viernes, 6 de abril de 2018

QUINARIO A SANTA URSICINA






DEVOTO QUINARIO EN HONOR DE SANTA URSICINA VIRGEN Y MÁRTIR

Por la Señal de la Santa Cruz...
L/: Abrid, Señor, mis labios:
R/: Y mi boca pronunciará vuestra alabanza.

L/: Señor, atended a mi socorro:
R/: Y venid pronto en mi auxilio.

L/: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/: Como fué en el principio, sea ahora, y siempre y por los siglos de los siglos. Amen.



HIMNO

Ved á Ursicina cándida
De Jesús el discipular
Vedla abrazar impávida
La nueva ley pacífica.
Con resplandor magnífico
Brilla en su frente innocua
La fé que en cruel suplicio
Plantó Cristo en el Gólgota.
Su balbuciente labio
La fé en voz alta anuncia
Ante el tirano bárbaro
Que brilla en oro y purpura.
Sea al Padre la gloria,
Sea al Verbo Unigénito:
Y al divino Paráclito
Honor se dé perpetuo. Amen.


 ACTO DE CONTRICCIÓN

Señor mío Jesucristo, Rey de los mártires, y corona delos que confiesan vuestro nombre, que alentáis a vuestros soldados mientras pelean por vuestra gloria, que recibís su sangre como un holocausto muy parecido al que vos ofrecisteis en el sagrado patíbulo de la cruz que sube a vuestro trono en olor de suavidad, que honráis sus heridas con la aureola de la inmortalidad: ¡oh Dios mío, mi Salvador, y Redentor amabilísimo! en quien creo, en quien espero, y a quien amo sobre todas las cosas, y quisiera amar con el amor de los Serafines, y con el inflamado corazón de todos los mártires y demás justos; pésame, mi Dios, de haberos ofendido por ser quien sois bondad infinita: detesto todos mis pecados con los que tantas veces he quebrantado vuestra santa ley, y he tenido la necedad y desfachatez de postergaros a mis caprichos, a mis pasiones y viles apetitos, y a las necias vanidades de la tierra. ¡Oh Dios de mi corazón! ¡Felices mil veces, y mil veces dichosos los que conservaron inmaculada la inocencia! ¡Quién como la afortunada amable virgen Santa Ursicina hermoseada con la palma del más atroz martirio! ¡Oh Santa niña! Ya que en mí no sea esto posible después de haber perdido la gracia de mi Dios, a lo memos interceded por este desdichado que pecó contra el cielo y vuestro esposo celestial, para que el Señor me restituya el don precioso de su gracia, y me perdone todos mis pecados. ¡Levantada!  Cielo en mi favor vuestras manos puras, a fin de que perdonado y hermoseado con los dones celestiales, merezca el premio de los pecadores arrepentidos. Amen.


DIA PRIMERO
CONSIDERACION
La fé ha sido siempre la primera de las virtudes para agradar a Dios y entrar en el reino de los cielos. De tal manera Dios amó al mundo, decía el evangelista S. Juan, que entregó a su mismo hijo unigénito, a fin de que todos los que creyeren en él no perezcan, sino que posean la vida eterna. Sin esta virtud, decía el apóstol, es imposible agradar a Dios: y el mismo Jesucristo, autor y consumador de nuestra fé, añade, que aquel que no creyere se condenará infaliblemente. Penetrada de estas verdades la niña Ursicina, fiel cristiana desde los años más tiernos de su vida, confesaba en su corazón a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, autor y consumador de nuestra religión sacrosanta. Pero es preciso que atiendas, oh cristiano, cuán difícil era en los tiempos de Ursicina llegar al conocimiento de esta fé. No había entonces templos abiertos, no circulaban en manos de los niños numerosos catecismos no se enseñaba la fé en las escuelas y en los parajes públicos como ahora. Entonces los maestros de la fé, los ministros del Evangelio tenían que esconderse para repartir a sus neófitos el pan de la doctrina cristiana: tenían que ocultar con frecuencia su ministerio y su celo: y muchas veces hasta ignoraban los fieles donde paraban estos explicadores de los misterios de Dios. Sin embargo, no faltaron á Ursicina medios de imbuirse en los, rudimentos de la fé: oyó hablar de Jesucristo, y quedó enamorada de su doctrina: tiernamente solicita, como la Magdalena cuando corría en busca del Salvador, no cesaba de escuchar a sus maestros en la fé, y ávida de la divina palabra, no apartaba de su corazón lo que acababa de aprender. ¿Qué serias, oh cristiano, si con tantas dificultades, si con tantos peligros hubieses de buscar quien te instruyese en los misterios de nuestra religión? Considéralo bien, y dime si en esta parte tienes la solicitud de Ursicina. Pero no solamente se ofrecían dificultades en adquirir la fe, sino mucho más en conservaba. Levantábanse por todas partes templos consagrados al error e innumerables estatuas de ídolos que recordaban las supersticiones antiguas y las preocupaciones en que había sido nutrida la infancia: las Gestas de los paganos que se celebraban en Roma con un aparato y con una pompa extraordinaria fascinaban a muchos, y les hacían olvidar la fé: el lujo además, la disipación de las costumbres, y la disolución más escandalosa estragaban el corazón de muchos cristianos, y les hacían preferir la afeminación y molicie de las costumbres paganas a la santa severidad del Evangelio. Ni era fácil en aquellos días de persecución acudir a los sacerdotes para adquirir en los sacramentos y en las palabras de vida nuevas instrucciones, nuevo vigor y nueva fortaleza para resistir a la seducción y al escándalo. Pero la joven Ursicina, cual experimentado combatiente, burló todos estos ardides del enemigo, y recordando el consejo del apóstol S. Pedro “resistíos firmes en la fe las astucias del diablo, que cual león rugiente nos circuye para devorarnos y perdernos eternamente. ¡Oh fé admirable la de Ursicina! Imítala, cristiano: y en medio de los peligros, en medio de las seducciones con que te rodea el mundo, nunca olvides que en el bautismo prometiste a tu Dios que guardarías su fé todos los días de tu vida.  Lo que más dificultad ofrecía a los ojos del cristiano en aquellos días borrascosos era confesar la fé que se babia adquirido en el bautismo. Estaba debió por el apóstol escribiendo a los Romanos, que si es necesario creer de corazón para purificarse, no lo es menos confesar la fé con las palabras oh con las obras para salvarse. Y el mismo Jesucristo que ha de presentarse un día como Juez supremo de vivos y muertos, debió aquellas terminantes palabras: aquel que no me confesare, o que me negare delante de los hombres, también le negaré yo delante de mi padre celestial. Y ¡qué prueba tan dura y tan terrible era está en los tiempos en que vivía Ursicina! Las cadenas, las cárceles, los azotes, los ecúleos, las catastas, las hogueras, las espadas, toda especie de suplicios, los más exquisitos tormentos, todo se ponía en juego para intimidar a los cristianos, y retraerles de confesar el nombre de Jesucristo. Más todo fue en vano con Ursicina. Firme en la fé, impávida en la confesión, inalterable en los tormentos, generosa en la muerte, jamás desmintió con las palabras ni con las obras aquello que había empezado a creer, y que la granjeaba el honroso título de fiel discípula de Jesucristo. ¡Oh fé admirable! ¡Oh fe generosa y esforzada, digna de ponerse por ejemplo a los ojos de los siglos cristianos! Considéralo bien, devoto de Ursicina, y lleno de admiración y de respeto, conserva en tu corazón esta preciosa luz, y sin temor a los respetos humanos ni a los detrimentos corporales no dejes de confesarla delante de los hombres.
Aquí se puede parar un poco en relacionar sobre la virtud de la Santa, y hacer propósito de imitarla. Luego se añadirán las siguientes jaculatorias.


