martes, 16 de febrero de 2021

OCTAVARIO AL DULCE NIÑO JESÚS DE BELÉN EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 


OCTAVARIO AL DULCE NIÑO JESÚS DE BELÉN EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

Compuesto por D. Félix Sardá y Salvany

Con Licencia Eclesiástica

Barcelona, 1890

 

Por la señal, etc.

 

ORACIÓN PREPARATORIA

Os adoro, dulcísimo Jesús de mi vida, en este tabernáculo donde estáis vivo y palpitante de amor por mí, como estuvisteis un día en el portal de Belén; viendo mi corazón como visteis el de aquellos pobres pastores que os adoraron; rodeado de espíritus celestiales que os cantan y glorifican como os cantaron y glorificaban en aquella felicísima noche. Os amo entrañablemente, os pido perdón de todas mis culpas, licencia para acercarme un rato a vuestro pesebre, y gracia para hacer provechosamente en vuestra presencia esta meditación.

Aquí se leerán pausadamente los dos puntos de meditación señalados para cada día, y después de ellos la siguiente:

 

 

DÍA PRIMERO

Amor de Jesús

Voz de Jesús. – Aquí me tienes, alma cristiana, amiga mía, esposa mía; aquí me tienes en frio y desabrigado pesebre. Por tí bajé del cielo a la tierra; de mi trono de gloria a un establo de viles animales; del seno de mi Padre celestial al pobre regazo de una doncella. Todo es obra del amor. Hízome niño el amor; hízome pobre, y púsome, como ves, en tan humilde cuna y bajo un tan ruinoso portal. Todo es obra del amor. Y este amor es amor que te tuve á tí, á tí, alma mía, para ganarte con él el corazón, para con él salvarte, obligándote en cierta manera a que fueses mía, únicamente mía y de ninguno más. Ama, ama, oh alma cristiana, a este Niño pequeñuelo que es tu Dios y que un día ha de ser tu Juez. Ni deseo tus riquezas, ni quiero tu casa, ni te

Medítese unos minutos.

 

Voz del alma. – No, Jesús mío; no, divino Esposo; no os dejaré yo, por más que os vea en tanto abatimiento y pobreza. Antes este estado en que os miro me enamora más dé Vos y me obliga más y más a ser vuestra, pues miro a qué precio tan subido queréis comprar mi amor. ¿Qué piensas, corazón mío? ¿Dónde buscas el consuelo y la felicidad? ¿Qué te dará el mundo que no sea tristeza y desengaño? ¡Vuestra soy, amigo mío, esposo mío, mi amor y todo mi bien! Decid, decidme en estos ocho días el modo de seros agradable y de cumplir en toda vuestra santa voluntad. ¿Qué queréis de mí, Niño preciosísimo? ¿Qué le queréis a esa pobrecita alma que vino con esos pastores a adoraros? Señor, ¿qué queréis que haga? Estos ocho días serán para mí ocho lecciones que Vos me daréis desde este pesebre que es vuestro trono. Yo seré vuestra discípula, y Vos mi estimado maestro. Hablad, hablad a mi corazón, divino Niño, que mi corazón os escucha.

 

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Gracias os doy, divino Infante Jesús, por haberme sufrido en vuestra presencia durante este breve rato. Nunca olvidaré las tiernas lecciones que me habéis dado, y los buenos propósitos que os he ofrecido. Concededme en cambio los favores que aquí al pie de vuestra humilde cuna os pido para mí, para la santa Iglesia y para mis hermanos. Proteged a nuestro excelso Pontífice N. N. Defended a vuestro clero; dad vuestras luces a los gobernantes; paz, religiosidad y sanas costumbres a las naciones católicas; moralidad y arraigadas creencias a las familias, consuelo y resignación a los pobres, caridad y entrañas de misericordia a los ricos, y a toda vuestra fe, vuestra gracia, y después de esta vida vuestra gloria, con Vos, con María y con José, por toda la eternidad. Amén.

