SEPTENARIO AL CORAZÓN DOLOROSO DE MARÍA SANTÍSIMA
Sacado a la luz por el Doctor Don Juan de Ricaurte y Terreros, Juez Cura y Vicario Eclesiástico de la Ciudad de Vélez en el Nuevo Reino de Granada.
Con licencia.
En Santa Fe de Bogotá: En la Imprenta de la Compañía de Jesús. Año de 1738.
INTRODUCCIÓN
Siendo verdad que cualquier ejercicio de devoción y culto a María Santísima es el más suave y poderoso atractivo para una alma cristiana, entre todos juzgo que ninguno es más agradable a esta Señora ni más provechoso a una alma que aquel en que se hace y conserva la memoria de sus Dolores. Porque, si estos al pie de la cruz la hicieron Madre adoptiva de los hombres en fuerza de aquellas amorosísimas palabras que le dijo su Santísimo Hijo Jesús: He ahí a tu hijo. Y aquel amante Corazón de María, inmenso para amar a su Dulcísimo Hijo y capaz infinitamente de padecer para solicitar su gloria, al pie de la Cruz fue lleno de amarguras y dolores: me llenó de amargura, a fin de ser, para gloria de su Hijo, madre de los hombres; ¿cuánto le agradará a esta Señora aquel espíritu que con tierna y amante memoria venera y agradece los inmensos dolores que padeció el Corazón de María para adoptarlo y tenerlo por hijo suyo? Y siendo el título de madre el motivo más eficaz y la razón más poderosa a un corazón humano para beneficiar a sus hijos, ¿cuántos beneficios, cuántas gracias y mercedes conseguirá de esta Piadosísima Señora el alma que con afecto y amor de hijo venera, adora y solicita el Corazón suavísimo de María? Por eso, en agradecida memoria de sus dolores, se dispuso este breve septenario consagrado a su Corazón, sacando lo principal de las obras del Padre Juan Pinamonti de la Compañía de Jesús, para que pueda el alma devota ejercitarlo en los siete días de la semana, o al menos en siete viernes, haciendo en cada día, en culto y reverencia de sus Dolores, alguna especial mortificación o ejercitando algunos actos de virtud.
Postrado de rodillas ante la imagen de María Santísima Dolorosa, hará el acto de contrición siguiente:
Eterno y Soberano Dios, uno en la Esencia y Trino en Personas, a quien amo, adoro y confieso por mi Dios, creyendo, como firmemente creo, que sois sumamente Santo, Justo y Remunerador, digo con toda el alma que me pesa de haberos ofendido por ser vos quien sois, y porque con mis culpas y pecados fui la causa de vuestra pasión y muerte, me arrepiento y me pesa de haberlas cometido; y espero de vuestra misericordia y bondad que, como infinitamente poderoso, me habéis de perdonar y dar vuestra gracia para enmendarme en adelante. Y con ella propongo firmemente nunca más pecar y apartarme de las ocasiones de ofenderos; así lo propongo y así lo espero por los méritos de mi Señor Jesucristo y por los Dolores que traspasaron el amantísimo y purísimo Corazón de mi Señora la Virgen María, que todos los abrazó y ofreció al pie de la Cruz para remedio de los pecadores.
DÍA PRIMERO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima y purísima Señora, vuestro afligido Corazón, de cuya sangre purísima formó el Espíritu Santo el cuerpo de mi Señor Jesucristo para que fuerais verdadera Madre de Jesús y Madre de los pecadores. Para cuyo remedio el Eterno Padre os hizo Madre de su mismo Hijo y Madre de sus miembros místicos, para que así, como él por medio de sus penas, dolores y tormentos nos mereció la gracia, así vos, Señora, por medio de vuestros dolores, solicitarais para gloria suya el remedio de nuestras almas. Yo, Señora, alabo y engrandezco vuestro amante Corazón, que, abrasado en el amor de Dios, quiso ser afligido y atormentado por mí. Yo os suplico me concedáis un verdadero dolor de mis culpas y un encendido amor vuestro, para que en todo os mire como mi Madre y sienta vuestros dolores.
-Se rezan Siete Avemarías..