A LA MANO DERECHA
Oh esforzada mano, que te levantaste en alto para esculpir en la frente la señal gloriosa de la fé sin temer a los vanos respetos de los hombres, clavada en un madero, bendita seas y reverenciada.
Padre nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

A LA MANO IZQUIERDA
Oh mano compasiva y generosa, que te abriste para ejercer la más dulce misericordia, y practicar las obras santas y piadosa, clavada en un madero, bendita seas y reverenciada.
Padre nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

AL PIE DERECHO
Oh pie virginal, que nunca entraste en las sendas de los impíos y pecadores, y que seguiste los caminos de la justicia en pos de tu Jesús, clavado en un madero, bendito seas y reverenciado.
Padre nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

AL PIE IZQUIERDO
Oh pie angélico, que corriste como el de una ligera cervatilla para encontrar los tormentos y la cruz, y hacerte una imagen viva de tu celestial esposo, clavado en un madero, bendito seas y reverenciado.
Padre nuestro, Ave María, y Gloria Patri.

A LA CABEZA
Oh sagrada cabeza, relicario precioso de los dones del Espíritu Santo, que encerraste los tesoros de un alma pura y privilegiada, y te ofreciste, como un holocausto por la gloria de Jesucristo, abierta con el golpe despiadado de un verdugo, bendita seas y reverenciada.
Padre nuestro, Ave María, y Gloria Patri.


ORACION
Oh fidelísima y gloriosa mártir, que en los primeros crepúsculos de vuestra vida convertisteis a Dios los ojos de vuestra alma alumbrados por la luz admirable de la fé, convertid los míos carnales y terrenos a aquella ley santísima que ha de dirigir todos los pasos de mi vida, todos mis afectos, mis obras y mis palabras. Vos conservasteis este don sagrado en medio de las más terribles contradicciones del mundo: haced que yo también lo conserve en medio de las angustias y peligros que me circuyen, y a pesar de los respetos humanos con que es tentada mi constancia. Vos no vacilasteis en confesar el nombre santo de Jesucristo en presencia de los jueces de la tierra, y de los tormentos más erguiditos que se os preparaban: haced que yo tampoco titubee en confesar tan augusto nombre, y que si acaso le amenazan los escarnios, los insultos, las cárceles, los destierros por causa del dulce nombre de mi Jesús, prefiera todos los males y detrimentos de la vida, y hasta la muerte más cruel, antes que negar aquella fé, de cuya gloriosa confesión vos me disteis un ejemplo tan brillante en lo alto de un patíbulo, oh mi amada Ursicina. ¡Oh Santa mía! Vos exaltada al reino de la luz en donde veis cara a cara, y sin misterios y sin enigmas al mismo Dios, ya no necesitáis de esta fé. Compadeceos de este viador, a quien rodean sombras y tinieblas; y haced que crea firmemente todos los dogmas y misterios de nuestra santa religión, para que, viviendo siempre en el seno de la Iglesia católica, apostólica, romana, muera en la paz de los justos, y venga a ver en nuestra compañía la claridad de Dios. Amen.


