sábado, 30 de enero de 2021

SIETE VIERNES A LA DOLOROSA

 


DEVOCION DE LOS SIETE VIERNES EN HONOR DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DOLOROSA

 

Tomado del libro “Breve Notizia dell´abito e corona de´sette dolori col modo di praticare la divozione de´sette venerdi in onore della SSa. Vergine Addolorata”, por el Padre Francesco María Pecoroni, de la Orden de los Servitas, Impreso en Stabilimento Tipográfico del Calso, Strada Mezzocannone no. 75, Nápoles, Italia. Año 1857

 

 

MODO DE PRACTICAR LA DEVOCIÓN DE LOS SIETE VIERNES

EN HONOR DE LA VIRGEN SANTÍSIMA DE LOS DOLORES.

Depende de ti elegir para esta devoción aquel tiempo del año que encuentres más cómodo para hacerla, siempre que reces los Siete viernes de manera continua e ininterrumpida. Pero sería más favorable si éstos se rezaran en el tiempo que precede al Tercer Domingo de Septiembre, en el que se celebra la fiesta principal de la Santísima Virgen de los Dolores, o en los Siete Viernes precedentes al Viernes de Pasión, en el cual la Iglesia celebra la memoria de los Siete Dolores de la Santísima Virgen. No sería suficiente decir lo agradable que le resulta a la Santísima Virgen esta devoción, y cuántos beneficios atrae para nosotros mismos. Leemos en el Libro de las Revelaciones de Santa Brígida, en su capítulo segundo, que encontrándose esta santa en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor en el día de la Purificación de la Virgen María, como ya sabemos, se recuerda no solo la ofrenda que Ella hizo de su hijo Jesús en el templo, sino también su dolor por la profecía de Simeón; Santa Brígida fue raptada en éxtasis y vio un ángel sosteniendo una espada muy afilada en su mano, manchada de sangre, con lo cual significaba el mencionado dolor; y luego observó que los ángeles y espíritus benditos hicieron demostraciones de gozo extraordinario y regocijo particular por la gloria y honor especial compartido con la Virgen ese día, en recompensa del Dolor que ella sufrió, y santa Brígida escuchó decir: “He aquí el honor y la gloria del cielo, porque en esta fiesta se recompensa a la Reina del Cielo el dolor causado por la espada, por haber compartido la Pasión de su Hijo”. A partir de este argumento, podrás apreciar cuán agradable es esta devoción, si se emplea un acto de obsequio y de piedad en estos Siete Viernes, siendo el Viernes el día dedicado a la memoria de sus Dolores. La ventaja y el beneficio que conseguirás con esta devoción será igual al placer que tendrá la Santísima Virgen, porque en el transcurso de estos siete viernes podrás pedirle esa gracia y ese favor más cercano a tu corazón, con cierta confianza, que, si es para el bien de tu alma y de tu salvación eterna, ella te lo conseguirá. Por lo tanto, cuando hayas establecido el tiempo para emprender esta santa y fructífera devoción, deberás prepararte el jueves anterior.

 

I.                   A la Santa Confesión y Comunión para la mañana siguiente.

II.                Leerás atentamente la meditación del viernes siguiente, para que puedas conocer el misterio o dolor sobre el cual deberás al día siguiente meditar en memoria del cual se empleará un acto de piedad.

III.             Si te sientes cómodo, recita la Corona de los Siete Dolores con tu familia, o al menos siete Padrenuestros y siete Avemarías rezando a la Virgen de los Dolores que quiera concederte de su Hijo Jesús compunción y pureza de corazón para que esta santa devoción sea digna y fructífera.

IV.            Visitarás el Altar de la Santísima Virgen de los Dolores en cada uno de los siete viernes, y si aún no estás inscrito en la Cofradía de los Siete Dolores, sería bueno que lo hicieras en la mañana del primer Viernes, después de haber comulgado, tomando su santo hábito para convertirte en sirviente de esa gran Reina, cuyo servicio es reinar, así como para ponerte en el camino de conquistar el tesoro inmenso de las santas indulgencias otorgadas por los Sumos Pontífices a los Hermanos y Hermanas de dicha Cofradía, y en esta primera entrada llegarás a obtener indulgencia plenaria.