ORACIÓN
¡Oh gran Reina del cielo y de la tierra, sumamente afligida por mis culpas! Yo me postro profundamente en obsequio de vuestro amante y doloroso Corazón, y me alegro con vos del inmenso amor con que amasteis y correspondisteis, más que las criaturas todas, al Señor que os escogió para Madre suya. Quisiera juntar en mi alma toda la alegría y gozo que por este motivo han tenido en la suya vuestros verdaderos devotos; y si este amor os pudiera faltar alguna vez, quedara satisfecho de ser aniquilado por conservároslo siempre. Mas un pecador tan lleno de ingratitudes y culpas como yo, ¿con qué rubor y confusión debe ponerse en vuestra presencia? Bien veis, Señora, que mis pecados, así pasados como presentes, son sin número; mas no por esto podrán vencer vuestro amor y caridad para que no se compadezca de mí y me quiera ayudar. Confieso, Señora, que no lo merezco, pero tanto más confío de poderlo alcanzar por vuestro medio cuanto será mayor la gloria de vuestra misericordia cuanto es mayor mi miseria. ¡Ea pues, afligida Señora y Madre mía!, fijad uno de vuestros ojos en este pobrecito, ni lo apartéis de mí hasta que me dispongais para mudarme en otro. Yo os presento este mi corazón lleno de culpas para que lo santifiquéis; porque es inmundo, lo podéis con vuestra intercesión purificar; y estando lleno de pecados, me podéis alcanzar tantas lágrimas que quede por ellas lavada toda mancha. Grandes cosas pido, Señora, mas las pido a vos, que con las penas y dolores de vuestro Corazón las merecisteis todas, y para favorecer a este desvalido e miserable, no habéis de gastar más que vuestros ruegos. Estos me dan confianza de adquirir el favor esperado por medio vuestro: el perdon de todas mis culpas y el vivir en adelante tan apartado de volver a cometerlas, que pueda después, muriendo, ir a daros las gracias para siempre en el cielo.
-Se reza una Salve.
DÍA SEGUNDO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro amante y afligido Corazón, que asistiendo al pie de la Cruz a nuestro amantísimo Redentor al tiempo de morir en la Cruz, le oísteis que os dejaba como en testamento recomendada a los hombres, y en lugar suyo os dejaba a los hombres por hijos; siendo esta conmutación un agudo y penetrante dolor para vuestro Corazón; pues en lugar de un hijo que era la misma santidad y bondad suma, os daba por hijos a los hombres, cuya ingratitud y pecados eran la causa de su muerte. Pero ya Señora, que San Juan, en persona de todos, os recibió desde aquella hora por Madre para con todo afecto y amor acompañaros y serviros en vuestros dolores y penas: dadme, Señora y Madre mía, aquella ternura, aquel afecto y aquel filial amor con que él os miró, para que yo os ame, sirva y os acompañe en vuestras penas, sintiendo con verdadero dolor mis culpas y pecados.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¡Oh Madre de mi Señor Jesucristo!, que de vuestra inmensa dignidad sacáis motivos más fuertes para amar tiernamente a los pecadores: yo adoro humildísimamente vuestro sagrado Corazón tan dilatado, que iguala con el mérito el grado altísimo que gozáis de Madre de Dios. ¿Cómo, Señora, no hallaré yo también lugar en este mismo Corazón cuando vos recogéis en él tan amorosamente a los pecadores todos? Con ser Madre de mi Redentor, sois también Madre mía, y habéis duplicado aquellas llamas de caridad que antes ardían tan altamente en vuestro pecho. Como Madre os invoco, representándoos los méritos infinitos de vuestro Primogénito Jesús, que dio para mi bien todos los pasos, todos los momentos y todas las penas de su vida mortal. Esta es la herencia que me hace rico delante de Dios; ¿y cómo será posible que mis deudas me quiten la posesión en vuestra presencia? ¿Cómo podrá ser que teniendo en el cielo una Madre a quien el mismo Dios obedece como Hijo, quede yo siempre mendigo? ¿Cómo este mi corazón, tan lleno de deseos terrenos, no concebirá alguna vez alguna centella de verdadero amor vuestro y de vuestro Divino Hijo? ¡Oh gran Señora!, que amáis siempre la verdad, aun en los labios de un pecador. Confieso que no soy digno de esta gracia, confieso que merezco todo castigo, y que en vez de nuevos favores, debiera ser despojado de todo el bien que he recibido hasta ahora; mas por eso recurro en una causa tan desesperada a una Madre tan piadosa. Ya está hecho lo más, Señora: ya mi Redentor y vuestro Hijo Jesús ofreció el valor de su sangre para merecerme todos los bienes. No falta otra cosa sino que este mérito se me aplique; todo se conseguirá con una sola palabra vuestra en favor mío. ¡Oh Madre mía, mil veces más que madre para nosotros!, no os dejéis vencer de mi malicia, deshacedla con la bondad de vuestro Corazón, alcanzadme el perdón de todas mis negligencias en serviros, concededme entrar en el número de vuestros verdaderos y amantes hijos, haced que ame yo tanto a vuestro Dios y mío cuanto le ofendí por lo pasado, y así, libre por vuestros dolores de toda culpa, llegue a exaltar y engrandecer vuestra misericordia eternamente en la gloria.
