lunes, 30 de noviembre de 2020

ADVIENTO - DÍA DOS

 


MEDITACIÓN II.

El Verbo fue hecho carne.

El Señor envió a san Agustín para que escribiera sobre el corazón de santa María Magdalena de Pazzis las palabras Verbum caro factura est. Por lo que nos interesa, pidamos también nosotros al Señor que nos ilumine el entendimiento, y nos haga conocer qué exceso y prodigio de amor ha sido el que el Verbo eterno, el Hijo de Dios, se haya hecho también hombre por amor nuestro. La santa Iglesia se llena de admiración contemplando este misterio, según aquellas palabras: ¿Consideré tus obras, y me pasmé? Si Dios hubiese criado mil mundos mil veces más grandes y más bellos que el presente, es cierto que esta obra seria infinitamente menor que la Encarnación del Verbo. Fecit potentiam in brachio suo. Para ejecutar la obra de la Encarnación se ha necesitado toda la omnipotencia y sabiduría infinita de un Dios, haciendo que la naturaleza humana se uniese a una persona divina, y que una persona divina se humillase a tomar la naturaleza humana; de manera, que Dios se hizo hombre y el hombre se hizo Dios; y habiéndose unido la divinidad del Verbo al alma y al cuerpo de Jesucristo, se hicieren divinas todas las acciones de este hombre-Dios r divinas sus oraciones, divinos los padecimientos, divinos los vagidos, divinas las lágrimas, divinos los pasos, divinos los miembros, divina aquella sangre, para hacer de ella un baño de salud destinado a lavar todos nuestros pecados , y un sacrificio de infinito valor, para aplacar la justicia del Padre justamente indignado con los hombres. Y ¿quiénes son al fin estos hombres? Miserables criaturas, ingratas y rebeldes. Y ¡por ellas hacerse un Dios hombre! ¡Sujetarse a las miserias humanas! ¡Padecer y morir por salvar a estos seres indignos! Se humilló así mismo, dice san Pablo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. ¡Oh fe santa! si tú no nos asegurases de esto, ¿quién podría creer jamás que un Dios de infinita majestad se haya abajado hasta hacerse pasible y mortal como nosotros, para salvarnos a costa de tantas penas é ignominias, y de una muerte tan cruel y vergonzosa? ¡Oh gracia! ¡Oh fuerza del amor! Exclama san Bernardo. ¡Oh gracia! ¡que ni aun podrían imaginársela los hombres, si Dios mismo no hubiese pensado hacérsela! ¡Oh amor divino, que no podrá jamás comprenderse! ¡Oh misericordia! ¡oh caridad infinita, digna solamente de una bondad infinita!

 

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh alma! ¡oh cuerpo! ¡oh sangre de mi Jesús! yo os adoro, y os doy gracias. Sois mi esperanza. Vosotros sois el precio pagado para rescatarme del infierno, que tantas veces he merecido. ¡Oh Dios! y qué vida tan infeliz y desesperada aguardar debiera en la eternidad, si Vos Redentor mío, ¡no hubieseis pensado en salvarme con vuestras penas y con vuestra muerte! Mas ¿cómo las almas redimidas por Vos con tanto amor, sabiendo esto, pueden vivir sin amaros, y despreciar vuestra gracia, que con tantos trabajos les habéis procurado? ¿Por ventura ignoraba yo todo esto? ¿Cómo, pues, he podido ofenderos, y ofenderos tantas veces? Pero repito, vuestra sangre es mi esperanza. Conozco, Salvador mío, el grande agravio que os he hecho. ¡Oh si hubiese yo muerto mil veces antes! ¡Oh si os hubiese siempre amado! Mas os doy gracias, porque me dais tiempo de verificarlo aún. Espero en lo que me resta de esta vida, y después en la eternidad alabar por siempre la misericordia que conmigo habéis usado. Después de mis pecados, yo merecía más tinieblas, y me habéis dado más luz. Merecía que me abandonaseis, y Vos con voces amorosas os habéis acercado llamándome. Merecía que mi corazón quedase más endurecido, y Vos lo habéis enternecido y compungido. Así es que por vuestra gracia siento ahora un gran dolor de las ofensas que os he hecho; siento en mí un gran deseo de amaros; siento en mí una firme resolución de perderlo todo antes que vuestra amistad; siento un amor hacia Vos que me hace aborrecer todo lo que os desagrade; y este dolor, este deseo, esta resolución y este amor, ¿quién me lo da? Me lo dais Vos por vuestra misericordia. Luego es, Jesús mío, señal de que ya me habéis perdonado; es señal de que ahora me amas, y queréis salvarme a todo trance. Sí; Vos queréis mi salvación, y yo quiero salvarme, principalmente por daros gusto. Vos me amáis, y también yo os amo; pero os amo poco, dadme más amor: Vos merecéis más amor de mí, a quien habéis dispensado gracias más especiales que a los demás. Ea, pues, aumentad la llama. María santísima, alcanzadme que el amor de Jesús consuma y destruya en mí todos los afectos que no son para Dios. Vos oís a todos, oídme también: alcanzadme amor y perseverancia.


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