ANTÍFONA
De Cristo ven esposa,
Ven, Ursicina, ven:
Ven, mártir victoriosa,
Y tu corona ten.
Ten la inmortal corona,
Que Dios te preparó,
Cuando, ínclita amazona,
Al cielo te llamó.



DIA SEGUNDO
HIMNO
¿Quién a los montes célicos
Su ojo alzó mísero,
Y al Dios de los ejércitos
Venir no vio en su auxilio?
De su salud el áncora
En Dios fijó pacífica.
Nuestra Virgen; é impávida
Triunfó en la lid horrífica.
Y su confianza férvida
Jamás mintió a su espíritu:
Que siempre firme e intrépida
Su voz tendió al Empíreo.
Sea al Padre la gloria,
Sea al Verbo Unigénito:
Y al divino Paráclito
Honor se dé perpetuo. Amen.


CONSIDERACION
Cuando uno acomete una empresa ardua, y midiendo sus propias fuerzas, calcula que estas son muy inferiores a la cantidad de la empresa; o bien se desanima, y se retrae de proseguir en su trabajo, o bien se alienta con la confianza de que otro le ayudará, y le prestará medios y recursos para llevar a cabo su empresa. Cuando el hombre cristiano repara en la poquedad de sus fuerzas y en la miseria de su flaca y débil naturaleza, y levanta sus ojos a aquella patria inmortal a donde es llamado, a aquel Dios elevado sobre los querubines que le convida, a aquellos bienes inefables que ni el ojo vio, ni el oído percibió, ni el corazón del hombre pudo comprender jamás, se confunde, se anonada Y se abismaría en la más triste desesperación si no la sostuviera la esperanza cierta de que el Dios que le ha criado para el cielo le dará luz y fuerzas para llegar a él. Apenas la niña Ursicina comprendió la importancia de su salvación, y se penetró de su dificultad, fijó su corazón en Dios, que era su refugio, su amparo y su esperanza única. Desconfió de sí misma, y esperó en el Señor que había de darla gracia y fortaleza para perseverar en sus propósitos, y llegar a su fin último que es la posesión de Dios; y ciertamente no fue confundida. Muy viva y muy firme fué la esperanza de Ursicina: y por eso atravesó inmaculada los caminos de la vida sin que la contaminasen sus inmundicias. ¿Es esta tu esperanza, o cristiano? ¿Te has parado en poner tu confianza en Dios, o has presumido de tí mismo? Medítalo, y considera cuantas han sido tus caídas por esta vana presunción. En los años tiernos en que Ursicina empezó a pisar los umbrales de la vida, vio cuan borrascosos y difíciles eran los tiempos en que vivía, cuantos peligros la rodeaban, cuantos enemigos la combatían, cuantos combates la esperaban, cuán difícil, cuan imposible era triunfar una niña que no llegaba a los quince años. A los ojos de la carne parecía lo más prudente salirse del mundo, huir de los hombres, evitar tantos escollos, tantos compromisos, tan terribles elementos. Exponerse a los peligros, provocar los combates, aguardar los tormentos, parecía lo sumo de la imprudencia en una joven tan delicada y de tan tierna edad; y los que lo miraban con ojos no tan santos como ella lo graduaban de presuntuosa temeridad por la que merecía que naufragase su fé. Más Ursicina no lo miraba así: esperaba en Dios, por cuya causa peleaba, y esto la revestía de valor y de fortaleza. Levantaba con el Profeta sus ojos a las montañas santas de donde esperaba que le vendría el socorro y con el mismo Profeta cantaba animosa: En el Señor tengo puesta mi confianza: ¿Cómo pues decís a mi alma: retírate prontamente al monte como una ave que huye?  No huyó, no se retiró del combate la niña Ursicina, porque decía con el salmista: esperando en el Señor, nunca ¡laquearé. ¡Oh cristiano! ¡Qué cobardía! ¡Qué confusión! ¡Qué ignominia si temes los compromisos, si huyes de los peligros que pueda agarrotarte el nombre de cristiano, solo por el pretexto de que te sientes flaco, ni cuidas de robustecer tu flaqueza poniendo la confianza en el Señor! Sé confiado como Ursicina, y serás también esforzado como ella. Nuestra amable y santa niña tenía muy fijas en su mente aquellas palabras: en vos. Señor, he esperado; no seré confundida eternamente. Por esto no reparó en lo tierno de su edad, ni en lo frágil de su sexo, ni en la grandeza de los peligros, ni en la atrocidad de los tormentos: reparó solamente en los auxilios que de seguro concede el Señor en abundancia a sus siervos que confían en él, y que pelean por la gloria de su nombre. Y esta esperanza no dejó confundida ni burlada á Ursicina. Esta esperanza sostenía el corazón de Ursicina, cuando se presentaban a su vista las grandes tribulaciones que se la esperaban, si permanecía en la nueva ley que había abrazado. Esta esperanza ponía en su boca admirables sentencias y respuestas victoriosas, para no vacilar en los momentos en que era interrogada de su fé. Esta esperanza la daba el vigor de una heroína y la paciencia de una mártir, cuando clavada en un madero era atormentado su cuerpo con acerbísimos dolores. Esta esperanza la sostuvo hasta el fin, hasta la muerte, cuando fijando en el cielo sus ojos medio ofuscados por la atrocidad de los tormentos veía venir sobre su cabeza la aureola gloriosa que estaba prometida a su cruel martirio. ¿Qué es esto, o cristiano? Te sobrevienen desgracias, y te irritas: el Señor te prueba en el crisol de la tribulación, y murmuras de su providencia: se te ofrecen tentaciones, y creyendo que tampoco podrás vencerlas, desconfías, laqueas, y sucumbes. Pon tus ojos en Ursicina, anímate con su ejemplo, y confía en el Señor.