-Salve
DÍA TERCERO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro amante y afligido Corazón, que viendo en la Cruz morir por justicia a vuestro Hijo y Redentor mío Jesús, para con sus dolores y muerte satisfacer a su Eterno Padre y merecernos que por medio de la gracia nos adoptara por hijos suyos: aquellos dolores y penas que anegaron vuestro Corazón como un mar inmenso de amarguras, no pudieron con sus avenidas apagar la caridad y fuego de amor con que, mirando a la salud de los hombres, ofrecisteis constante la vida de vuestro amado Jesús para nuestro bien. Por ellos, Señora, os pido hagáis que se logre en mi corazón y alma la caridad y gracia que nos mereció.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¡Oh Madre de la gracia!, que no tenéis sobre vos otro que Dios, y debajo de vos miráis con una distancia casi interminable las criaturas todas. Si vuestro resplandor eclipsa la luz de todos los demás Santos, ¿qué pareceré yo, tan miserable, a vista de vuestra Grandeza? Mas aunque soy tan desdichado, no me despreciaréis cuando recurro a vos para conseguir aquella gracia de que estáis felizmente llena, no solo para vos misma, mas también para nosotros. Yo me abato hasta el centro de mi nada en obsequio y veneración de vuestro Corazón purísimo, que es un abismo de perfecciones donde no halló fondo sino aquel Dios que para muestra de su poder y bondad lo ha tomado. Por esto glorifico en vos a este mismo Señor, y quisiera tener mil vidas y darlas todas de un golpe para glorificarlo más, y a vos también, su Madre excelsa; sois digna de toda honra. Conozco la pobreza de mi corazón para desear tanto como se os debe; mas para suplir esta pobreza me alegro de cuantas alabanzas habéis recibido y recibís de los hombres y de los Ángeles, en el tiempo y en la eternidad. Yo me gozo de ser vuestro esclavo, tanto que no trocara esta suerte con todas las grandezas imaginables de la tierra. Mas pues tenéis la llave de todos los tesoros de vuestro divino Hijo, y si vos misma sois su mayor tesoro, no os olvidéis de mis miserias en el colmo de vuestra felicidad. Volved a mí los ojos de vuestra misericordia mientras esta alma mía, vuestra esclava, tiene levantados a vos los suyos para ser oída. No os pido bienes temporales, no os pido honras, no delicias; dadme aquello que estimáis sobre todo bien creado, que es la gracia de mi Señor. ¿Cómo podréis negarme lo que os pido, pues siendo Madre de mi Salvador, lo sois también de mi salud? Ni era menester que tuvierais tanto interés en la salvación de las almas si hubierais con ellas de ser menos liberal y negarles vuestras intercesiones para con vuestro Divino y Unigénito Hijo, que no les negó su sangre. Sobre esto me confío para obtener en esta vida el serviros, y para llegar a amaros y daros gracias eternamente en la otra, donde reináis por todos los siglos.
-Salve.