 

 

 

CORONA DE LOS SIETE DOLORES DE MARIA SANTISIMA.

Queridos hermanos y hermanas, haremos este ejercicio espiritual meditando devotamente en los siete principales Dolores que la Bienaventurada Virgen María sufrió en la vida y muerte de su querido y amado Hijo y Salvador nuestro.

 

I.                   Con profunda humildad meditaremos el primer Dolor, que fue cuando la Viren presentó a su único Hijo en el Templo en los brazos del viejo Simeón, el cual le dijo: “Esta será una espada que atravesará tu alma”, lo cual no anunciaba otra cosa sino la Pasión de Cristo, nuestro Señor. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

II.                El segundo Dolor de la Virgen María fue cuando le ordenaron huir a Egipto por la persecución de Herodes, que impíamente buscaba matar a su amado Hijo. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

III.             El tercer Dolor de la Virgen María fue cuando en el tiempo de la Pascua, después de haber estado con su esposo José y con su amado hijo Jesús Salvador en Jerusalén, al regresar a su humilde casa lo pierde y por tres días continuos suspiró la pérdida de su único Bien. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

IV.            El cuarto Dolor fue cuando la Santísima Virgen se encontró con su dulcísimo Hijo, que llevaba una pesadísima cruz al Monte Calvario para ser allí crucificado por nuestra salvación. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

V.               El quinto Dolor de la Santísima Virgen María fue cuando vio a su amado Hijo elevado sobre el duro madero de la Cruz, que de cada parte de su cuerpo derramaba sangre. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

VI.            El sexto Dolor de la Virgen María fue cuando siendo bajado su querido y amado Hijo de la Cruz, tan despiadadamente muerto, le fue puesto entre sus santísimos brazos. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

VII.         El séptimo y último Dolor de nuestra Señora la Virgen María y Abogada de nosotros sus siervos y míseros pecadores, fue cuando ella acompañó el Santísimo Cuerpo de su Hijo a la sepultura. Un Padrenuestro y siete Avemarías.

 

Rezaremos ahora tres Ave María en reverencia de las lágrimas derramadas por la Santísima Virgen en sus Dolores, para impetrar por su intercesión un verdadero dolor de nuestros pecados.

 

 

 

PRIMER VIERNES

MEDITACION

“Una espada atravesará tu propia alma”. (Luc. 2, 35)

Considera, cómo se presenta en el templo el Niño Jesús, y es recibido en los brazos del viejo Simeón, éste después de bendecir al Dios Supremo por tal favor, se vuelve hacia María con tono de miedo y le dice: No creerás, oh María, que por ser tu Hijo el Salvador del Mundo, debería ser reconocido por todos y servido. Este niño, que para muchos será salvación y vida, para muchos otros será perdición y ruina. ¡Muchos y muchos en lugar de adorarlo le resultarán ingratos! El propósito  y objetivo de sus persecuciones y de su odio será darle muerte, y muerte cruel e infame, muerte de cruz; y entonces será, que tú, pobre Madre, que también estarás presente y verás todo, sentirás, oh Dios!, el alma atravesada por la espada agudísima del dolor: “Tuam ipsius animam petransibit gladius”. Así Simeón le dijo a María. Ahora, ¿quién podrá concebir, ni siquiera explicar, cómo ante estas funestísimas palabras se contrajo y oprimió el corazón de la Virgen, escuchando el anuncio no sólo de la ruina de su pueblo judío, sino la muerte de su amadísimo Hijo? Ah, estas no fueron palabras, no, sino rayos de dolor atroz: “Proh verba resonantia dolorem” dice aquí San Anselmo. Si  María previó en ese momento la ingratitud y por ende la masacre que haría el pueblo hebreo, el cual sería el autor de la ignominiosa y afrentosa muerte de su Dios, también preveía mi ingratitud, con la que en lugar de corresponder a la Sangre preciosa que Jesús ha derramado para salvarme, he hecho un desperdicio de esto, convirtiéndolo en veneno para darme la muerte eterna. Oh afligidísima y piadosísima Virgen, ya que tan inoportunamente te he causado tan acerbo dolor, haz que con un verdadero arrepentimiento de mis culpas, y con una tierna compasión por tus dolores, yo endulce el ajenjo de tus penas. Dame, querida Madre, dolor de tu dolor, no dejes que olvide que el fruto de esa Pasión a ti anunciada causándote tanta aflicción fue causado por mí.