Aquí se rezarán seis Padre nuestros, Ave Marías y Gloria Patri en obsequio al Niño Jesús en el santísimo Sacramento del altar. Y después de ellos el siguiente:

 

ACTO DE CONSAGRACIÓN DE NUESTROS CORAZONES AL NIÑO JESÚS

Dulcísimo Niño Jesús, esposo de nuestras almas, que por redimirlas y salvarlas a todas habéis querido bajar en carne mortal a este humilde pesebre; dulcísimo Niño Jesús, que aceptasteis en Belén las sencillas adoraciones de los pastores, y recibisteis con agrado y buena voluntad sus pobres obsequios; hoy en este día de vuestro octavario venimos a Vos para aseguraros más y más nuestro constante amor y el fino recuerdo que guardaremos de vuestras dulces enseñanzas. Aquí os presentamos por humilde ofrenda nuestro corazón; aquí lo depositamos al lado del vuestro en estas frías pajas. A Vos lo encomendamos para que lo transforméis, lo encendáis, lo purifiquéis y lo hagáis dócil, blando, amoroso y en todo rendido a vuestras santas inspiraciones. Aquí os prometemos de veras no entregarlo ya más al mundo y a sus vanos afectos, que tantas veces le hicieron culpable y desgraciado. Aquí os lo dejamos, en una palabra, como prenda que ya no es nuestra, sino de Vos, y de tan solemne entrega serán perpetuamente testigos esta hermosa Doncella que es Madre vuestra y también Madre nuestra, y el venerable patriarca san José, a quien profesaremos siempre particular devoción. Amén.

 

 

DÍA SEGUNDO

Pobreza de Jesús

Voz de Jesús. – Lo primero que deseo observes en Mí, oh alma cristiana, es mi extremada pobreza. Mírame bien y mira los objetos que me rodean. Mi buena Madre me cubrió con pobrecitos pañales; su esposo san José no encontró para alojarnos otra habitación que esta infeliz covacha. Mírala abierta a todo viento, al hielo del invierno, al rayo melancólico de la luna, a todos los peligros y tristezas de la noche y de la soledad. Dos animales me hacen compañía, el heno en que yacen es mi lecho, y en él tiemblo y lloro de frío en el rigor de la más cruda estación. Y soy Dios, alma mía; soy Dios de cielos y tierra; y todo lo he criado con mi querer; y a todos he dado con amorosa providencia casa, luz, vestido y alimentos; y todo lo he cubierto para el hombre de magnificencia y de comodidades. Todo para el hombre, y nada para Mí. ¿Para qué todo eso? Para enseñarte, esposa mía, esta virtud tan despreciada y aborrecida, la pobreza de espíritu. Ea, pues: si eres rica, no entregues a las riquezas tu corazón; si pobre, no te quejes por tu pobreza. Tu Dios ha querido ser, no rico, sino pobre, para honrar esta virtud y hacerla simpática a tus ojos. Esta aborrecida pobreza salvaría quizá tu alma; la riqueza tan estimada o tan deseada la perdería quizá eternamente. ¿Piensas así, alma cristiana? ¿No te confunde y llena de vergüenza ver a Dios pobre, a su Madre pobre, su casa pobre, su compañía pobre? Reflexiónalo bien

 

Voz del alma. – Ya lo veo, mi hermosísimo Jesús, y tal espectáculo me llena de vergüenza y confusión. No conocía yo el precio de esta gran virtud, hasta que Vos prácticamente me la enseñasteis. Sólo veía yo el ejemplo del mundo, enemigo vuestro y de vuestra doctrina. ¡Cuánto distan de los suyos vuestros consejos! Pudisteis escoger ricos palacios, y escogisteis humilde casucha de animales; podíais haber hecho Reina poderosa a vuestra Madre, y sólo la habéis querido pobrecita Forastera; podíais tener en torno de vuestra cuna príncipes y emperadores, y os veo acompañado de pobres pastorcillos. Os habéis querido rodear completamente del sublime espectáculo de la pobreza, y viviréis en pobreza, y pobre moriréis, y desnudo y miserable en una cruz. ¡Y ambiciono y o los vanos esplendores del mundo, y por la riqueza olvido tal vez a mi prójimo, olvido a mi alma, olvido a mi Dios! Volvedme, divino Jesús, indiferente para con los viles intereses de la tierra: hacedme fiel y constante amiga de esta hermosa virtud que habéis traído Vos del cielo a la tierra para que la conociese el mundo, que antes no la conocía. Propóngome seguir vuestros pasos. Aunque me hayáis dado bienes temporales, vivirá mi espíritu desasido de ellos, considerándolos como obstáculo para mi salvación si no hago de ellos el uso que vuestra ley me ordena. ¿Qué dices a eso, alma cristiana? ¿Qué le respondes al buen Jesús? Escúchale bien.