DÍA CUARTO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro afligido Corazón, que viendo después de muerto en la Cruz a vuestro tan amado Hijo, que un soldado con una lanza abrió su sagrado pecho para que de la sangre y agua que brotó de su difunto Corazón se formara la Iglesia y sus Sacramentos; quedó patente y descubierto para que en él se retratara vuestro purísimo Corazón, siendo aquella herida y golpe sumamente dolorosa y sensible a vuestro Corazón; para que con ella fuerais desde entonces Madre de la Iglesia, y que tuviera el Corazón difunto de vuestro Hijo en vuestro pecho y en vuestro Corazón, a quien sustituir y encomendar en su muerte la Iglesia. Yo os pido, Señora, que me miréis como miembro de la iglesia Militante, y que, alimentándome con sus Sacramentos, merezca pasar el fruto de vuestro corazón.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¡Oh Emperatriz del universo, hija, Madre y esposa del Altísimo! Vos sois la criatura más amada de Dios y del Corazón de Jesús, porque vuestro purísimo Corazón es el más bello fruto que de sus fatigas, dolores y muerte cogió en el árbol de la Cruz. Yo, Señora, os reconozco por lo que sois, y me postro e inclino a la tierra para venerar vuestro Corazón celestial, como el más semejante al amabilísimo Corazón de Jesús, tan lleno de sus virtudes y perfecciones, que en atención a él fuisteis predestinada para ser una copia, la más viva de él, que se puede hallar entre las cosas creadas. Me alegro, Señora, de vuestra suma felicidad, bendiciéndoos a vos y aquel gran Señor que solo pudo y quiso glorificarse tan altamente en vos. Por eso me congratulo también conmigo mismo; pues siendo tan cercana a mi Salvador, tenéis con él comunes los intereses de mi salvación. ¿No sería yo enemigo de mí mismo si dejara de recurrir a vos, y más cuando vuestro Hijo me ha encomendado que recurra a vos como a Madre y que venga a vuestros pies como a Tribunal de pura misericordia? ¡Veis aquí mi corazón que os presento, mas, oh, cuán desemejante al vuestro, todo lleno de Dios! A vos os toca el mudarlo en otro, desterrando de él toda soberbia, toda impureza y todo afecto terreno. Vuestro dominio no se extiende solo sobre los cuerpos, se dilata también sobre los corazones; ejercitadlo conmigo para que aprenda a obedeceros para siempre. ¿Qué se pierde, Señora, en oír a este pobrecito que viene a vuestra presencia y confiado solo en los méritos de mi Redentor para suplicaros? Conozcan todos cuánto amáis a vuestro Hijo cuando de limosna, por amor suyo, a quien es tan indigno de ella no sabéis negarla. Si tenéis por costumbre el conceder más de lo que se os pide, ahora no seréis escasa conmigo. Y si nunca habéis abandonado a alguno que haya recurrido a Vos, ¿cómo seré yo el primero que experimente vuestro desvío? Lleno por eso de una esperanza tan bien fundada, comienzo ahora a daros gracias para no acabar jamás en todos los siglos. Amén.
-Salve
DÍA QUINTO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro afligido y amante Corazón, que recibiendo en vuestros brazos el difunto y deshecho cuerpo de vuestro tan amable y hermoso Hijo, a quien afearon mis culpas, deshicieron mis ingratitudes y mudaron su hermosura y gracia en la triste palidez de la muerte, siendo objeto de dolor y lágrimas aun a los mismos Ángeles del cielo; solo vuestro amante Corazón, que en él adoraba la deidad toda de vuestro Hijo, lo recibió para entrañarlo más en vuestro pecho y ofrecerlo en agradable víctima al Eterno Padre para remedio de los hombres, por cuyo amor había dado la vida. Yo os pido, amantísimo corazón de María, que me deis a sentir alguna centella de aquel fuego de amor divino, para que a vuestro hijo y a vuestro afligido corazón corresponda el mío, amándoos hasta la muerte.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¡Oh Madre del Santo amor, prodigio de la naturaleza y de la gracia, tesoro de la tierra y del cielo! Vuestro Corazón felicísimo es el reino de la caridad creada, y vos por él sois la más amante de Dios, la más amada, la más amable de las criaturas todas. Así lo confieso a gloria vuestra, gran Señora, y me confieso por vuestro, no solo por la condición de la naturaleza, pero mucho más por la elección de la voluntad, entregándome todo en vuestras manos. De esto me glorio más que de todos los señoríos de la tierra, y querría tener una voz tan sonora que se oyera por todo el universo a fin de publicar por todas partes vuestras alabanzas. Quisiera poder penetrar en todas las mentes y corazones de todos los hombres a fin de estimaros y amaros cuanto merecéis. Cuantas honras, cuantas estimaciones hay repartidas en el mundo, todas las junto, y quitándoles toda imperfección y deformidad, os