viernes, 13 de julio de 2018

DEVOCIONES A NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD







PESAME
A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA SOLEDAD

Virgen gemebunda, Madre de las tribulaciones, cuán inmenso es tu dolor. Lloraste toda la noche y no hubo quien te consolara. Tu manto de luto, tus ojos llenos de lágrimas, tu rostro ensombrecido por el pesar, tus manecitas juntas en
actitud de plegaria, todo tu ser me revela el suplicio incomparable que torturó tu corazón. Fuiste madre, y te arrancaron al Hijo de tus entrañas, viste morir al
que fuera tu vida, tu delicia y tu encanto. Quedaste abandonada en el desierto sombrío de las tristezas, víctima de amarguras sin igual. ¿A quién te compararé, ¡oh Hija de Jerusalén! ¿Quién se asemejaría a tí Mártir sublime y Reina de todos
los mártires?
Recibe, Madre querida, la condolencia filial de nuestras almas. Venimos a darte el pésame, sentimos la pérdida irreparable que abrió en tu corazón profunda herida y que te hizo llorar en el desamparo, huérfana y viuda, sin consuelo y sin protección. Estamos cerca de tí para hacerte compañía, queremos enjugar tus lágrimas, acariciar tu frente, derramar bálsamos curativos en tu corazón atribulado.
Si perdiste a un Hijo Santísimo, puro y divino, tienes a tus plantas hijos pecadores, maliciosos e ingratos, es verdad; pero que, confusos y arrepentidos, te prometen ser bueno practicar la virtud, servirte toda la vida y amarte con todo el corazón. Mira, Madre clemente y piadosísima, la sinceridad con que te hablamos. Queremos regar con el llanto de nuestros ojos las baldosas de esta Iglesia, queremos llegar hasta tí para llorar el desamparo tremendo que sufriste, al morir Jesús y al ausentarse de tí.
Soledad te rodeó durante muchos años, en tu peregrinación por este valle de tribulaciones. Sola, sin él Hijo que era t u encanto, sin la Luz que alumbró tus caminos, sin el Dios Redentor que te llenó de gracias; sola, sin consuelo, apurando el cáliz de la amargura, llegaste hasta la cumbre del dolor inconcebible. Virgen del infortunio, doliente Madre mía, acepta nuestra filial condolencia; acuérdate que lloramos contigo, extiende tus fúnebres vestiduras
para arroparnos con ellas, guarecernos allí, permanecer místicamente identificados contigo y servirte y amarte, durante nuestra vida para merecer el premio de la eterna bienaventuranza por los siglos de los siglos. Amén.




CORONILLA

Por la señal. Acto de contrición.

L/: Abre, Señor, mis labios
R/: Y publicará mi lengua tus bondades.

L/: Ven, ¡oh Dios! en mi ayuda.
R/: Apresúrate a socorrerme.

L/: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/: Como era en el principio, sea así, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

 (Un Padre Nuestro, cinco Ave Marías y Gloria al Padre).


JACULATORIA

Divide, Virgen, tus penas al ver tu Hijo llagado con este pobre humillado que te da su corazón.
(Padre Nuestro, cinco Ave Marías, tres veces).

L/: Ruega por nosotros, ¡oh Virgen de la Soledad!
R/: Para que seamos dignos de los merecimientos de Cristo.

OREMOS: Oh María, Reina de todos los mártires, te suplicamos, por los dolores de tu soledad, que nos alcances merecer los frutos de la Redención de tu Hijo Santísimo que, después de morir, vive y reina con Dios Padre y el Espíritu Santo en unidad perfecta por los siglos de los siglos. Amén.









DIA DIECIOCHO DE CADA MES


ORACIÓN
Vengo a tí Madre querida, con el corazón lleno de tristeza. Me conmueven tus lágrimas, me compadezco de tus dolores, la aflicción que te hiere, me hiere también con crueldad y fiereza. Virgen de la Soledad, ¿quién podrá medir tu desamparo? Quedaste sola en el mundo cuando murió Jesucristo que era para tí hijo muy amado, maestro y protector.
Su vida fue tu vida; su hermosura, tu satisfacción; sus altísimos misterios, el objeto de los tuyos, sagrados también y maternales. Pero, al bajar Jesús al sepulcro, al ocultarse después en los esplendores del cielo, sufriste penas torturadoras he inenarrables. Me lo dicen tus ojos inflamados por el llanto, tu frente angelical que eclipsaron mil infortunios, tus vestidos de luto que simbolizan el dolor.
Parece que oyes todavía el feroz alarido de las multitudes deicidas y que miras aún el vaivén de los verdugos que crucificaron a Cristo. Parece que asistes a la tragedia del Calvario y que contemplas la desaparición de los sacratísimos despojos, devotamente enterrados por los piadosos varones.
La Cruz, el sepulcro, el adiós postrero se renuevan en tu mente y ponen en tu corazón tristezas funerarias que no es posible comprender. Soledad te rodeó cuando, por veinticuatro años, apuraste, hasta las heces, el cáliz de la amargura; soledad inclemente y fiera, destrozó tu corazón de madre que ansiaba estar al lado del Hijo único y querido; soledad taladró tu espíritu perfectísimo, al no hallar en la tierra compañías que supieran comprenderte. Soledad interior, mística, completa soledad soportaste como ninguna criatura.
Por eso la Iglesia, al recordar tus pesadumbres, te invoca y te venera con el nombre significativo y dulcísimo de la Soledad. Augusta Madre mía, quiero beber tus lágrimas, consolar tus aflicciones, estar en tu compañía.
No te abandonaré, ¡oh Reina de los Mártires! no te dejaré sola.  Aquí siento tus caricias maternales, cerca, de tu altar hay paz y quietud, santa alegría, místicos fervores que no hay en otra parte. Cuántos hijos tuyos han venido a este santuario. Cuántos han recibido salud y protección.  Son innumerables, forman legiones que te alaban y glorifican. Uno mi pobre voz a la de los mil que te bendicen, mi plegaria va con la plegaria de los que te aman, con la plegaria de la Iglesia que te honra.
No me dejes, Madre mía, no me dejes solo. Asísteme en la tentación, defiéndeme en los peligros y consuélame en mis dolores. Quiero vivir en gracia y perseverar en ella hasta la muerte. Esto te pido para mí y para mis padres, amigos y parientes. Madre de la Soledad, sé tú mi refugio, sé mi guía, consígueme la felicidad eterna. Amén.







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