 

 

DÍA TERCERO

Paciencia de Jesús

Voz de Jesús. – No solamente me ves pobre, oh alma cristiana, sino que me ves resignado en mi pobreza, enseñándote con eso otra virtud no menos importante, y es la de la paciencia. Pocos días cuento de vida, y todos me han sido de sufrimiento. He sufrido de parte de los hombres desprecio, olvido y persecución; de parte de los elementos frío, aires, humedad, desnudez, miseria, incomodidades. He sufrido por Mí y por mi Madre, por sus fatigas y dolores, y sufro ya por todos los que le aguardan en el decurso de mi vida. Y a todo eso me resigno y á mucho más, hasta a la muerte vil que sufriré en una cruz. Y todo, oh alma, para darte ejemplo de esta virtud que tú tan frecuentemente olvidas: la paciencia. Oye, pues, con atención lo que te digo hoy desde este pesebre de penas. Si quieres ser mi discípula tendrás como Yo desprecio, olvido, persecución y tribulaciones. ¡No te acobardes, alma cristiana! Sufre sin desmayar esta corona de espinas que un día será tu corona de rosas. Clávate a tí misma en esta cruz, que será un día tu trono de gloria. Nunca de mis labios salió una queja. No te quejes, pues, ni de tu Dios, ni de tu prójimo, si no quieres perder todo el mérito de tus sufrimientos. ¡Valor, alma atribulada, valor! La vida es breve, la eternidad sin fin. La pena se acaba en un punto, la gloria no ha de acabarse jamás. Esto te dice hoy tu Esposo desde su pesebre. ¿Obrarás según tales instrucciones? Pídeselo con fervor.

 

Voz del alma. - ¡Divino Jesús, esposo mío, nacido apenas y ya atribulado, y no obstante siempre paciente! ¿Tendría yo valor para quejarme de mis penas viendo en este pesebre las vuestras? ¿Podría yo rebelarme contra la cruz, mirándoos a Vos ya desde tan tierna edad cargado con ella? ¡Bien mío! ¡Amor de mi vida! ¡Quiero que desde hoy partáis conmigo vuestros sufrimientos; ¡compañeros seremos en la tribulación, para serlo después en la dicha! Niño coronado de espinas, dadme valor y perseverancia para andar sin desaliento esta triste jornada de la vida que Vos también anduvisteis. Con el escudo de la paciencia y resignación ya nada me arredra. Si me desprecian los hombres, recordaré que también Vos fuisteis despreciado: si me persiguen los malvados, pensaré que también Vos fuisteis perseguido. En la pobreza, en la enfermedad, en los disgustos domésticos, en las aflicciones interiores, tendré presente que sois Vos quien lo permitís para vuestros fines siempre amorosos, y que esta copa de amargura Vos primero que yo la saboreasteis. Nunca más quejas, nunca más rebeldías. Diré, al contrario, como aquella Santa vuestra devota: «O sufrir, o morir» o como aquella otra todavía más decidida: «No morir, sino sufrir.» ¡Dios mío! ¡Esposo mío! Esta alma pecadora desea tan sólo con formarse a vuestra santa voluntad. Haced de mí lo que queráis, crucificad con Vos mi corazón; aquí en este pesebre lo dejo a discreción vuestra.

