterna. Por eso bendita y alabada seas eternamente en el cielo y en la tierra.
DÍA SEXTO
En nombre de todos los Santos... ¡gracias!
No es opinión de un teólogo exaltado; es doctrina de todos los santos Padres, de los sabios más profundos del cristianismo y de toda la Iglesia católica, maestra de toda verdad: Todas las gracias de Dios las recibimos por medio de su Madre y Madre nuestra, María. Es un espectáculo conmovedor ver cómo todos los santos y sabios de la Iglesia se acercan a la Virgen para predicar al pie de su trono que ella es la gran bienhechora de la humanidad. San Bernardino la proclama: Dispensadora de todas las gracias. San Alberto el Grande se atreve a decir que María es la Tesorera de Jesucristo. Y San Bernardo declara también con todo el peso de su gran autoridad que Dios depositó en las manos de Maria todas las gracias que intentaba dispensarnos, a fin de que sepamos que sólo descienden a nuestra alma cuando María abre sus manos para derramarlas sobre ella. San Agustín firmaba con su solemne autoridad estas magníficas palabras, que nos dicen la grandeza incomprensible de María en la economía de la salvación y santificación del mundo: "Por Vos, Señora, heredan la misericordia los miserables; los ingratos hallan gracia; los pecadores alcanzan perdón; los débiles obran grandes maravillas; los corazones terrenos se levantan a cosas celestiales: los mortales recobran la vida; los peregrinos vuelven sin peligro a su patria." Esta es la doctrina que defendió y propagó el más grande de los cantores marianos, San Alfonso. Podemos, por tanto, afirmar que si los mártires tuvieron fortaleza para confesar su fe en medio de los mayores tormentos, lo debieron a María... que si las vírgenes conservaron sin mancha la estola blanca de su inocencia, lo debieron a María... que si los anacoretas y los monjes perseveraron en la soledad de los desiertos y de los claustros, lo debieron a María... que si muchos hijos de Jesucristo en el correr de tantos siglos le amaron hasta el heroísmo de todas las virtudes, lo debieron a María. Así lo han reconocido muchas almas santas y por eso escribieron páginas de alabanza en honra de María, levantaron templos magníficos en honra de María, cantaron en bellas poesías las misericordias de María, grabaron en madera y en bronce el recuerdo de los milagros de María, y se pasaron la vida ofreciéndole su corazón como testimonio de su gratitud y como holocausto de su amor. Pero la ingratitud anida, aun en el corazón de las almas fervorosas. Ni los monumentos de su amor están en proporción con la grandeza de los beneficios recibidos, ni podrán abarcar jamás toda la extensión de las misericordias de su celestial Bienhechora. Por eso ahora al pie de tu altar, oh Virgen del Perpetuo Socorro, en nombre de todos los santos, confieso y declaro que de Ti recibieron todas las gracias que les preservaron del pecado y les levantaron a las cumbres de la santidad... En nombre de todos ellos te digo desde lo más íntimo del corazón: ¡Gracias!
DÍA SÉPTIMO
En nombre de todos los ingratos... ¡gracias!