 

Oh Madre dame amor,

Hazme sentir vivo dolor,

Y llorar con aflicción.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

Oh María, Madre de la misericordia, como siempre tenías fija en tu mente y en tu corazón la muerte de tu hijo, que te fue predicha por Simeón, y por lo tanto siempre sentiste dolor; haz, te suplico, que yo siempre tenga fija en mi mente y en mi corazón esa gran máxima: “Tienes que morir”, recordatorio muy útil para nunca más pecar.

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE PRIMER DOLOR

I.                   Después de cuarenta días de su nacimiento, la Virgen le presentó a Dios en el templo lo más querido y mejor que tenía, es decir, su único Hijo: así que debes consagrar a Dios lo que más aprecias, lo que más te gusta, y cuanto más ames en este mundo, y ante todo, ofrecerle tu corazón y todo tu ser.  

II.                Aunque la Virgen, como inmune a todo pecado, y por haber concebido por obra del Espíritu Santo, no estaba obligada a la purificación: quería, sin embargo, en cumplimiento de la ley, someterse a ella; y esto para no parecer superior, ni más merecedora, ni mejor que las otras mujeres. Así tú aprende a humillarte siempre, aunque Dios te haya privilegiado con la nobleza de nacimiento o con otros dones de la naturaleza y de la gracia.

III.             Debido a su pobreza, la Santísima Virgen no pudo hacer una rica ofrenda en esa presentación de su Hijo, sino solo dos tórtolas. A partir de aquí, aprende que Dios se sentirá feliz con lo poco que le ofrezcas si se lo ofreces con buen corazón.

 

Finalmente, no olvides recitar la Corona de los Siete Dolores en este día y visitar con devoción y recogimiento el altar de la Santísima Virgen de los Dolores

 

 

 



 

SEGUNDO VIERNES

MEDITACIÓN

“Levántate y toma al niño y a su madre; y escapen a Egipto” (Mat. 2, 13)

Considera que gran dolor ocupó el corazón de la Santísima Virgen, cuando por la noche en medio del invierno, sin parientes que la consolaran, sin amigos que la ayudaran, sin guía para dirigirla, desprovista de todo, temblando y afligida le llega este verdadero golpe, y con su afligido esposo José y con su tierno hijo Jesús huye apresuradamente, y envuelta en un largo y desastroso viaje de cuatrocientas millas y más, como está de distancia Judea de Egipto, a donde tuvo que huir por orden del ángel. ¡Oh Dios! De tan solo pensar en esto se me rompe el corazón de dolor en mi pecho. Y cuál tribulación puede considerarse mayor que ésta, nos dice San Juan Crisóstomo en su Homilía del Capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, ¿que un niño apenas nacido, colgando del cuello de su Madre, privado de todo auxilio humano, con su misma madre pobrecita, siendo forzados a huir a Egipto? ¡Pobres errantes desconocidos! ¿Y cómo harán ahora para protegerse del frío, dónde refugiarse por la noche, y dónde encontrarán comida? ¿Cuántos peligros, cuántas aprensiones, cuántos temores habrán asaltado y oprimido el corazón de la más tierna y querida Madre? ¡Ah, inhumanidad, barbarie de Herodes! Pero no: yo, por otro lado, soy más impío, más cruel que Herodes, porque si él te afligió solo una vez, yo a menudo te afligiré con mis faltas continuamente. Solo una vez puso a tu Hijo en fuga, en cambio yo a cada hora, en todo momento, por la furia de mis pecados, lo obligo a irse, lo alejo de mi alma. Herodes lo persiguió, al final no lo conocía por Dios verdadero: mientras que yo lo conozco, lo confieso por Dios verdadero, Creador y Redentor de mi alma, mi estimado amorosísimo Benefactor, y con todo esto no recibes de mí más que continuos insultos. Ah no, ya no quiero ofenderlo más en el porvenir. Concédeme, Dolorosa Reina mía, el perdón de mis pecados pasados, amor hacia tu Hijo y compasión de tu acerbo dolor.