 

 

DÍA CUARTO

Humildad de Jesús

Voz de Jesús. – La humildad, oh alma cristiana, es hermana de la paciencia. Es muchas veces el orgullo quien no nos deja soportar las penalidades de la presente vida y quien nos induce a rebelarnos contra las disposiciones de Dios. Mira mi humildad en este pesebre, y quedará confundida tu soberbia y vanidad. Soy Dios, y era y a mucho humillarme hasta hacerme hombre; pero es todavía más hacerme niño, y niño pobre, y niño casi desechado de todos y obligado a refugiarse en un establo de bestias. Humildes son mis vestidos, humilde mi compañía, todo en este lugar respira humildad y desprecio de Mi mismo. La gloria que cantan los Ángeles es más bien para mi Padre que para Mí. ¡Gloria, dicen, a Dios en los cielos! Abatimiento, desprecios y humillación para su Hijo en la tierra, podrían añadir. Esta es la realidad. Y tú, alma cristiana, esposa mía, no cabes en ti propia de orgullo y de vanidad; orgullo en tus pensamientos, orgullo en tus palabras, orgullo en tus vestidos, orgullo hasta en las obras que dices hacer únicamente por Mí. Tienes a menos no poder ser en toda la primera, cuando Y o por tí quise ser el postrero de todos. Quieres brillar, ser aplaudida, que se hable de tí y de tus cosas, que te alaben y ponderen tus perfecciones. Y esta gloria que buscas para tí, no reparas que la robas a tu Dios, para quien debe ser toda gloria. Despreciado tu Dios, ¿y tú aplaudida? Humillado tu Dios, ¿y tú ensalzada? El postrero tu Dios, ¿y tú la primera? Avergüénzate, oh alma cristiana, y aprende aquí la humildad que te falta. Mírame bien y sigue mis pasos.

 

Voz del alma. - ¡Cuán preciosas lecciones me dais Vos divino Niño, para confundir mi orgullo y loca arrogancia! ¡Cuán diferente es lo que Vos me decís de lo que me anda diciendo a todas horas el mundo vuestro enemigo! Pintábame él la humildad como bajeza, y la soberbia como dignidad. Decíame él que nunca cediese de mi parecer, que jamás callase por otra persona, que no disimulase injuria alguna, que a nadie quisiese en modo alguno parecer inferior, y yo, miserable, creía estas palabras engañadoras sólo porque halagaban mi altivez natural, y horrorizábame cualquier acto que trajese consigo humillación o menosprecio. ¡Ay mi Dios humillado! ¡Cuánto y cuánto de Vos me apartaba! Vos en desprecio, ¿y yo en gloria? Vos en abatimiento, ¿y yo en elevación? ¡Ah! no, no; quiero seguir la huella de vuestros pies, y participar de vuestras ignominias. No buscaré y a más alabanzas que os ofenden, ni desearé ya más aplausos que os contristan. Para Vos solo será la gloria de todas mis acciones, pues sólo Vos merecéis ser honrado y glorificado. Glorificadme en los cielos, y de esto solo me doy por contenta. Y para alcanzar esto humilladme en la tierra como queráis, sujetadme a todos en esta vida, con tal que en la otra me tengáis eternamente a vuestro lado.

 

 

DÍA QUINTO

Obediencia de Jesús

Voz de Jesús. - ¿Sabes, oh alma cristiana, esposa mía, sabes quién me ha puesto en la situación en que me contemplas? Una sola virtud: la obediencia. Por obedecer a mi Padre celestial me encarné en las entrañas virginales de María; por obedecer a un emperador gentil abandoné mi casa de Nazaret y me vine en sus entrañas a Belén. Y colocado ahora en el mundo, desde mi primer sollozo hasta mi último suspiro toda mi vida será vida de obediencia. Obedeceré a María, obedeceré a José, obedeceré a mis jueces, obedeceré a mis verdugos, y hasta por obediencia me tenderé en una cruz. Para enseñarte que la vida cristiana es vida de obediencia. ¡Dichosos, oh alma cristiana, esposa mía, los obedientes! Tendrán seguridad en la vida, tranquilidad en la muerte, sentencia favorable en el tremendo juicio. ¿Obedeces siempre, oh alma cristiana? ¿O resistes tal vez muy a menudo a la voluntad de Dios, que es la de tu superior? ¡Ay de tí! Mejor es la obediencia que los sacrificios, y la obra buena hecha por obediencia gana cien mil veces en valor. ¿Tienes padres? ¿Tienes superiores? ¿Tienes director? Su palabra sea para ti la de tu Dios. Séasles en todo sumisa y obediente; escucha sus preceptos con alegría, y cúmplelos con prontitud. ¿No es verdad que has hecho quizá todo lo contrario? Examínalo bien.