Diez desventurados leprosos acudieron a Jesús y le pidieron la curación. Curóles Jesús, el bondadoso y omnipotente Nazareno... y se marcharon limpios y alegres. Sólo uno pensó en volver a su divino médico para-decirle con lágrimas de gratitud: Gracias... Los demás recibieron el beneficio y olvidaron al bienhechor... Sintiólo el Corazón de Jesús y manifestó su pena con sentidas y amargas palabras. ¿No es esto lo que todos los días y a todas horas está pasando ante el altar de la Virgen? Aquí vinieron todos los que tenían enfermedades en el cuerpo y agonías en el alma... Aquí desahogaron su corazón, Le decían a la Virgen que tuviera piedad de ellos... Y le contaban la interminable letanía de sus amarguras... sufrían tentaciones y sequedades en el alma... la fe parecía que se apagaba en el cielo de su espíritu... los peligros los empujaban con la fuerza de un remolino irresistible hacia un abismo... tenían hambre... no hallaban colocación para sacar adelante la familia... las garras del dolor oprimían sus pulmones... los seres más amados agonizaban lentamente en el hospital... se sentían solos y desamparados de todo el mundo... los días eran negros como el infierno y el porvenir, aterrador como la muerte... Todo esto te decían, Madre del alma, con ojos llenos de angustia, con palabras empapadas en lágrimas... Y te lo decían a todas horas con novenas que se empalmaban las unas con las otras... Y sobre todo te aseguraban que te amarían siempre, si Tú los oías... ¡Qué espléndidos eran en prometer! Y los oíste, oh Madre del Perpetuo Socorro... Curó el hijo... no faltó el pan en la mesa del hogar... volvió a casa el peregrino... se firmaron las paces del amor... desaparecieron las nubes del alma... A la tristeza sucedió la alegría en aquellos corazones torturados por el dolor. ¡Y se fueron sin darte gracias! ¡Qué pronto olvidaron las promesas que a tus plantas habían hecho!... Quizás Señora, no los volverás a ver a tus pies hasta que nuevas penas vengan a recordarles que sólo Tú eres el Perpetuo Socorro de la humanidad. Tienes, Virgen mía, el corazón más sensible... eres la más delicada de las madres... Sé que sufres por ese olvido de tus hijos. Permite, Madre mía, que en este día te ofrezca mi gratitud en reparación de tantas ingratitudes... No llores, oh Corazón el más tierno y misericordioso y herido de todos los corazones: Aquí tienes el mío, que te dice en nombre de todos los ingratos que te han olvidado: Oh Virgen del Perpetuo Socorro... gracias.
DÍA OCTAVO
Por todos los beneficios por mí recibidos... ¡gracias!
La historia de mi vida es un mosaico formado por las misericordias de María, que nunca medité, ni agradecí, como debiera. Fui redimido con la sangre de Jesús y con las lágrimas de María. Fué ésta, es verdad, una gracia infinita que descendió sobre la frente de todos los hombres y todos por eso deben cantar eternamente las alabanzas de esos bondadosos redentores. Pero ¿por qué nací yo en tierras donde brillaba el sol de la fe? ¿Por qué no me segó la muerte antes que el bautismo bañara mi alma con sus aguas regeneradoras y me comunicara el don de los dones, la gracia, que es el germen de la vida sobrenatural y la semilla de la vida eterna? ¿Por qué labios piadosos pusieron en los míos desde los primeros días de mi vida las plegarias santas de la Iglesia? ¿Por qué fuí creciendo en un cristiano hogar a la vera del templo, que es la casa de Dios y de la Virgen y de donde irradian sobre las almas el consuelo, la verdad y la esperanza? Y luego empezó en mi corazón la lucha tremenda entre el bien y el mal. Y mil veces caí y mil veces las manos de la Virgen me levantaron del abismo en qué cayera... Y son incontables las veces que, cual hijo pródigo, me alejé de Dios... y otras tantas me llamaron las voces cariñosas de mi Madre del cielo y volví al altar y me senté en la mesa de mi Dios, perdonado y feliz. Llegará un momento en que todos los días de mi vida aparecerán ante mis ojos, y veré que sobre todos y cada uno de ellos cayó un rayo de las misericordias de María. Por Ella conservé la fe... Por Ella no se extravió del todo mi corazón... Por Ella tuvieron consuelo mis lágrimas amargas... Por Ella tuvieron salud los míos, y los que amé volvieron a los abrazos de la paz y del amor. Hubo en mi existencia momentos cuya gravedad sólo yo conozco. Todo estaba perdido para mí... Me envolvía la noche del dolor... Me apretaban y ahogaban las garras de la desesperación... La Virgen me salvó. Y con lágrimas en los ojos debo declarar a la faz del mundo que soy un ingrato... No la amé como debiera... No recordé sus beneficios... Casi del todo la olvidé... Las promesas que hice en las horas del dolor se desvanecieron como un sueño. Pero no quiero ser más ingrato. La última gracia que de sus manos he recibido me ha hecho ver toda su bondad y toda mi miseria... ¡Qué buena es mi Madre!... ¡qué ingrato es su hijo! Pero, oh Madre del Perpetuo Socorro, heme aquí... No vengo a pedirte nuevas gracias. Las que de Ti he recibido son innumerables y me atan para siempre a tu amor. Por eso te ofrezco el humilde don de esta novena de acción de gracias... Ahora y siempre por todos los beneficios de Ti recibidos te diré: Gracias, Madre mía, gracias…
DÍA NOVENO
Por todos y para siempre... ¡gracias!