 

Haz que arda mi corazón

En amor a Cristo Dios,

Y ganar su compasión.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

María Santísima, por aquel gran Dolor que sufriste, cuando aceptaste huir a Egipto para salvar de la ira de Herodes la vida de tu querido Jesús, oh concédeme gracia para que, en la angosta y peligrosa vía hacia el cielo, yo quede libre de las tentaciones de todos mis enemigos espirituales.

 

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE SEGUNDO DOLOR.

I.                   La razón por la cual Herodes se movió a perseguir a Jesús, obligándolo a huir causando sufrimiento a la Virgen, fue la ambición y el deseo de dominar, porque temía que Jesús se llevara su corona y el reino. A partir de aquí, debes aprender a odiar el orgullo y la vana grandeza del mundo.

II.                La Santísima Virgen fue informada a través de su esposo San José que tenía que huir por la noche, y de repente sin esperar la mañana, obedeció. Aprende a no demorarte en obedecer todo lo que Dios con sus inspiraciones internas o por otros medios te haga entender su santa voluntad.

III.             La Santísima Virgen dejó todo lo que tenía en su pobre casa, feliz solo de tener con ella al Hijo de Dios. Así aprende que cuando Dios te llama a huir del mundo y del pecado, debes dejar todo lo que pueda retenerte, alegrándote de tener contigo a Dios.

 

 

 



TERCER VIERNES

MEDITACION

“Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con dolor”. (Luc. 2, 48).

Considera qué repentino golpe de dolor recibió el corazón de la Virgen cuando salió del templo, y de Jerusalén, y se dio cuenta que no venía con ella Jesús su único Hijo, su único bien, su único tesoro. ¡Oh Dios!, se dio cuenta que ella y el santo esposo lo habían perdido, estimulados al mismo tiempo por amor y dolor, sin preocuparse por descansar ni por comer, aunque débiles y cansados, se apresuran a buscarlo para intentar hallarlo. No hay hogar, ni posada en el que no entren; no hay plaza ni camino que no recorran; no hay ciudadano ni forastero, amigo o pariente, a quien con lágrimas y suspiros no pregunten. ¡Pero Ay!, nadie sabe dar cuenta, todos se encogen de hombros. Entonces, ¿qué quejas, qué lamentos no habrá exhalado la desconsolada Madre desde su corazón? ¡Y qué funestos pensamientos no habrán martirizado su alma! ¿Quién sabe (habrá dicho) si tal vez mi Jesús está mal cuidado o mal servido por mí, o entre la multitud perdido, o ha regresado al Cielo? ¿Quién sabe si Arquelao, sucesor de Herodes, no habrá continuado con su crueldad y le habrá hecho arrestar y asesinar? Pero ya son tres días y tres noches que le busca, le suspira, le llora, y aun así no aparece. He aquí alma mía, la pena más amarga, que no por una hora si no por tres días afligió el ardiente corazón de María; pero María, no por su culpa, sino por la disposición del cielo, perdió a su Dios, su Hijo Jesús; y tú, que lo perdiste voluntariamente al pecar, y lo mantienes tanto tiempo perdido por tu pecado, ¿no te preocupas por nada? ¿procuras encontrarlo? Oh, afligidísima y desconsoladísima Madre de mi Señor, por aquellas lágrimas incesantes con las que regaste las calles de Jerusalén buscando a tu amado Jesús, suaviza la dureza de mi corazón haciéndome participar de tu dolor, y haz que me derrita en llanto de verdadero arrepentimiento, hasta que yo encuentre, como tú, a mi amabilísimo Dios.

 

Virgen entre todas las vírgenes la mejor,

Escucha mi solicitud con amor:

Déjame compartir tu divino dolor.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

María Santísima, dulce refugio de los pecadores, por los méritos de este tan cruel dolor, haz que Jesús regrese al alma mía, de donde escapó por el pecado original; dame una chispa de tu amor, a fin de que nunca más lo pierda, más lo cuide para siempre.

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE TERCER DOLOR.

I.                   Si la Santísima Virgen estaba tan afligida, luchó tanto para encontrar a su Jesús perdido; qué no deberías tu hacer para encontrarlo con su divina gracia, cuando tantas veces lo has perdido por el pecado.