ORACION
Oh gloriosa Santa Ursicina, cuyos años inocentes fueron sostenidos por una confianza sin límites en el Señor, y en cuya edad tierna nunca vacilasteis en presentaros a los más recios combates, porque esperabais que vuestro divino esposo estaría siempre con vos, y Os sacaría airosa de todos los apuros y conflictos; haced que yo también espere en mi Dios, y no desmaye en vista de mi flaqueza y de la poquedad de mis fuerzas. Alcanzadme una esperanza firme que no sea capaces de contrarrestar todos los temores de la vida y todos los obstáculos del infierno. Y si acaso alguna vez me opusieren las criaturas dificultades y embarazos en el camino de mi salvación y si el demonio me presentare como muy severa é impracticable la virtud, y me abultare los peligros que me rodean, y mi propia debilidad; alentad mi corazón, é inspiradme un sentimiento vivo de confianza, a fin de que acudiendo humilde a aquel Dios que jamás desampara a los que en él esperan, se fortalezca mi alma, se tranquilice mi espíritu, y nunca retroceda de los buenos pasos que haya dado. Sed vos, Santa mía, mi apoyo, mi sustentáculo, y mi intercesora para con Dios, a fin de que confiado y animoso con vuestros ejemplos, permanezca siempre firme, y llegue a la cumbre del monte santo en la Sion celestial. Amen.




DIA TERCERO

HIMNO
Ardiente cual Vesubio
Su corazón castísimo
De amor divino efluvios
Vierte en dulces deliquios.
En su Jesús seráfica
Fija amorosos ósculos:
Desfallece en dulce ansia
De amor su pecho mórbido. ,
De caridad o víctima
Que en los celestes atrios
Ardes con luz deífica,
Enciéndenos, inflámanos.
Sea al Padre la gloria,
Sea al Verbo Unigénito:
Y al divino Paráclito
Honor se dé perpetuo. Amen.


