HORA DE GUARDIA A MARÍA SANTÍSIMA AL PIE DE LA CRUZ EN SU SOLEDAD
DESPUÉS DE LA MUERTE DE SU HIJO
EJERCICIO DEVOTO
Para practicarse en público o en privado, desde las 21 hrs. del Viernes Santo hasta las 16 hrs. del Sábado Santo, y en todos los viernes del año por el espacio de una hora, o de media hora, para acompañar a María Santísima en su tristísima soledad.
A LOS DEVOTOS DE MARÍA DESOLADAs
Entre los muchos y atroces dolores sufridos por María Santísima en la pasión y muerte de su Divino Hijo, el más intenso y profundo, y el menos conocido y venerado por los fieles, fue cuando se vio privada incluso de la querida despojo de su cuerpo. El haberlo visto ensangrentado, lacerado, difunto; el haberlo acompañado con la Magdalena y con las otras piadosas mujeres al sepulcro, fue para Ella, no cabe duda, un doloroso martirio; pero el no tenerlo ya ante sus ojos de ninguna manera puso el colmo a sus dolores, y la dejó verdaderamente desolada. En el tiempo, pues, que transcurre entre la sepultura de Jesucristo y su gloriosa Resurrección, en el cual la amorosa Madre está privada de su presencia visible, es preciso compadecerla, manteniéndonos en su compañía para darle algún alivio.
Porque si a una madre terrenal que ha tenido la desgracia de perder a un hijo se procura darle consolación y alivio haciéndole compañía entre sus más angustiosos suspiros, ¡cuánto más un devoto de María, y de María Dolorosa, deberá procurar dar consuelo a esta Madre desolada, y hacerle consoladora compañía en esta hora de tanto luto y tristeza para Ella!
Esta tierna devoción fue por primera vez practicada en un monasterio del Reino de Nápoles. Se propagó luego por otras ciudades y provincias, y en Roma fue solemnemente introducida en 1815, como todavía se practica, en la Iglesia Parroquial de San Marcelo de los Siervos de María, por el celo del piadosísimo Cardenal Odescalchi, tenerísimo devoto de María Dolorosa.
Para animar siempre más a los Fieles a practicar este piadoso e interesante ejercicio, la Santa Memoria de Pío VII lo ha enriquecido de espirituales tesoros, contenidos en el elenco de Indulgencias.
INVITACIÓN
Sobre aquel frío y duro pedrusco,
que oculta al Hijo amado,
fijo el corazón, inmaterial la mirada,
permanece la Madre a suspirar.
De María que languidece y gime,
ya dividida de su Bien,
¡oh almas fieles, al dolor y las penas,
venid, venid a consolar!
ACTO DE CONTRICIÓN
Oh Dios de infinita misericordia, heme aquí humildemente postrado a vuestros pies, lleno de confusión por mi enorme temeridad e ingratitud cometida contra vuestra Majestad y Bondad infinita con mis pecados. Conozco demasiado bien haber sido yo aquel malvado que ha dado la muerte más despiadada a mi querido Jesús. ¡Oh, qué profunda herida he hecho con mis faltas a su amable Corazón! Piedad de mí, Señor, que con lágrimas en los ojos os pido perdón. Sí, estoy verdaderamente resuelto a no ofenderos nunca más. Y Vos, oh María, Madre mía, por aquella que os fue encomendada por vuestro Hijo antes de morir, implorad misericordia para mí, y dignaos permitir que os haga compañía mientras os encontráis privada de vuestro amado Hijo, a fin de que llore con Vos y no vuelva más a traspasar con mis pecados el amabilísimo Corazón vuestro y el de vuestro Hijo. Así sea.
JACULATORIA
Madre mía desolada, no quiero dejaros sola llorando en vuestra soledad; no, quiero haceros compañía con mis lágrimas. Quiero llorar con Vos vuestros dolores y los de mi difunto Redentor.
MEDITACIÓN PRIMERA
María Desolada junto al sepulcro de su Hijo
Contempla, alma mía, a tu Madre desolada junto al sepulcro en el que ha sido encerrado su querido Hijo. Una piedra ha separado al Hijo de la Madre. ¡Ay, cuánto está Ella por esto afligida! Mírala con qué afecto tiene fijos los ojos en aquel sepulcro, en el que ve cerrada la ensangrentada despojo de su Unigénito, a quien poco antes había tenido en su seno. Era un consuelo, aunque dolorosísimo, tenerlo aun muerto entre sus brazos. Pero ahora está de Él separada, y ya no lo contempla. ¡Oh, cuántas veces lo habrá llamado; y: «Hijo —habrá dicho—, dulcísimo Hijo, haz sentir tu voz a tu doliente Madre...»! Pero Él ya no responde.
