lunes, 23 de noviembre de 2020

MES DE ÁNIMAS - DÍA VEINTITRÉS

DÍA VEINTITRÉS

MEDITACIÓN

El sufragar a las almas del Purgatorio, es uno de los actos más heroicos de caridad

Entro las virtudes del cristianismo, la caridad es la mayor, dice San Pablo, y se ejercita en el grado más perfecto cuando se socorren las miserias de las almas del Purgatorio. Gran caridad es dar de comer al hambriento que desfallece, vestir al desnudo que se hiela de frio, visitar al enfermo que gime entre dolores. Mas el objeto de tal caridad es el cuerpo, mientras que el de los piadosos sufragios es el alma, y cuanto el alma excede al cuerpo en precio, tanto más excelente es la caridad hacia los muertos que hacia los vivos. No se pretende por eso con el ejercicio de la una excluir el de la otra, antes bien, el fin del cristiano debe ser unirlas a entrambas, y con una mano socorrer al pobre, y con la otra sufragar al Purgatorio; puesto que con la doble

caridad se ayuda más copiosamente a unos y a otros, y nos asemejamos más al Divino Autor de Nuestra Santísima Religión de Jesucristo. Esforcémonos, por tanto, en perfeccionar tan bella obra, y alcanzaremos copiosas bendiciones de la tierra y del cielo. Cuando nos decidimos a socorrer la indigencia de nuestros semejantes, nos mueve por lo común un espíritu por naturaleza sensible y piadoso. La vista de una necesidad precedente hiere fuertemente nuestros sentidos, y se apodera de nuestro corazón de tal manera, que casi no está en nuestra facultad rehusar el socorro; involuntariamente brotan las lágrimas de nuestros ojos, la mano se mueve espontáneamente en su auxilio, y cuanto más bien formado esté un corazón, tanto más se afecta por compasión sensible y por ternura. Pero cuando empleamos nuestra beneficencia para con el purgatorio, no hay ningún objeto que esté bajo el dominio de los sentidos: nuestro ánimo está purificado de toda erosión terrena: nuestra caridad es del todo espiritual. Por lo mismo se acrecienta siempre su mérito, lo que nos debe estimular a practicarla con todo empeño. La caridad, en fin, tiene su orden y requiere que se provea ante todas cosas a quien yace sumergido en las más graves miserias, a quien menos puede ayudarse por sí mismo, a quien está unido con nosotros con más estrechas relaciones, y a quien está más adelantado y firme en la amistad de Dios. Pero ¿qué miserias por grandes que sean en esta tierra pueden compararse con la más ligera pena del Purgatorio? ¿Quién más, que aquellas almas encerradas en aquella cárcel es incapaz de ayudarse, puesto que nada pueden merecer por sí misma?? ¿En dónde se hallará quien tenga con nosotros mayores relaciones que ellas, siendo así que cuanto hay en la sociedad, en la Iglesia, en el orden de la naturaleza y de la gracia, nos liga a ellas con dobles vínculos? ¿Y quién finalmente puede sobrepujarlas en el carácter de la santidad y de la amistad con Dios, estando ya confirmadas en la gracia y en los dones del Señor? Todo, pues, concurre a dirigir nuestra onda hacia ellas; y ¿a pesar de tan grande impulso que por todas partes recibimos, permaneceremos perezosos é indolentes? ¡Ah! reanímese en nuestro corazón la caridad viva del cristianismo, y hagamos sentir a aquellas almas los más copiosos efectos.

 

ORACIÓN

¡Oh eterna caridad de Dios, de quien se propaga toda caridad en el mundo! ¡Ah! Descienda sobre nuestros corazones una centella de tu divino fuego para hacer nuestra caridad verdaderamente perfecta. Entonces tendremos más en consideración las miserias de los espíritus; que las de los cuerpos; entonces nuestra caridad será purificada de todo afecto sensible y terreno; entonces conservará sus grados y la perfección de aquel orden que procede de ti, y se convertirá como en un incendio de inextinguible amor en beneficio y alivio de los difuntos. ¡Oh caridad, caridad de Dios! ¡Ah! Inflama nuestros corazones, y nuestro ardor sabrá entonces superar al del Purgatorio, para hacer felices eternamente las almas sumergidas en aquellas voracísimas llamas. Amén. 



 

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