CONSIDERACION
Aunque Dios impuso al cristiano muchas obligaciones y preceptos, todos sin embargo se reducen a uno solo, al de la caridad. Este es el primero y más grande precepto de la ley, respondió Jesucristo a aquel legisperito del Evangelio: amarás a tu Dios y Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Porque, como decía el apóstol, la caridad es el complemento de la ley: de manera que, como dice S. Juan, Dios es la misma caridad, y el que tiene la dicha de permanecer en la caridad, permanece unido al mismo Dios; y así ya no tiene nada más que desear. Por esto añade el apóstol San Pablo, que la caridad es el vínculo de la perfección. Apenas nuestra joven Ursicina abrió los ojos de su alma, y empezó a conocer a su Dios y esposo Jesucristo, de tal modo quedó enamorada de sus inefables perfecciones, de sus atributos incomparables, de su hermosura infinita, que ya no pudo menos de consagrarle su corazón, su alma, sus sentidos y potencias, constituyéndole como el principal, como el único objeto de su amor. Un corazón joven y que no ha amado todavía, está muy dispuesto a entregarse al primer objeto que se le presente, si en la realidad o en la apariencia es digno de su amor: y las primeras impresiones amorosas que sufre un corazón, especialmente el de una doncella, son por lo común tan vivas y tan profundas, que difícilmente se borran en todo el resto de la vida. ¡Cuán profundas serian, pues, las primeras impresiones del amor de Dios en la joven Ursicina, mayormente siendo secundadas por la gracia! ¡Dichosa joven, cuyos primeros amores se emplearon en objeto tan digno de ser amado! ¡Dichoso tú, o cristiano, si ya que no haya sido Dios el primer objeto de tu amor, le constituyes ahora como el amante único digno de ocupar tu corazón! Pero el amor se acredita en las obras. Aquel que poseyere bienes de este mundo, dice S. Juan, y viere en necesidad a su hermano, si cierra sus entrañas para no favorecerle ¿cómo podrá decirse que permanece en la caridad de Dios? Y aquel que dijere a menudo: Señor, yo os amo: y estuviere lejos de guardar los mandamientos de su ley, y su corazón estuviere ocupado en las criaturas y en las vanidades de este mundo, ¿no se dirá qué es falso, qué es fatuo su amor? Mas no era así la caridad de Ursicina. Desde que conoció y empezó a amar a Dios, quedó de tal manera su voluntad ligada a la ley santa del Señor, que podía muy bien exclamar con el Profeta ¡Cuán dulces son, Señor, vuestros mandamientos! son más gustosos que la miel a mi boca. Ursicina en su edad más tierna, dulcemente enamorada de su Dios, suavemente encantada en contemplarle, santamente ocupada en servirle, absorta toda en aquel piélago de bondad y de hermosura que deja embelesados a los más elevados espíritus, ya no era dueña de su corazón: é íntimamente unida con su Dios y criador, exclamaba con la esposa santa, mi amado es todo para mí, y yo soy toda para él. Nada se le hacía difícil, nada áspero, nada repugnante, cuando se trataba de complacer a su amante. No se movía, no suspiraba, no vivía, sino para agradar a su Dios; y los actos todos de su vida eran un reflejo purísimo de su ardiente caridad. ¿Qué es esto, o cristiano? ¿Es este tu amor para con Dios? ¿Es esta tu solicitud en servirle y agradarle? Si no lo ha sido hasta aquí, sea el amor de Ursicina el que encienda tu frio corazón. ¿Qué amor puede haber más grande que el de aquel que sacrifica su vida por sus amigos? Según el testimonio de Jesucristo, no puede haber otro mayor. En esto conocemos la caridad de Dios, dice S. Juan, en que él dió su vida por nosotros: y por esto también nosotros debemos darla por nuestros hermanos. En esto también conocerás, o cristiano, la grande caridad de Ursicina, en que sacrificó su vida por su amigo y amante Jesucristo. Dió sus manos puras y sus ¡nocentes pies para que fuesen taladrados con agudos clavos: dió su sagrada cabeza para que fuese abierta: dió su cuerpo todo para que fuese atormentado: su vida y su alma dió para que subiese al eterno Padre como un holocausto puro y agradable en olor de suavidad, y fuesen un brillante testimonio de su purísima caridad. Dice el Espíritu Santo que las copiosas aguas no pudieron extinguir la caridad de la esposa mística; ni tampoco los torrentes de la tribulación fueron capaces de amortiguar la caridad de esta ferviente esposa de Jesucristo. ¿Quién me separará de la caridad de Cristo? podía ella preguntar desde lo alto de su patíbulo. Y también podía responderse con el apóstol, que ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la espada, ni la vida, ni la muerte, ni otra criatura alguna podrían jamás separarla de la caridad de Dios, que es en el Señor Jesucristo. Los clavos y la espada pudieron separar el alma de su cuerpo, mas no pudieron separarla de su Dios. Los tormentos pudieron extinguir el soplo de la vida, mas no pudieron extinguir la caridad de Dios; porque está dicho por e! Espíritu Santo, que la verdadera caridad es más fuerte que la muerte. ¡Qué portentos de amor, o cristiano! ¡Qué estímulos para tu indiferencia! ¡Qué ardor para su extraordinaria frialdad! Si el incendio que devora el corazón de Ursicina no inflama tu frio espíritu, no te cuentes entre los devotos de tan amante y amable niña.


ORACION
Oh amantísima Virgen Santa Ursicina, cuyo pecho era un volcán de amor de Dios, cuyo corazón era templo y asiento del Espíritu Santo, amor divino, fuego inextinguible, y llama eterna de caridad, comunicadme ese ardor con que amabais a vuestro Señor y esposo Jesucristo, y os desvivíais por complacerle y agradarle. ¡Con qué gusto hacíais vos su voluntad! ¡Con qué esmero observabais su santa ley! qué placer mortificabais vuestros apetitos para dar gusto a vuestro Dios a quien amabais de lo íntimo de vuestro corazón! Enseñadme, Santa mía, con vuestro ejemplo, y haced que en virtud de este amor cumpla en toda la voluntad de mi Dios, que observe perfectamente su santa ley, y que mortifique mis apetitos y pasiones, a fin de que sea la caridad la que dirija y presida todas mis obras, pensamientos y palabras. Y si amasteis a vuestro dulcísimo Jesús hasta la muerte, y si para dar un testimonio de este amor no vacilasteis en dar la vida en un patíbulo y sufrir los tormentos más horrorosos, imite yo vuestro celo y vuestra raridad en sacrificarme y sufrir todos los males imaginables antes que disgustar a mi Dios, a fin de que inflamado en su amor espire en el ósculo del Señor. Amen.




DIA CUARTO
HIMNO
¡Qué bella es y que cándida
Ursicina flor de Vírgenes!
En su candor complácese
El celestial Artífice.
Cual ángel pura y límpido,
Electa cual sol ígneo,
Y cual violeta mística,
Y cándida cual lirio;
Del Cordero purpúreo
Esposa es integérrima,
Que brilla en sus crepúsculos
Como la aurora espléndida.
Sea al Padre la gloria,
Sea al Verbo Unigénito:
Y al divino Paráclito
Honor se dé perpetuo. Amen.