 

Voz del alma. – Jesús mío, modelo de sumisión y de obediencia, ¡cuán diferente soy de Vos en lo que pertenece a esta virtud! Mi voluntad me domina completamente, y es ella la única regla de mis acciones. ¡Infeliz de mí! ¿Cómo me atrevo a llamarme esposa vuestra? Mi rebeldía no reconoce jefes ni superiores; si la necesidad me obliga a obedecerles, mi rostro manifiesta el disgusto y la repugnancia de mi voluntad. Dadme fuerzas, divino Niño, para que me sujete dócilmente a aquellos que Vos habéis puesto para dirigirme. Como un pobre ciego se deja conducir por la mano de un chiquillo, así me dejaré yo conducir por la de vuestros ministros, sin vacilación, sin desconfianza. En mis amos y superiores veré vuestra imagen; en su voz, vuestra voz; en sus disposiciones, las miras secretas de vuestra providencia. Nunca más voluntad propia; hágase siempre vuestra santa voluntad. Os lo prometo, dulcísimo Niño; dadme Vos aliento para cumpliros esta mi promesa.

 

 

DÍA SEXTO

Retiro de Jesús

Voz de Jesús. – Otra virtud quiero que contemples en mí, oh alma cristiana, virtud sin la cual las demás se disipan y desvanecen en un momento. Es la del retiro. Para nacer escogí, no el recinto populoso de las grandes ciudades, sino la quietud de una cueva extramuros de Belén; no las Cortes de los reyes de la tierra, sino esta solitaria manida de animales. He huido del mundo y he buscado la soledad, porque la soledad es lo que principalmente ama mi corazón. Y toda mi vida será retirada y solitaria: sólo los tres años postreros de ella saldré al público para predicar mi divina ley. Todo lo restante de mi vida será oscuro, recogido y solitario. ¡Qué lecciones para tí, alma cristiana! Vive también recogida y solitaria, y aunque por tu condición o estado mores en m e dio del mundo, pon entre él y tus sentidos el muro de la santa modestia. Constrúyete en el fondo del corazón un retiro donde hablar puedas sosegadamente con tu Esposo que ama la soledad. Allí oirás mi voz y disfrutarás de mi trato y conversación sin distracción ni estorbo. ¿A más el bullicio? ¿Buscas las diversiones? ¿Te agrada perder el tiempo en conversaciones vanas y ociosas? Mira que con esto apartas de tu corazón a tu buen Esposo, que es únicamente amigo de las almas recogidas. Apréndelo de Mí, oh alma devota, y reflexiónalo maduramente.

 

Voz del alma. - ¡Ah! sí, Esposo mío, Jesús mío y Redentor mío. No os encontraba yo muchas veces, porque no os buscaba donde estabais, porque no os buscaba en la soledad. Seducíame el mundo con el ruido de sus placeres, y yo, olvidándome de Vos, mil veces os dejé solo en este Sagrario, donde me aguardabais sacramentado. ¡Qué ingratitud la mía, divino Niño! ¡No, no más disipación, no más culpables desahogos! Como Vos seré amante del recogimiento y de las dulzuras del retiro. A menudo vendré a visitaros en alguna de aquellas horas silenciosas en que permanecéis como abandonado en la soledad de nuestros templos. Y cuando eso no pueda, en mi corazón tendréis un sagrario para todos cerrado y sólo para Vos abierto, donde Vos podáis hablarme y pueda y o daros a la vez agradable conversación. ¡Locuras del mundo, de vosotras me despido ya para siempre! ¡Compañías peligrosas, para siempre os abandono! Mis sentidos quiero cerrar a toda vanidad; únicamente por Vos, Dios mío, mirarán mis ojos; por Vos hablará mi lengua; á Vos sólo prestaré atento oído. Esta cueva solitaria de Belén con que Vos me convidáis, quiero sea mi delicioso retiro toda la vida; dejadme, Niño hermoso, un rinconcito de ella; quede yo con Vos, y renuncio gustosamente a toda otra compañía.