las ofrezco por tributo de vuestra grandeza. En lo pasado he sido tan frío en serviros y tan omiso en obsequiaros, que he dejado perder las ocasiones de hacer lo que me habéis dado; y para suplirlo ahora, quisiera saberos amar y honrar cuanto os han amado y honrado vuestros devotos. Mas ¿cómo podéis, oh soberana Reina, estimar estas mis ofertas cuando salen de un corazón lleno de amor para sí mismo? Así es verdaderamente, no tengo cara para negarlo. Pero ¿quién lo puede mudar en otro conforme en todo al de vuestro Divino Hijo sino vos? Cuyos ruegos tienen fuerza en el tribunal del cielo como si fuesen mandatos. Mirad, Señora, si hay miseria igual a la mía, en tener un corazón tan duro para con vos, que sois nuestra seguridad y la única esperanza nuestra después de Jesús. Ea, socorredme, oh Dolorosa Madre, libertadme de mí mismo, que soy mi mayor enemigo. Bendita sea la hora en que me hicisteis tanto bien y fuisteis conmigo la que sois para con todos aquellos que os invocan llena de piedad y de compasión. Esta hora espero ya para comenzar a serviros y amaros de veras, y no acabar más hasta que llegue a veros en el trono de vuestra gloria.
-Salve
DÍA SEXTO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro afligido y casi difunto Corazón, que viendo sepultar el cuerpo difunto de vuestro Hijo, la prenda más amada de vuestro Corazón y el único consuelo que podíais tener para alivio en vuestras penas y dolores; aquella losa que cubrió su cuerpo y el sepulcro en que se depositó el tesoro de vuestro amor, os dejó viva para el sentimiento y con alma para el dolor, para que en aquellos tres días sintierais amargamente la falta y ausencia de su vista. Haced, Señora, que muera yo a todo amor creado, y que, sepultando mis pasiones y afectos en el sepulcro de un perpetuo dolor, os acompañe en vuestras penas, para que merezca algún día ver triunfante y glorioso a mi Redentor.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¿Con qué fuerte de confusión es debido que yo me presente delante de vos, oh dolorosa Virgen, si tanta parte he tenido en vuestros tormentos y en los de mi Redentor? Mas si me habéis sufrido cuando pequé, ¿cómo puedo temer no hallar en vos compasión cuando os busco arrepentido? Oh Corazón de la Reina de los Mártires, sumergida en una avenida de penas superiores a todo entendimiento creado, ¿qué hubiera sido de mí si no hubierais aprendido de mi Salvador a volver bien por mal y a interceder por el perdón de quien no merecía sino castigo? Yo os doy gracias con el afecto de todas las criaturas y os ofrezco en recompensa aquellas alabanzas, aquellos obsequios que en honra de vuestro nombre gozáis en el cielo y en la tierra, y aquella obediencia misma que os rindió vuestro amado Jesús como a su Madre. Quisiera tener un corazón que valiera por todos los corazones para amaros en lugar de aquellos infelices que no os aman. Quisiera una lengua que valiera por todas las lenguas para publicar en todo el mundo vuestra grandeza. Si poseyera yo todas las riquezas de la tierra, todas las empleara voluntariamente en levantaros nuevos templos, en solemnizar más vuestras fiestas, en socorrer con más caridad vuestros devotos los pobres. Si tuviera todos los señoríos y reinos, los haría todos tributarios de vuestro dominio; y si pudiera lícitamente gozar de todas las delicias, de todas me privara por daros gusto. A esto, y mucho más, me habéis obligado con vuestras lágrimas derramadas tan copiosamente por mí en la muerte de vuestro amado Hijo Jesús. Oh lágrimas preciosas, que os unisteis a la sangre de mi Redentor para lavar las manchas de un mundo entero, purificad este mi corazón tan inmundo, ablandad su dureza dándole una contrición igual a mis culpas. Yo lo extiendo para recibir en todo la compasión que han tenido de vos los fieles y todo aquel dolor que han concebido todos los verdaderos penitentes, deseando por este camino no ser del todo ingrato a la Madre de mi Señor y a su muerte, dolores y penas. Oíd pues, Madre mía, mis súplicas y concededles como podéis. Si tanto os doléis de los corazones ingratos, librad el mío de su ingratitud y desterrad esta parte tan odiosa a vuestra presencia. ¿De qué me servirá haber sido tan amado de vos si no llego a corresponderos? ¿De qué me servirá vuestro llanto si quedo endurecido en mis pecados? Ah, Señora, que no sois severa sino con los soberbios; y así, mientras yo me viere tan miserable, no perderé la confianza que tengo puesta en vos. Sé a quién me acojo cuando imploro vuestra intercesión; y así, esperando la gracia de poder llorar mientras viviere las injurias que os he hecho a vos y a vuestro difunto Hijo, esperaré daros las gracias por una eternidad en el cielo. Amén.