II.                La Santísima Virgen perdió a Jesús no cuando estuvo errante por Egipto, si no cuando fue a la fiesta de Jerusalén. A partir de aquí aprende que para estar unido con Dios puedes hallar gozo en el retiro y la soledad, y corres el riesgo de perderlo en el tumulto y en la conversación.

III.             Después de tres días, la Santísima Virgen encontró a su Hijo Jesús; así tú, si alguna vez por el pecado lo pierdes, después del triduo místico de contrición, confesión y satisfacción lo encontrarás.

 

 

 

 



 

CUARTO VIERNES

MEDITACION

Jesús cargando su propia cruz, seguido por una multitud, entre ellos muchas mujeres que lloraban y se lamentaban. (Luc. 23, 26-27)

Considera como es dada contra Jesús la fatal sentencia de muerte, y carga la pesadísima cruz, quince pies de largo y ocho de ancho, sobre sus hombros, su espalda delicadísima desgarrada por los latigazos; al encaminarse a la dolorosa procesión al Calvario, advertida por San Juan la Santísima Virgen, se apresura a encontrarse con él y despedirse de él. Pero, ¡oh llegada fatal! ¡oh encuentro doloroso! ¿Y quién podrá imaginarse, ni siquiera expresarlo con palabras, el dolor y el espasmo de esta madre tan amorosa en el primer encuentro con su hijo Jesús? Si, según escribe Gregorio de Nicomedia, incluso antes de verlo, con la triste noticia que le dio Juan su corazón se alejó de ella con inmenso dolor, cómo estará ahora que lo ha visto y lo ve coronado de espinas que se hunden en sus sienes, cubierto de llagas que lo han deformado, atado con cuerdas, manchado de saliva, todo cubierto de sangre. Ah, este es un dolor tan amargo que, traspasando cada límite, otro nombre no merece que el de Espasmo; y por esta razón, en el mismo lugar donde sucedió esta reunión fue construido un templo bajo el título de Santa María del Espasmo, según nos cuenta Cayetano en el opúsculo tomo 2 “Trac. De Spas. B.M.”; aunque en realidad no sufrió espasmos ni desmayos, porque la sostuvo la Gracia divina para soportar con heroica fortaleza los dolores y penas que tuvo que sentir por la pasión y muerte de su divino Hijo. ¡Pero qué visión tan compasiva! ¡Qué espectáculo doloroso! ¡Pobre Madre, pobre Hijo! Les gustaría abrazarse, pero debido a su debilidad no se sostiene casi de pie; les gustaría al menos una última despedida con un beso, pero se detienen en silencio por la vehemencia del dolor; se miran y se vuelven a mirar; ¡pero qué visión tan dolorosa, qué tormento tan despiadado! Cae casi exánime bajo la cruz el Hijo, la Madre se abandona atónita: “El sol y la luna se estremecieron”. ¿Y tú, corazón mío, qué haces? Se ante este espectáculo no te conmueves, debes ser casi de bronce. Entrañas mías, si a esta consideración no se quiebran, entonces son más duras que una roca. ¿Permitiré que mi Jesús desfallezca debajo de la cruz sin moverme a ayudarlo? ¿Puedo ver a mi querida Madre María permanecer oprimida por el dolor, sin siquiera compadecerme? Ah no. Ven Madre mía y rompe, rompe la dureza tan fuerte de mi corazón, y haz que deteste la enormidad de mis culpas, quiero ser parte de los dolores y la cruz de tu Hijo, y con mi compasión quiero aligerar tu inmenso dolor.

 

Tu Hijo tan sufrido,

Por mi culpa ha padecido,

Conmigo sus penas divido.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE.

María Santísima, por el mérito de aquellas amargas lágrimas, con las cuales acompañaste al Calvario a tu Hijo, concédeme la gracia, te suplico, de poder llevar con paciencia aquella cruz, con la cual el Señor se complacerá en visitarme.

 

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE CUARTO DOLOR.

I.                   Observa el sufrimiento de Jesús al cargar la pesadísima Cruz, sin quejarse, aunque tal vez esté débil, cansado y herido, y entonces avergüénzate de tu cobardía e impaciencia al soportar cualquier ligera tribulación.