CONSIDERACION
Bienaventurados los limpios de corazón, decía Jesucristo, porque ellos verán a Dios. La limpieza de alma y cuerpo, aquella virtud que desconocieron los antiguos, y que nosotros llamamos con el nombre de Virginidad, ha sido siempre una virtud hermosísima a los ojos de Dios, y ha arrebatado todas sus complacencias y cariños. Por esto cuando el Verbo divino determinó venir al mundo, y hacerse hombre, quiso nacer de una Madre virgen; y cuando quiso salir del mundo en su muerte, encomendó esta Madre virgen a un discípulo virgen también. Por esto los que son vírgenes tienen señalado un lugar preferente en el cielo, y cantan un cántico nuevo que nadie puede cantar sino ellos, y siguen al Cordero a donde quiera que vaya, como enseña S. Juan en su Apocalipsis. Y el mismo Jesucristo hablando de los Vírgenes los compara a los ángeles en el cielo. Así que Ursicina aprendió los primeros rudimentos de la ley cristiana quedó de tal manera enamorada de esta bellísima virtud, que ya no le fué difícil consagrar su cuerpo y su alma a Jesucristo: aunque tierna en los años, era ya bastante madura, y tenía la suficiente resolución y firmeza de ánimo para firmar un desposorio espiritual con Dios. Desde entonces ya no pensó más que en agradar a Dios, y en guardarle una fidelidad inviolable: por esto custodiaba religiosamente su alma y su cuerpo, a fin de que no se empañase ni levemente su pureza. ¡O cristiano! ¡Cuánto tienes que aprender en Ursicina! ¡Cuánto no deben confundirte los purísimos modales de esta niña angelical! Los que son verdaderamente Vírgenes tienen nuevo adelantado para trabajaren el negocio de su santificación: porque, como enseña el apóstol, la no casada y virgen no piensa más que en las cosas que son de Dios, a fin de hacerse santa en el cuerpo y en el espíritu: más la mujer casada tiene precisión de pensar en las cosas del mundo, a fin de agradar a su marido. Por esto Ursicina á fio de entregarse más libremente a los negocios de su alma, y agradar a Dios, determinó consagrarle la preciosa joya de su virginidad, y hacerse santa en el cuerpo y en el espíritu. Instruida en los deberes de la virgen cristiana, nada tenía de común con el mundo, a quien aborrecía como el más temible enemigo de la hermosura de su alma. Sabía que la modestia en los ojos, la circunspección en las palabras, la sencillez en los vestidos, la delicadeza en el trato, la sobriedad en todos los sentidos eran el indicio de una alma verdaderamente pura y cándida: y Ursicina podía considerarse como el retrato de una perfecta virgen cristiana. Libre de los contagios de la carne, inocente, inmaculada, toda angelical, dedicábase á los negocios del espíritu, no tenía más delicias que ocuparse en Dios, y sus castísimos pensamientos estaban fijos en el cielo. Se la babia enseñado a huir cuidadosamente en todo cuanto pudiese contaminar la castidad de su cuerpo: y por esto no es estrado que su preciosa alma fuese una bellísima imagen de Dios con quien estaba desposada, y que no fuese entorpecida en su majestuoso vuelo con que se elevaba hasta la divinidad. ¡O cristiano! ¿De qué te quejas si experimentas estímulos en tu carne, contradicciones en el bien, dificultades en la virtud, tedio en las cosas del espíritu? Sé puro y casto como Ursicina, y semejante a los ángeles fijarás como ella tu corazón en Dios. Pero es preciso que adviertas, o cristiano, las dificultades que en los tiempos de Ursicina ofrecía el profesar esta hermosísima virtud. Ella era desconocida de aquel pueblo carnal y adicto solamente a las cosas de la tierra: los dioses que adoraba aquel pueblo contaban entre sus proezas y sus glorias las más abominables torpezas: a nombre de la religión se daban fiestas y espectáculos en que campeaban la labilidad y el desenfreno: Roma era entonces un vasto teatro de disolución, donde la obscenidad estaba fomentada por el lujo, por las pinturas, por los libros inmorales, y todo cuanto puede contribuir a estragar y corromper las costumbres. Y sin embargo, Ursicina se conservó pura en esta nefanda Sodoma. Ursicina rodeada de tantos peligros, topando con tantas dificultades, combatida de tantos enemigos ostentó íntegro e inviolable el hermoso lirio de su virginidad. La virginidad de Ursicina fué un huerto cerrado, en el que no tuvieron entrada las feas abominaciones de su tiempo. La niña Ursicina fué en el juicio una ingerí provecta que sabe poner a cubierto su recato y su honestidad. Fue una verdadera virgen cristiana que consagró su corazón y su cuerpo a Jesucristo: fue una virgen, a quien ni la seducción, ni los halagos, ni el peligro, ni el escándalo pudieron apartarla un ápice de su santo y noble propósito, ni causar el más leve detrimento en su integérrima castidad. ¿Qué sería de tí, o cristiano, si te encontrases en una situación semejante a la de Ursicina? ¿Qué ha sido si te has encontrado alguna vez entre lazos y peligros? El ejemplo de esta amable y purísima niña debe confundirte, y hacerte más cauto, más sobrio y más casto.


ORACION
¡Oh purísima virgen Ursicina, espejo de vírgenes y castísima esposado Jesucristo! Admirado de la hermosura de vuestra alma, y conociendo cuan digna sois de ser contada en el número de las esposas del Cordero inmaculado, os suplico me alcancéis la gracia para conservar la pureza de mi alma y de mi cuerpo: y si acaso hubiere tenido la desgracia de perder esta bellísima virtud, que hace a los hombres semejantes a los ángeles y gratísimos a los ojos de Dios; y si acaso dominare en mis miembros el fuego impuro de la concupiscencia; clavad mi corazón y mi carne con el santo temor de Dios, á si de que refrenados mis apetitos, y sujetada la rebeldía de la carne, no piense más que en agradar a mi Dios y en cumplir su santa ley. ¡O niña angélica! ¡Cuán grande seria mi dicha, si á imitación vuestra, desde los primeros pasos de mi infancia hubiese andado por los caminos de la inocencia, e inviolablemente hubiese conservado vuestra pureza! Mas vuestro ejemplo me llenará de una saludable confusión, y de un santo remordimiento, y vuestra intercesión me alcanzará del Cordero inocentísimo Cristo Jesús, esposo de vírgenes, y premio de las almas puras, la gracia de recobrar por la penitencia el don santísimo de la castidad, y de este modo puro y limpio como vos venga a recibir el premio de los castos en la posesión de Dios, a quien solo pueden ver los que son limpios de corazón. Amen.