Se vaga con el triste pensamiento dentro de aquel monumento; y ahora se detiene en la cabeza traspasada por las espinas, ahora en el cuerpo lacerado y desgarrado, ahora en las manos, ahora en los pies perforados por los clavos; y finalmente, cual doliente paloma en la caverna, se detiene entre las ruinas, en el Corazón amoroso de la prenda querida de sus entrañas, y allí unida a Él, en su interior desahoga todo su afán... Detente tú también, alma mía, en el Corazón de Jesús junto con tu Madre, y con Ella llora la ingratitud mostrada a aquel Corazón amabilísimo con tus pecados.
COLOQUIO
¡Oh cara Madre María, qué compasión me dais al veros tan afligida llorar junto al sepulcro de vuestro Jesús! ¡Ah, cuánto me pesa no hallar motivo para daros algún consuelo; antes bien, siento el reproche de haber sido yo la causa de tantas penas vuestras! Pero si algún consuelo pueden daros las lágrimas de un corazón contrito: heme aquí, oh Madre, que ayudado por Vos, de buena gana las derramo a vuestros pies; y Vos dignaos recogerlas y ponerlas en el Corazón de vuestro Hijo, que no desprecia, sino que acepta con agrado el corazón contrito y humillado, y así por vuestra intercesión obtengan estas lágrimas de mi Jesús el perdón de mis pasadas extravíos.
-Se dirán siete Avemarías con el Gloria Patri y la primera parte del Stabat Mater.
¡Ah! Vosotros que por el camino
pasando me observáis,
decidme si halláis
dolor semejante al mío.
A la vista de la Tomba,
que encierra a mi Amado,
desfallecer me siento en el pecho
por la amargura del corazón.
MEDITACIÓN SEGUNDA
María, al volver a su casa, pasa de nuevo por el Calvario
Sigue, alma mía, a tu doliente Madre que, acompañada por Juan y por las otras piadosas mujeres, encamina sus pasos desde el sepulcro para regresar a su Casa. ¡Oh, qué acerbo desprendimiento ha sido este! Ella en el viaje se ve obligada a volver a ver aquellos lugares donde ha padecido su Hijo, y donde ha muerto... Hela aquí en el Calvario... ¡Ay de mí, qué angustia y dolor se renueva en su tristísimo Corazón a la vista de aquel monte, y al ver todavía en él enhiesta la Cruz, penosísimo lecho donde vio expirar a su Hijo! Ve aún su preciosa sangre empapando la tierra y bañando la Cruz. ¡Qué funestísimos pensamientos vuelven a su mente: la bárbara crucifixión, la amarga bebida dada a su Jesús, los insultos y ultrajes lanzados contra Él, la penosísima agonía, sus últimas palabras y, particularmente, aquellas con las que, por su infinita bondad, mostró su tierno Corazón pidiendo perdón al Padre por los pecadores, y su encendidísima caridad hacia nosotros, por la cual nos la dejó por Madre, y el ardentísimo deseo de padecer más por nuestra salud, expresado en aquel Sitio! Y finalmente los últimos momentos y la muerte del objeto para Ella más caro.
¡Ah, qué llena de afanes, qué tristes memorias se renuevan en su apasionado Corazón! ¡Mírala en el rostro cuánto está dolorida, y cómo con reverencia al pie de aquel precioso Madero postrada lo adora, y llorando lo abraza!... Detente, alma mía, al pie de la Cruz con María, y con Ella estrecha entre tus brazos ese dulce prenda de tu salvación, y llora la muerte que en esta Cruz has dado tú al Hijo de María con tus culpas.
COLOQUIO
Afligidísima Madre, ¡ay, qué pena me da el veros así languidecer al pie de la Cruz, y más pena me da porque allí os he recibido por Madre, y vos me habéis aceptado por hijo! Pero ¡qué hijo, oh Madre, qué hijo habéis recibido! Me estremezco de solo pensarlo. ¡Ah! Movedos a piedad de mí, que me siento traspasado el corazón por el dolor de haberme hecho tan indigno de tal Madre. Detesto aquellos momentos en los cuales me he apartado de Vos y de vuestro Hijo con mis pecados; y Vos uníos al Corazón de vuestro Jesús para pedir perdón por mí al Eterno Padre, y haced que con vuestra intercesión yo de buena gana tome de su mano aquellas tribulaciones que su bondad se digne enviarme, para que así a Vos, Dolorosa, me asemeje, y al Crucificado mi Señor; e imitando la paciencia de la Madre y del Hijo, sea hecho digno de recibir el premio en la otra vida.