II.                Por compasión a la Madre, los verdugos al verla tan afligida, cargaron la Cruz de Jesús sobre los hombros de Simón Cireneo, como escribe San Buenaventura. Y tú, al menos para no aumentar con nuevos dolores a María, ¿no dejarás de cargar con nuevos pecados la Cruz de Jesús haciéndola cada vez más pesada?

III.             Entre los muchos que seguían a Jesús, la Santísima Virgen y algunos otros lo siguieron para compadecerse de él, para ayudarlo. Ahora fíjate un poco a qué grupo perteneces, cuando vas detrás de Jesús en las Iglesias, en fiestas, en procesiones y en otros ejercicios de piedad.

 

 

 

 

 

 

 

QUINTO VIERNES

MEDITACION

“Y allí le crucificaron. Estaba de pie junto a la cruz la madre de Jesús” (Juan 19, 25)

Considera, cómo al llegar al Calvario los verdugos se lanzaron como perros rabiosos contra Jesús, enojados se apresuraron a arrancar las ropas pegadas a la carne hecha jirones y empapadas de sangre, renovando todas las heridas que ya le habían hecho durante la flagelación; luego lo sujetaron con ímpetu sobre la Cruz, este por las piernas, aquél por la cabeza, en el peor de los casos todos tiraban por aquí o por allá, para fijarlo en el madero con largos clavos, que para causarle mayor dolor fueron despuntados, con la furia de sesenta y ocho fuertísimos golpes le atravesaron sus pies y manos. He aquí la atroz herida de la carne: he aquí el dolor de los nervios extendidos; he aquí el martirio de los huesos al mismo tiempo dislocados; he aquí el inmenso lago de sangre; he aquí en fin enarbolada a vista de todos la Cruz, y sobre ella clavado desnudo como perdido y malhecho al gran Hijo de Dios. ¡Qué inhumano y funesto espectáculo! ¡Oh Dios! ¿Y qué habría sido de mí si hubiera estado allí? ¿No me habría desmayado por la pena y la compasión? “Yo por mí mismo, muero por el gran dolor de solo pensarlo”, nos dice San Buenaventura: “Deficio, morior”. Entonces, ¿qué habrá sido de ti, que estuviste presente, que sentiste todo, que miraste de cerca todo, Madre amantísima, tiernísima Madre María? ¿Quién podrá comprender la amargura de tu excesivo dolor? Si no tengo mente para comprenderlo, por lo menos tengo un corazón en el pecho para compadecerlo, y  lágrimas en los ojos para sobrellevarlo. Sí, mi Reina Dolorosa, si por el amor que tuviste a tu Hijo copiaste en ti sus sufrimientos, quiero que por tu amor el recuerdo de tu Dolor quede grabado en mi corazón. Si Tú al pie de la Cruz viendo fallecer a tu querido Jesús tanto lloraste que, según nos escribe San Jerónimo, no teniendo más lágrimas empezaron a salir de tus ojos gotas de pura sangre, deseo llorar contigo para aplacar las ofensas que he cometido contra Jesús, y para consolar tu corazón atravesado de dolor.

 

Junto a la Cruz tú estás,

Contigo Madre quiero estar

Para tu luto consolar.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

¡Santísima y afligidísima Virgen! Por aquel excesivo dolor que sufriste cuando viste a tu amantísimo Unigénito morir en la cruz con tanto sufrimiento, y deshonra, y sin ninguna comodidad que se les conceden a algunos delincuentes; Te ruego que me implores de tu Hijo Crucificado que en su Cruz sean crucificadas todas mis pasiones, y que confortado por él y por tu dulce presencia, termine mi vida con una buena y santa muerte.

 

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE QUINTO DOLOR

I.                   La Madre de Dios permaneció constante hasta el final al pie de la Cruz, porque amaba a Jesús con el amor de la madre, ¡y qué madre! Así tú estarás constante al pie de la Cruz, compadeciéndote de la Santísima Virgen en sus afanes hasta el final de tu vida, si realmente la amas con el amor de un hijo.

II.                La Santísima Virgen no estaba feliz de estar sola al pie de la Cruz, pero María Cleofe, María Magdalena y Juan le trajeron allí: así tu serás un verdadero imitador de María, si tratas de llevar a otros a la devoción y la compasión hacia Jesús Crucificado, y la Santísima Virgen de los Dolores.

