jueves, 26 de marzo de 2020

NOVENA DEL PÉSAME A LA SOLEDAD DE MARÍA




NOVENA DEL PÉSAME
DIRIGIDO A
MARÍA SANTÍSIMA DE LA SOLEDAD
POR LA DOLOROSA MUERTE DE SU SANTÍSIMO HIJO JESUCRISTO NUESTRO REDENTOR
LEÓN. 1873

ACTO DE CONTRICCIÓN
Señor mío Jesucristo, mi Dios y mi Redentor, Padre de mi alma, y Señor de mi corazón a quien tanto ofendí sin disculpa, sin juicio y sin temor: pequé Señor, contra vos y contra mí, y más me pesa de ser vos el ofendido, que ser yo tan perjudicador, más siento mi ingratitud, que el que me castigue, más me aflige vuestra ofensa que mi infierno. Alma y corazón mío ¿a que esperas? Tuve alma para entregarla al demonio por el pecado ¿y no tengo alma ni conciencia para sacarla de su dominio? Tuve corazón para agraviar a la bondad infinita ¿y no tengo corazón para sentir tan enormes ofensas? ¡Oh Jesús de mi alma! ¿para que nací al mundo, para llenar con mis culpas el número de los desdichados? Renuncio Señor, el ser y el vivir, si te eh de ofender. Menos mal me fuera la infelicidad de la nada que la infelicidad de la culpa, quisiera tener un dolor tan grande que me llegase hasta mi muerte. Tomará hacer una penitencia tan grande como tu misericordia. Pero como creo, Señor, que tu misericordia es mayor que toda la misericordia humana, espero salvarme en tu santísima pasión y muerte. Te amo Dios mío, más que a todo lo criado, y mientras más te amo, más amarte deseo. Y como creo en un Dios verdadero, como espero en un Señor tan poderoso y como amo a un Padre tan benigno, creo que no puede faltar la misericordia a mi fe, la promesa a mi esperanza, y tu gracia a mi contrición. Aumentad, Señor, mi arrepentimiento, dadme, odio eficaz de todos mis pecados, y muera yo de amor y dolor de haberte ofendido. Esta muerte, te pido, esta muerte deseo; y si no te mueven mis ansias, muévete la compasiva soledad de tu Madre Santísima. Por el dolor que al morir tuvo vuestra Majestad dejarla tan desamparada y sola, te ruego para mi muerte una final penitencia, para morir en tu gracia y alabar eternamente tu misericordia. Amén.





DÍA PRIMERO
CONSIDERACIÓN
Considera [o alma mía] que habiendo acompañado la reina del cielo a su santísimo Hijo en su lastimosa pasión hasta verlo espirar y bajar de la cruz, y viendo quitarlo de sus brazos después y poner en el sepulcro el santo cadáver del Señor primer paso da su soledad, con verdaderas lágrimas de Madre, y con cuanta ternura pudo su alma, con sumo amor y dolor lo depositaba ella espiritualmente en su pecho, para tener el consuelo de traer aquel Cordero de Dios consigo. Del mismo modo quedaba dentro del sepulcro con él, para esperar allí la luz de su resurrección. Y arrojándose como herida cierva a la fuente de sus amarguras, abrazada con el santo cadáver, con ayes, suspiros y congojas, se moña de dolor por haber de separarse de Jesús. Y temerosos todos de que se quedase muerta en este lance, apartando a la Virgen y cerrando el sepulcro con una gran piedra, dio el mayor golpe en el corazón de María, no dejando ya el menos resquicio de alivio a su alma, pues ni vivo ni muerto le veías ya a su crucificado Hijo. Y abrazándose con el sepulcro, bañándolo con vivas lágrimas, que, hasta hoy día, perseveran impresas y congeladas en aquella piedra dichosa, en tristes soliloquios:

SOLILOQUIO
¡Oh amabilísimo Jesús de mi alma, cayó en este lago mi vida, y pusieron en mi corazón la piedra! Ya llegó hijo mío la hora que se acabare nuestra compañía, ya llegó la triste hora de verme sola en la tierra, ya llegó la hora de que me lloren sola todas las criaturas, y ya llegó la última hora de apartarme de tu sepultura. Pero ¿Dónde iré y moraré sin tu morada? ¿Cómo podré vivir sin tu vista? ¡Oh Hijo de mis entrañas! Aquí en este sepulcro he de perseverar de noche y de día, aunque me consuman los fríos, el sol y las aguas. Si tuve valor en mi pecho para verte crucificado, muerto y con el pecho abierto a mis ojos, también tendré aliento en mi alma para estarme en tu sepulcro sola. Gustosa aquí me sepultara para estar siempre donde tu estuvieras, más ya que no puede ser mi persona, sepultese conmigo mi alma, y pues es tan tuya, aquí la pongo a tus pies con todo mi corazón, imprimiendo en esta piedra mis lágrimas para eterna memoria de mi soledad.



DEPRECACIÓN
PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh afligida Emperatriz de la Gloria! Como está sentada y sola la ciudad de Dios más santa ¿sola y tan desamparada la suprema reina de cielo y tierra, sola y tan sola, que no tiene a quien volver la cara? ¿sola y tan pobre que no tiene mas ropa que lo que en su virginal cuerpo tenía con la sangre de su Hijo Dios, salpicada? Pues ¡Oh desamparada Señora! Si me permitís os acompañe en vuestra soledad, aquí tenéis mi alma y mi vida a vuestros pies. Admitidme por vuestro Hijo, Oh Madre verdadera de Dios, que quiso nacer de vos, para que me admitieseis por hijo a mí, si me respondéis que mi culpa tuvo la culpa de veros tan desconsolada y sola, yo Señora, así lo confieso, ya lo veo, ya lo lloro, pero por ser vos quien sois, por la pasión y muerte de Jesús, por la pena que al morir sintió de dejarte sola, te ruego te duelas de mí, que no tengo otra madre ni otro amparo que Vos. Peque Señora contra tu Hijo Dios, y contra ti a quien después de Dios debo amar. Cuando en vos no interesara yo otra gloria que la de conoceros, y que os dejáis amar de quien como yo tan indigno, nunca puede merecerlo, protesto delante de Dios y de todas las criaturas amaros con todo mi corazón y mi alma y serviros toda mi vida. ¿queréis admitirme a vuestra compañía y gracia? ¿queréis alcanzarme de vuestro Hijo el perdón de tantas ofensas? Madre mía de la Soledad, decidme que sí. Mirad Señora, que de solo pensar que siendo ciertas mis culpas no puedo llorar más lágrimas que tiene de gotas el mar, pierdo el juicio de dolor. Pero Madre y Señora mía, si es verdad infalible que por mi bien se hizo Dios hombre, si por mi bien os hizo su dignísima Madre, si solo por mi bien padeció tal muerte y pasión, y solo por mi bien padecisteis tan amarga soledad, esta razón sola os debe mover a pedir perdón de mis culpas. A título de madre mía, es fuerza que yo ponga en vos toda mi esperanza, pues la fe me enseña que la Madre de Dios es Madre mía, también, pudiera tenerme celo y emulación, pues no han llegado ellos a tanta dignidad de tener a la Madre de Dios por reina, si, a quien sirven con humildad, pero por Madre no, reservándose tan amoroso renombre para mí. Hijo vuestro soy por la gracia de Dios, y más precioso ser vuestro Hijo que mi vida ¿Cuándo merecí yo que la Madre de Dios me adoptara por Hijo al pie de la Cruz? ¿Cuándo merecí yo que padeciera por mí tanta soledad?  Pues ¡Oh verdadera Madre de amor! Y ¡Oh verdadero amor de Madre! Yo, la criatura mas indigna, acudo de corazón al mérito de vuestra soledad, para asegurar mi salvación. Ofreced Señora, por mis culpas, de ese mar hermoso de vuestras lágrimas una sola gota, pues una lágrima vuestra vale más que todos los méritos de los santos en la presencia Divina. Alcánzame Señora, lo que pido en esta novena, hacedme esta gracia, y recibe mi vida y mi alma por tuya, que no quiero más vida ni más alma que para amar y servir a vuestro Hijo Jesús, y a vuestra Majestad en la tierra, serviros y amaros en la gloria. Amén.
Una Ave María y Gloria Patri.