-Se dice la Salve
DÍA SÉPTIMO
Con profunda reverencia y amor, adoro y venero, tristísima Señora, vuestro afligido Corazón, que padeciendo las penas y dolores que con nuevos tormentos quitaron la vida a vuestro muy amado Jesús por el bien de los hombres, conociendo cuántos por su malicia e ingratitud se habían de perder eternamente y malograr el fruto de la pasión y muerte de todo un Dios. Esta consideración era un penetrante dolor para vuestro Corazón, que solo era capaz de consuelo y alivio con la salvación de los hombres y fruto de aquella sangre derramada por todos con tanto amor. Haced, Señora, que en mí se logre una muerte tan costosa como la de mi Redentor, y unas penas tan sensibles como las de vuestro Corazón, para que así entre yo a la parte de vuestro consuelo, como lo he ido de vuestras penas y dolores.
-Siete Avemarías.
ORACIÓN
¡Oh Abogada universal del género humano! ¡Oh Madre de piedad! ¡Oh Refugio de pecadores! Mirad la bella ocasión que tenéis de contentar a vuestro Corazón tan amoroso con remediar mi miseria. Vos sois la Primogénita de mi Redentor, la primera de todos los predestinados en su eternidad, la compañera fiel de sus fatigas, la copia más viva de todas sus virtudes: vos sola entre todas las criaturas habéis sido la primera en dar al Criador, dándole aquel ser creado que no tenía. Vos habéis suplido abundantemente por toda la ingratitud de los hijos de Adán, y en vuestro Corazón felicísimo habéis preparado un paraíso tan delicioso al Verbo Divino, que del seno de su Padre descendió para habitar en el vuestro, y os ha constituido el primer personaje después de sí. ¿Y acaso por ser tan sublime os habéis olvidado de nuestra miseria? ¿O vuestro Corazón, del todo semejante al de vuestro Hijo, aborrece a aquellos ríos que para sí solos quieren todas las riquezas? A vos os agrada dobladamente vuestra felicidad porque podéis darnos parte a nosotros, miserables criaturas de quienes os compadecéis tanto, que si vuestro estado os lo permitiera, sentiríais más vivamente nuestros males que los sentimos nosotros mismos. Veis aquí, Señora, que lleno de confianza me presento ante vos y os ofrezco mi corazón, no como tributo digno de vuestra grandeza, mas como un desierto de espinas infructuoso que no sabe hacer más que sacar mal del bien, volver ingratitudes por el amor y compensar los beneficios con pecados. Mudadlo, Señora, en un lugar de amenidad donde pueda venir a recrearse vuestro Divino Hijo. Vos lo puedes hacer con una sola palabra. Mas ¿porque para hacer tanto habéis menester mi voluntad? Yo protesto aborrecer sobre todo mal las traiciones que he hecho con mis culpas a mi Dios, y que si pudiera con esto deshacerlos, de modo que jamás hubieran sido, eligiera aun el aniquilarme y no ser más en el mundo. Con esto deseo que vuestro Corazón, lleno de todas las virtudes, me sirva de escudo para reparar los golpes de la Divina Justicia; para este fin yo lo adoro y reverencio con todos los Bienaventurados del cielo y con todos vuestros devotos de la tierra, a fin de confesar con ellos plenamente que sois digna de toda honra, y a fin de dedicarme con ellos a vuestro obsequio de tal suerte, que yo esté siempre pronto a dar la vida en defensa de vuestra dignidad incomparable, de vuestra pureza virginal y de todos vuestros dones; porque seréis reverenciada por toda la eternidad de los escogidos, y espero en vuestra intercesión ser uno de ellos en la gloria. Amén.
-Salve

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