DIA ÚLTIMO
HIMNO
Brama tempestad horrida;
Ruge el tirano rígido;
Véase espadas, y esquileos,
Y clavos, y patíbulos:
Y nuestra virgen ínclita,
Persiste fiel é intrépida;
Que la crueldad horrífica
Impávida desprecia. . .
¿No veis sus manos cándidas?
¿No veis sus pies virgíneos?
Ofrécelos magnánima,
Del clavo al golpe rígido.
Y de su frente angélica
¿No veis la roja púrpura?
Es la diadema regia
Que orna sus sienes fúlgidas. .
Venid, laureados mártires,
Y de la virgen ínclita
Los triunfos y certámenes
Cantad en prez magnífica.
Sea al Padre la gloria,
Sea al Verbo Unigénito:
Y al divino Paráclito
Honor se dé perpetuo. Amen.


CONSIDERACION
Con el establecimiento del cristianismo debía desalojarse del mundo un enemigo fuerte y poderoso. El fuerte armado, con cuyo nombre designa Jesucristo al demonio encubierto con todas las formas del paganismo, debía ser arrojado para siempre de la posesión tiránica, que sobre los hombres venía ejerciendo había ya cuatro mil años. Y así como el demonio para conservar su dominación sobre la tierra había ordenado su ejército de sacerdotes de los ídolos, de falsos filósofos, y de una muchedumbre fanatizada en favor dela mentira, así también fué preciso que Jesucristo ordenara el suyo para combatir a los enemigos de la verdad, y destruir los baluartes del error. Pero Jesucristo quiso escoger unos combatientes que la prudencia de la carne reputó por los más ineptos para la consecución de la victoria: escogió dice el apóstol S. Pablo, lo más débil y flaco según el mundo para confundir a los fuertes y poderosos. Y uno de estos combatientes elegidos por Jesucristo fué la tierna niña Ursicina. Esta inexperta niña es la que viste la armadura de la fé, empuña la espada de la justicia, y embraza el escudo inexpugnable de la equidad, y en el nombre del Señor se presenta, cual otro joven David, a lidiar con los gigantes del siglo, y a hacer verá los alucinados de la mentira que ni en el cielo ni en la tierra hay otro Dios fuera del Señor Jesucristo, y que él solo es el Rey en cuya fortaleza vencen los cristianos. Admira, o cristiano, admira la santa intrepidez y arrojo de Ursicina en lanzarse de este modo a la lid en que ha de luchar frente a frente con los más formidables enemigos de la Cruz; y si esta intrepidez te admira, disponte a imitarla. A una niña que apenas ha entrado en los años de pubertad se le presentan desde luego las más terribles amenazas y los más bárbaros rigores. No se le oculta lo que está sucediendo todos los días con los seguidores del Evangelio. Estos son arrastrados a los tribunales, a los calabozos más fétidos, los tormentos más horrorosos, a los más afrentosos patíbulos. Las cadenas, los ecúleos, las catastas, las hogueras, son el premio que se da por confesar el nombre de Jesucristo. Ni los más despreciables esclavos ni las más viles bestias son tratados como los cristianos. Todo esto pasaba cada día á los ojos de Ursicina; y Ursicina no se retraía de inscribirse en el ejército cristiano para pelear contra los furores del infierno con las armas de la humildad, de la paciencia y de una constancia incontrastable. Expuesta a ser presentada a los tribunales, encarada con los jueces de la tierra, alagada con promesas, amenazada con tormentos, no decaía el ánimo dela niña Ursicina; y la entereza, la dignidad y la prudencia con que contesta a los que quieren apartarla de la fé que ha profesado manifiestan que el invariable, que es inflexible la resolución que ha tomado. Ciertamente quo necesitaba una fortaleza de ánimo extraordinaria para no titubear en tan duro conflicto: y la intrepidez y la serenidad con que Ursicina resiste a todo este aparato de seducción y de terror indican cuan fuertemente estaba grabada en su pecho la resolución de morir por Jesucristo. ¿Qué sería de tí, o cristiano, si te vieses en la tentación de Ursicina? ¿Adelantarías impávido y constante hacia el martirio, o bien retrocederías débil y cobarde, temiendo las amenazas de los hombres? ¿Te avergonzarías de aparecer cristiano entre los oprobios e insultos, o bien levantarías la mano para esculpir la señal de la fé sobre tu frente? Pero en Ursicina no son todo seducciones, ni se para todo en amenazas: no queriendo ceder de su piadosa y santa determinación, se viene a las obras, y a las obras más duras, a las pruebas más crueles y terrible. Agotados por la ingeniosa crueldad todos los medios de intimidación y de terror, se adopta la última prueba, en que o ha de triunfar el tirano, o ha de brillar con una gloria inmortal la invicta fortaleza de la mártir. La invencible niña es extendida sobre un madero: agudos clavos atraviesan sus tiernas muñecas y sus débiles tobillos: brolla la sangre de las heridas: se contraen los nervios: los dolores son insoportables; y la niña no llora, no sé altera, no se inmuta, no pierde su serenidad ni su habitual alegría en confesar el nombre santo de Jesucristo. La infancia parece que se ha hecho insensible hasta a sus propios dolores: ¡tal es y tan grande la fuerza de la gracia en dotar de una fortaleza invencible a lo que parecía débil por la complexión, flaco por el sexo, tímido por la edad! ¡O admirable espectáculo! ¡Espectáculo digno de que lo contemplen con edificación y con asombro los siglos cristianos! Clavada Ursicina en sus pies y en sus manos es una viva imagen de su divino esposo Jesús; y esta semejanza en el padecer endulza sin duda las amarguras de su martirio. Mas el rigor de los clavos no acaba con la vida de Ursicina: por esto, a fin de que no se defraude de su gloria a la mártir, un tremendo golpe viene a abrir su virginal cabeza, siendo esta última herida la diadema de gloria que ciñe las sienes virginales de la reina espesa de Jesucristo. Asómbrate, o cristiano, al ver tanto valor, tanta intrepidez, tanto sufrimiento, tanta constancia en una mártir de tan pocos años: y en la fortaleza y paciencia de Ursicina alaba y bendice el poder de Dios que es siempre admirable y glorioso en sus mártires.