Por orden del orgulloso Nabucodonosor tres jóvenes fueron arrojados a un horno encendido, porque no querían adorarle a él, sino sólo a Dios. Cayeron en medio de llamas gigantescas, pero el fuego no tocó ni el pelo de su frente ni la orla de su manto. Y sintiéndose incapaces de dar dignas gracias a Dios por tan grande milagro invitaban a todas las criaturas para que con ellos bendijeran y alabaran al Señor. Yo también desde este bajo mundo y en medio del universo reconozco que todos hemos sentido el influjo de las misericordias de María, porque todos vivimos de la gracia de Dios, y las gracias de Dios todas pasan por manos de esa poderosa Bienhechora. Por eso, oh Madre del Perpetuo Socorro, humilde siervo e hijo tuyo, postrado a tus plantas levanto la voz e invito a todas las criaturas para que te bendigan y te den gracias... Sol, luna, estrellas, bendecid y dad gracias a María... Montes, valles, desiertos, bendecid y dad gracias a María... Angeles de la gloria hombres todos de la tierra bendecid y dad gracias a María... Y oigo que todas las criaturas responden a mi voz y entonan aquel cántico de gratitud y de amor que San Buenaventura recogió en su corazón: A Ti con voz eterna te cantan todos los ángeles del cielo... A Ti por el mundo universo la Santa Iglesia te proclama Madre de la Majestad divina, Mediadora de Dios y los hombres y amadora de todos los mortales... Pero aún deseo más... La Virgen sobre las montañas de Hebrón cantó: Y todas las generaciones me proclamarán bienaventurada. Y ese es el deseo más grande de mi vida: que sea santificado el nombre de Dios, que venga a nos el su reino; que se haga su voluntad, así en la tierra como en el cielo, y que su Madre y Madre mía, María, sea alabada y ensalzada hasta el fin de los siglos. Mi vida se extinguirá, como muere el gusanillo luminoso que pisa un caminante, pero deseo y espero que todas las criaturas hasta el fin de los siglos sigan viviendo para cantar las grandezas de María... No tardará en extinguirse mi voz en el mundo; pero pido al cielo que no se interrumpa el concierto de alabanzas ante el altar de María... Oh vosotros, hermanos míos en la fe y en el amor de Jesucristo, vosotros los que todavía viviréis, cuando yo baje a la tumba, quiero deciros antes de bajar al silencio del sepulcro que yo confieso ante la faz del mundo que lo bueno que en mi vida hice y la esperanza que me acompaña al otro lado de la vida, todo se lo debo a mi Madre del Perpetuo Socorro. Declaro y confieso también que fuí un ingrato, que muchas veces me olvidé de su amor y abusé de sus misericordias... A todos os pido que con vuestro amor y vuestra gratitud le hagáis olvidar a mi Madre del cielo las culpas y las ingratitudes mías… Sólo me alienta una esperanza y me recrea dulcemente un pensamiento... que en la eternidad no seré ingrato... que en el cielo seré uno de los que dirán y cantarán con más entusiasmo y alegría: Oh Madre del Perpetuo Socorro... ¡gracias!