III.             Al entregar Jesús a Juan como hijo a su Santísima Madre, también nos entregó a Ella a todos nosotros miserables pecadores. Por lo tanto, aprende a reconocer y respetar como tu amantísima Madre a la Virgen al pie de la Cruz, y sobre todo a no multiplicar sus dolores al ofender a su Divino Hijo.

 

 

 

 

 

SEXTO VIERNES

MEDITACION

“Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia. Y había muchas mujeres allí, ministrando a él”. (Mat. 27, 59).

Considera, cuán vehemente y áspero debió ser el dolor de María, cuando bajado Jesús de la Cruz, así lacerado, herido, ensangrentado y muerto fue puesto por José y Nicodemo en sus brazos. Fue un milagro, le dijo un ángel a Santa Brígida (Lib. 2, Revel.), que ahí ella no muriese de tanto dolor. Apenas recibe en sus brazos el querido cuerpo, lo aprieta con fuerza contra su pecho, coloca su rostro entre las espinas, cuenta una por una las profundas  heridas, unió su cara a la de su Hijo, se tiñó las manos con su sangre y lo besó, y tantas veces lo besa, lo besa con tantas lágrimas, que al multiplicar los besos, al inundarlo de lágrimas, al crecer juntos el amor y el dolor, vencida por la vehemencia de esto y abrumada por la inmensidad de aquello, vacila y casi se desmaya; dice San Bernardo: “Cum de Cruce Corpus eius fuisset depositum, prae doloris vehementia, et amoris inmensitate quasi exanimis facta est”. (Tract. De Lament. Virg.). ¿Qué compasión no debió conmover el corazón de Juan y de las dos Marías dolientes con tan lloroso y triste espectáculo de una Madre casi fallecida, con un Hijo muerto en sus brazos? Lloraban éstos, dice el ya citado San Bernardo, tan amargamente que sus lenguas enmudecieron y no podían por el gran dolor emitir palabra para consolarla. “Omnes Virgines compatientes dolorem, sic amarissime flebant, ut nullae carum possent ad plenum verba formare”. Y yo qué haré? Inmóvil como una roca no daré ni siquiera una señal de compasión? Si no lloro por este dolor, quizás el más amargo de todos, entonces cuándo lloraré? Oh Virgen atormentadísima y afligidísima! Si tu Hijo mostró en ti su omnipotencia al no dejarte morir, muestra tú en mí tu ternura al hacerme llorar. Sí, llorar quiero, pero que el objeto de mis lágrimas sea siempre tus terribles Dolores, y mis graves pecados, que han sido los causantes de tus sufrimientos.

 

Concédeme Madre ir contigo

A llorar ante el Crucifijo,

Mientras aún yo esté vivo.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

Santísima y afligidísima Virgen, por este inconsolable Dolor tuyo, concédeme, te lo ruego, este consuelo, que en el último día de mi vida yo sea digno de recibir a Jesús Sacramentado en mi corazón, a fin de obtener la perfecta posesión del Cielo.

 

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE SEXTO DOLOR

I.                   José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero le seguía ocultamente mientras predicaba y obraba milagros; tan pronto como lo vio muerto y abandonado por todos, se declaró abiertamente su seguidor y fue a pedirle a Pilatos que le permitiera enterrarlo. Reflexiona, entonces, que cuando se trata de darse a conocer como seguidor de Cristo haciendo obras de piedad, no debes tener en cuenta los respetos humanos; pero debes mostrarte más animado por servir a Dios cuando los obstáculos que se oponen a ti son mayores.

II.                ¿Qué consuelo habría sentido el lacerado Cuerpo de Jesús, si hubiera podido hacerlo, cuando bajado de la Cruz fue puesto en los brazos de la Santísima Virgen? Ahora, ¿qué consuelo habría sido el Suyo cuando lo recibiste en tu pecho? Ah contigo tal vez habría caído en una cruz más dura que aquella de la cual lo descendieron.