ORACION
¡Oh gloriosa y esforzada mártir Santa Ursicina! cuya fortaleza en las tentaciones, cuyo valor en la confesión, cuya paciencia en los tormentos, cuya serenidad en la muerte cruelísima que sufristeis os hacen digna de brillar entre las más ilustres heróicas de Jesucristo, y de competir con los más gloriosos mártires de los siglos cristianos, yo prosternado delante de vuestro venerable cuerpo, que me presenta los gloriosos vestigios de los tormentos que padecisteis, os suplico humildemente me alcancéis una santa fortaleza para despreciar los peligros, los temores, los reveses, los compromisos con que las criaturas acaso intenten apartarme de mi Dios, y de los caminos de su santa ley. Poned delante de mis ojos vuestra paciencia inalterable, á de que con ella sufra constante las adversidades de este mundo, y las penalidades de la presente vida. Haced, o Santa mía, que todos los males, dolores y adversidades temporales me sean dulces, cuando se trate de sufrirlos por el santo nombre de Jesucristo. ¡Cuánta confusión cubre mi rostro al contemplar las gloriosas cicatrices de vuestras manos y de vuestros pies! Yo me avergüenzo, y me confundo al reparar en la fortaleza y serenidad con que padecisteis acerbísimos dolores, y en la delicadeza con que se me hacen insoportables los males más ligeros. Y ya que vuestra fortaleza ínclita os ha granjeado los triunfos y las palmas inmortales de que gozáis en el cielo, y que os hacen gloriosa en la tierra, imite yo vuestra fortaleza para que os acompañe en los triunfos y palmas de la gloria. Amen.




GOZOS
EN ALABANZA
DE LA GLORIOSA VIRGEN Y MARTIR
SANTA URSICINA

Ya que en Dios reináis segura,
Virgen pura:
Dadnos ver la luz divina,
Mártir de Cristo Ursicina.

De la vida en los albores
Los primores
De una alma privilegiada
Ostentáis inmaculada
Con las flores
De una santidad probada
Del martirio en la tortura,
Virgen pura:

Los amagos
Burláis con sabia constancia:
En vuestra más tierna infancia
Golpes vagos
Reputáis su petulancia,
Cuando de él triunfáis segura,
Virgen pura:

De Vírgenes flor hermosa,
Casta esposa
Sois del divino Cordero:
Para honor tan lisonjero,
Tierna rosa,
En vos el lustro tercero
Edad es digna y madura,
Virgen pura:

Ni el rigor de los tormentos,
Ni los vientos
De la tempestad que brama,
Pueden extinguir la llama
Que en portentos
De amor vuestro pecho inflama
Y de celestial dulzura,
Virgen pura:

De los clavos la dureza
Con certeza
Os taladra pies y manos:
Y los furores insanos
Y fiereza
Despreciáis de los tiranos
Con heroica bravura,
Virgen pura:

Con dignidad y entereza
La cabeza
Ofrecéis al golpe fiero
Del verdugo, que certero
Atraviesa
Vuestra sien con cruel acero,
Y os da muerte fiel y dura,
Virgen pura:

Cual Corderita inocente
Vuestra frente
Al hierro dais resignada:
Así en un palo clavada
Y pendiente
Imagen sois acabada
De Jesús, y fiel figura,
Virgen pura:

En vuestra preciosa muerte
Mujer fuerte
Absorta os contempla Roma,
Cuando para vos asoma
Feliz suerte,
En que voláis cual paloma
Del sacro empíreo a la altura
Virgen pura:

De Jesús crucificado
Sois dechado,
Y de vírgenes modelo,
A mártires vuestro celo,
Inflamado
Asombro causa y consuelo
Del tormento en la amargura,
Virgen pura:

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