 

 

DÍA SÉPTIMO

Vida de oración de Jesús

Voz de Jesús. - ¿Qué hago yo, alma cristiana, esposa mía, en esta soledad de Belén? Hago ya lo que he de hacer toda la vida y lo que haré después en el cielo: orar. Oraba ya en las entrañas virginales de mi Madre; oro en este pesebre; oraré en el templo; oraré en el desierto; oraré en Getsemaní; oraré clavado en la cruz. Mi vida es, y será toda, vida de oración. Oraré por los pecadores, por los justos, por los judíos, por los gentiles, por la gloria de mi Padre, por tu salvación. Ahora mismo, en este instante, estoy pensando en tí y orando por tí. Quiero por lo mismo que tus oraciones se junten a mis oraciones. ¡Mira en el mundo cuántas necesidades! ¡Cuántos infelices sin fe ni temor de Dios! ¡Cuántos corazones sin gracia! ¡Cuántas almas atribuladas sin consuelo! Pues bien. La oración puede alcanzarles todos estos beneficios; porque yo gusto de otorgarlos, pero quiero me sean pedidos. Ora, pues, constantemente, esposa mía, y aplica tus oraciones a la llaga de mi Corazón amantísimo, para que adquieran así más subido valor, y obtengan más favorable despacho. ¿No es verdad que olvidas alguna vez esta obligación? Ponía, pues, en práctica desde hoy, y comienza a rogar fervorosamente.

 

Voz del alma. - ¡Ah! ¡sí, divino Jesús mío! No correspondo yo como debiera a esta obligación de orar que Vos me habéis encomendado. Veo en el mundo un sinnúmero de necesidades espantosas, y ni mi corazón ni mis labios se mueven a orar por ellas. ¡Olvidada de mí! ¿Acaso no me habéis exhortado Vos a pedir, y a pedir confiadamente? ¡Tal vez para salvar o para consolar a un alma aguardabais Vos á que, yo os lo pidiese, y yo por mi descuido e indiferencia no he hecho brotar de vuestras manos el raudal de misericordias que deseabais derramar sobre mis hermanos! Sí, Jesús mío; como Vos oraré siempre y en todo lugar, por la Iglesia santa, por el Papa, por los fieles, por los infieles, por las almas que esperan en Vos y por las que os aborrecen. Sé, que en mi poder tengo la llave de vuestros más ricos tesoros, de ella me valdré para abrirlos a todo el mundo. Esta es la santa oración. Admitidla, Dios mío; juntadla con las oraciones de vuestro Corazón dulcísimo, ya que las mías por sí solas no merecerían subir hasta vuestra presencia. Acompañadlas Vos, divino Niño, y no serán desechadas. Presentadlas Vos como cosa propia, y serán bien recibidas. ¿No es verdad que sí, amorosísimo Niño? Tal es mi confianza.

 

 