III.             Jesús así muerto quiso ser colocado en el pecho y los brazos de su Santísima Madre para hacerte entender que si quieres disfrutas de las gracias que con su muerte ha conseguido para ti, debes recurrir a la Santísima Virgen de los Dolores, que lo lleva entre sus brazos y en su seno.

 

 

 

 

 

 

SEPTIMO VIERNES

MEDITACION

“Lo envolvió en la Sábana y lo colocó en una tumba que había sido tallada en la roca”. (Marc. 15, 46). “Le seguía una gran multitud, incluidas muchas mujeres que lloraban desconsoladas y se lamentaban por Él” (Luc. 23, 27)

Considera el dolor que sintió el corazón de la Santísima Virgen, cuando llegó el momento de enterrar a su querido y extinto Jesús, se encamina a la lúgubre procesión desde que vió que lo quitaron de sus brazos. ¡Qué abrazos, qué besos, qué lagrimas no debió ella repetir en ese momento! “Flebat irremediabilibus lacrymis”; lloraba, dice San Buenaventura en “Meditationibus Vitae Christi”, cap. 82; lloraba la afligida Madre con lágrimas irremediables, las cuales continuó derramando por todo el camino, y más tarde cuando llegó junto al sepulcro cayó sobre aquella piedra donde Jesús fue sepultado, y hasta hoy en día allí se ve, según lo escribe San Bernardo, todavía imprimidas las marcas de sus lágrimas: “eius lacrymae apparere dicuntur in monumento, indicativae doloris intimi”. Madre afligidísima, desconsoladísima Madre! Si tanto te afligiste, y tanto te dolió que te arrancaran de tus brazos a tu querido hijo Jesús, aunque sabías que estaba muerto, pero su presencia te daba consuelo; ¿cómo habrá quedado tu corazón cuando viste cerrar el sepulcro con una gran piedra, donde fue quitado también de tu vista? Ah, no existe palabra que pueda describirlo, como tú misma le revelaste a Santa Brígida (lib. Revel. Cap. 21) “Qualem tristitiam tunc temporis habui, non est que valeat dicere”. Pero si no existen palabras suficientes que puedan expresarlo, puedo y quiero, sin embargo, con ternura llorarlo. Por lo tanto, oh Virgen dolorosísima, conmueve mi dolor junto con el tuyo, despierta mis lágrimas, y hazme sentir dolor por mis pecados, únicos causantes de tus pesares, para que cuando este frágil barro de mi cuerpo se acerque al sepulcro, el alma purificada por tus lágrimas y mi llanto, vuele inmortal para disfrutar contigo la gloria del Santo Paraíso.

 

Cuando mi cuerpo muera en calma,

Por favor concédele a mi alma

Del Paraíso alcanzar la palma.

 

GRACIA QUE DEBE PEDIRSE

Virgen Santísima, por aquél amargo Dolor, que probaste al verte solitaria, viuda y privada de tu querido y adorado Jesús, encerrado en el Sepulcro; obtenme, te lo ruego, el perdón de mis culpas en la vida, y concédeme tu asistencia en la muerte, para que ni en esta vida ni en la muerte nunca más me falte la gracia de nuestro querido Jesús.

 

 

FRUTO A RECOGERSE EN ESTE SEPTIMO DOLOR

I.                   Cuando Jesús fue acompañado por su Santísima Madre al entierro, solo quería ser enterrado en un sepulcro nuevo que no apestara por otros cadáveres. Aprende cuán limpio debe estar tu corazón si deseas recibir dignamente a Jesús Sacramentado y vivo.

II.                Con tantos dolores que la Santísima Virgen continuó sufriendo incluso después del entierro de su único Hijo, no tuvo otro consuelo que la esperanza de verlo pronto resucitado. Ahora tú debes actuar de un modo que María tenga un consuelo semejante para ti, y que al verte verdaderamente resucitado del pecado sea un verdadero alivio para sus graves dolores.

III.             Escribe San Ambroso, que fue tan vehemente y amargo el dolor que sintió la Santísima Virgen al verse a sí misma sin su Hijo, que para mitigar tal aspereza El aceleró su resurrección; “materno compatiens dolori, festinavit resurgere Christus”. Por lo tanto, si tú quieres demostrar ser hijo de María, debes hacer cuanto puedas por compadecerla y consolara.


Colaboración de Carlos Villaman


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