-Siete Avemarías y la segunda parte del Stabat Mater.
Al monte de la mirra,
al collado del incienso
regreso; y aquí pienso
en quien marchitó mi bella flor.
Cruz, de la cual pendiente
con las venas desgarradas
estuvo el inmenso Bien,
te adoro y te estrecho al Corazón.
MEDITACIÓN TERCERA
María desolada en su casa
Entra, alma mía, en la casa donde está tu Madre María, sumergida en lágrimas y dolor. ¿Cuánta pérdida ha sufrido en esta pequeña casa? ¡Ah, que todo en un momento lo ha perdido, perdiendo al Hijo! Pero ¿dónde?... No en casa, sino sobre un patíbulo. ¡Oh noche funestísima!... Penetra en aquella alma apasionada, y ves en esa noche por cuántos penosos objetos está traspasada. Reconoce el duro lecho donde reposaba Jesús, y mucho se entristece. Se le presenta la mesa en la que juntos se sentaban, y allí se abandona casi muerta de aflicción. Se detiene en aquel lugar donde arrodillado el Hijo dirigía fervorosas oraciones al Padre en la noche por nuestra salud, y allí cae desmayada... Si mira la casa se aflige, porque no ve a Jesús. Vuela con el pensamiento al sepulcro, y allí lo descubre, pero desgarrado y muerto; y allí de nuevo gimiendo en su Corazón se detiene. No hay objeto que la conforte, no hay entre sus seres más queridos quien la consuele. Todo es luto, todo es llanto...
Detente, alma mía, un poco en esta Casa con tu Madre, junto con el amado discípulo Juan y las otras piadasas mujeres, y mira si puede resistir tu corazón al verla tan desolada. Llora tú también con Ella, ve con Ella en busca de su Jesús, y haz de tal modo que le des consolación, si te es concedido volver a hallarlo vivo por la gracia para habitar en tu corazón.
COLOQUIO
Amorosísima Madre, ¡ah, al veros tan angustiada en vuestra Casa, sin tener ya a vuestro Hijo, me siento languidecer de dolor! Para consolaros de algún modo quisiera deciros que vinisteis a buscarlo a mi corazón... Pero ¿cómo queréis hallarlo, si vos misma no me lo conducís con vuestra materna piedad? ¡Ah, que yo lo he perdido por mis culpas! Ahora reconozco mi exceso y el daño que me he hecho a mí mismo. ¡Ah, María, única esperanza mía después de Jesús, haced que vuelva con su gracia el mío Dios a este corazón; movedlo vos con aquella espada que traspasa el vuestro! Haced que deteste y enmiende mis culpas, y sea este el fruto de la compañía que os he hecho en vuestra desolación, para que, arrepentido de corazón, obtenga el perdón, haga en esta vida la penitencia, sea por vos asistido en este exilio para no volver más a pecar, y en el momento de mi muerte os tenga a Vos y a vuestro Hijo asistiendo a mi lecho, y repitiendo dulcemente Jesús y María, expire en paz entre vuestros brazos mi alma, y sea esta llevada a gozar de Dios por toda la eternidad. Así sea.
-Siete Avemarías y la tercera parte del Stabat Mater.
Heme aquí acogida en la casa
del Hijo de adopción,
mas mi desolación
no es por eso menor.
Sufro si escucho o hablo,
sufro si muevo la mirada,
y al no ver al Hijo
todo es hiel para mi corazón.
CONCLUSIÓN
Antes de separarme de Vos, Madre mía desolatísima, aquí os dejo y os entrego mi corazón contrito y humillado, y os ruego ahora y siempre que me deis vuestra santa Bendición. Bendecidme, pues, como a hijo vuestro, y que vuestra materna Bendición me asista en vida y en la muerte, y me acompañe al Paraíso.
¡Ah! Acepta, oh Madre afligida,
nuestro llanto por compañero,
y hacia nosotros entretanto se vuelva
tu materna piedad.
Vuelve a mí piadosa la mirada,
oh divina Madre afligida,
y por la sangre de tu Hijo
dame lugar en tu corazón.
Aunque reo, soy hijo yo también,
nací en el seno de tus penas;
¡ah! Acógeme, y a nuestro Dios
por mí le hable tu dolor.
A vos, oh Virgen Madre, que jamás fuisteis tocada por mancha alguna de culpa ni actual ni original, encomiendo y confío la pureza de mi corazón. Amén.
Cien días de Indulgencia concedidos por el Reinante Sumo Pontífice a quien rece devotamente la dicha Oración

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