DÍA OCTAVO

Espíritu de sacrificio de Jesús

Voz de Jesús. – Todavía más que vida de oración, debe ser la vida del cristiano vida de sacrificio. Víctima soy, oh alma cristiana, y desde el primer punto de mi animación no ceso de inmolarme a mi eterno Padre en honor suyo y por la salud de los mortales. Para eso tomé cuerpo humano capaz de angustia y padecimiento, y este pesebre es como el altar en que se comienza el doloroso sacrificio de mi cuerpo que no ha de terminar sino en la cruz, y que aún en la cruz no terminará más que en su forma dolorosa, pues en su aplicación gloriosa perseverará durante toda la eternidad. Esto significa la sangre derramada en mi Circuncisión, esto significa el nombre de Jesús que como sello de mi misión he recibida en ella. ¡Oh alma mía! ¡Cuán agradable es a Dios una vida consagrada toda entera al sacrificio! ¡Cuán precioso es el mérito del que viendo a todas horas ultrajada la Majestad divina se esfuerza en ofrecerle como expiación y desagravio sus privaciones y sufrimientos! ¡Cuán oloroso es el perfume de este incienso que se quema y derrite en la presencia del Señor en las brasas del celo por su divina honra! ¡Ah! ¡si amases, alma mía! Corta te parecería esta vida, vil este cuerpo, nada tu salud y tus fuerzas, tu nombre y tu gloria, para ofrecérmelo todo en holocausto por mi amor. Esta, esta es la aspiración de las almas perfectas, el don de sí mismas, la inmolación propia, la destrucción hasta de su ser, si necesaria fuese, para acreditar su amor. Como el cirio que en mi presencia arde, y ardiendo se consume, así has de desear que se gaste toda en la gloria de Dios y en el provecho de tus hermanos esta vida que te he dado, ofreciéndomela toda cada día, gastándola toda, consumiéndola toda en mi servicio con la más ardiente abnegación. Mi cuerpo, mi alma, mis sentidos y potencias, mis afectos y mi voluntad, los tuve empleados desde mi primer instante en glorificar a mi Padre y en salvarte a ti. Decíale á todas horas: Señor, no os agradaron las víctimas y holocaustos antiguos; ahí me tenéis a mí, dispuesto a hacer vuestra santa voluntad. Aquí tienes, alma mía, la fórmula de tu sacrificio, aquí tu modelo verdadero. Empiece desde hoy, desde este mismo instante, tu perfecta inmolación.

 

Voz del alma. - ¡Oh divino Jesús, víctima inocente, por la honra de Dios y por mi amor sacrificada! Sobre este pesebre os contemplo como sobre el altar en que por ambos empezáis a ser inmolado. Apenas nacéis corre y a vuestra sangre en una ceremonia dolorosa, y á par de ella corren ya lágrimas por vuestras mejillas en expiación de mis iniquidades. ¡Y o hice el agravio, y Vos pagáis por mí tan costosa reparación! ¡Y o fui la pecadora, y Vos os hacéis el fiador de mis deudas! ¡Y o merecí ese cuchillo cruel, y vuestra carne es la que lo recibe! ¡A tanto os llevó divino Niño, el deseo de satisfacer por mí y desagraviar a vuestro Padre por mí ofendido! ¡Oh bondad sin igual! ¡Oh misericordia sin límites! — Ahora bien, ya que me convidáis a la alta honra de que pueda compartir con Vos el mérito de vuestro sacrificio asociándome a él con mis escasos merecimientos, sí, víctima quiero ser también, víctima voluntaria que cada día me ofrezca a Vos con todo lo que soy, y con todo lo que tengo, con todo lo que valgo, en desagravio de vuestro amor y satisfacción por los pecados del mundo. Riquezas, honra, estimación propia, consuelos interiores, todo, todo lo arrojo en esa hoguera de vuestro sacrificio, para que en él se consuma todo en obsequio vuestro. Quédeme yo solamente con el cuchillo del sacrificio clavado en el corazón, muerta, inmolada, desasida de todo lo que no sois Vos, aunque esta inmolación y desasimiento me sea un prolongado martirio. ¡Cuán dulce ha de ser en la última hora haber padecido con Vos, oh mi divino Jesús, las amarguras de este sacrificio! ¡Cuán consolador haber atesorado de esta suerte méritos que sirvan como de compensación a tantas faltas! ¡Cuán glorioso poder presentarse el alma a vuestro tribunal crucificada como Vos, asociada a los dolores y a la obra de vuestra redención! Vos lo habéis dicho, y no volverá atrás vuestra palabra: «Si conmigo padeciereis, conmigo seréis glorificados» Dadme, pues, Jesús mío, verdadero espíritu de mortificación y sacrificio; llore con Vos, con Vos padezca, para que con Vos reine y os alabe por todos los siglos. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ANOTACIONES

Al hablar sobre la piedad popular, es referirnos a aquellas devociones que antaño se hacían en nuestros pueblos y nuestras casas, cuando se...