ORACIÓN
Oh benignísimo Jesús, que tanto aprecio hiciste de las lágrimas de tu purísima Madre que las debate impresas en tu sepulcro para siempre! por sus lágrimas preciosísimas te ruego me des eficaces auxilios cara que yo las tenga impresas toda mi vida en mi pecho, y que solo vean mis ojos las lágrimas de mi arrepentimiento con mía eficaz contrición de haberte ofendido, para que viviendo y muriendo en tu gracia, viva a los pies de María Santísima en tu gloria. Amén.





DÍA SEGUNDO
CONSIDERACIÓN
¡Oh alma mía! considera que, viendo el noble José a la Reina del cielo tan desamparada y sola en aquel triste campo, postrada a sus pies le dijo: Señora, puesto que a tu desamparo y soledad se llega el ser tan pobre, que ni aun propia habitación tenéis en esta ciudad, te pido por el amor de tu Hijo y mi Maestro, te dignes de venir a mi casa, siquiera por esta noche, y me darás la dicha de honrarme y el gusto de merecer servirte. Y oyendo esta Señora tan piadosa atención, con sabia humildad le respondió su discreción, yo os agradezco el deseo que tenéis de ampararme, y recibiera con todo amor tus favores, pero por disposición de mi Hijo Jesús estoy encomendad a su amado apóstol Juan, el me hará la caridad de cuidar de mí. Y convencidos sus deseos con tan alta razón, dándole la Virgen la dulce bendición de su amable natural, se despidieron, llevándola estampada en su corazón. Y llenando cono triste tórtola aquel solitario campo de modestos llantos y gemidos, se lamentaba en este amoroso:

SOLILOQUIO
Si según su merito he de llorar yo a mi difunto Hijo ¿Quién dará fuentes de lágrimas a mis ojos, y mares a mi cabeza para llorar estos tres días? ¡Oh difunto Hijo de la más dichosa madre! No te puedo llorar como mereces ¿Qué madre tuviera a Dios por hijo que no se deshiciera en llanto? Si toda mi alma se transformara en penas, si todo mi cuerpo se convirtiera en lágrimas, aun fuera muy poco para tu merecimiento. Ayudadme, discípulo amado, ayudadme mujeres piadosas, ayudadme ángeles y hombres, ayudadme a llorar la pasión y muerte de mi Hijo Dios, y luego, después lloradme a mi que me ha puesto en tan lastimosa soledad.

ORACIÓN
Oh Jesús mío, verdadero Dios y verdadero hombre, que tanto aprecio hiciste de lo que padeció tu Madre, que te dolió más lo que padeció esta Señora, que lo que tú padeciste! Pésame que por mis culpas se viese tu inculpable Madre en tanta soledad. Y te ruego me des compasión verdadera de todo lo que padeció esta Señora, y que la adoren y amen todas las criaturas en la tierra, para verla y amarla contigo en tu gloria. Amén.




DÍA TERCERO
CONSIDERACIÓN
¡Oh humano corazón! Considera que viendo el Evangelista San Juan que se llegaba la noche, le dijo a esta desconsolada Madre: no dudo, Señora lo sensible que te^ será ausentarte del sepulcro, donde yace el cadáver de tu amado, y retirarte del calvario que regó con su última sangre mi Maestro: pero ni es decente a tu honestidad perseverar aquí, ni conveniente que entremos anochecido en Jerusalén: y así te ruego hagas a Dios este nuevo sacrificio, que a no ser preciso no te persuadiera este quebranto. Vamos, Señora y Madre mía, a mi casa, que es obligación mía mirar por tu importante vida; y cuantos te miraren tan descaecida y necesitada, culparán mi cuidado, sino te procuro algún alivio. El deseo de obedecer María Santísima a San Juan, dio algún aliento a su corazón, y abrazándose con el sepulcro, se despidió con este tiernísimo:

SOLILOQUIO
Oh Hijo de mis entrañas Jesús! ya me es preciso el irme de aquí. ¡Pero qué digo! ¿cómo es posible el irme, si es dejarte? ¿qué embarazo hallas en que yo me muera? Si ya se acabó tu pasión y tu vida, acábese también la mía arrimada a esta piedra y darás a mi cuerpo la honra de enterrarme junto a tu sepulcro; pero, Hijo y Dios mío no quiero la muerte, si tú quieres que yo en tanta soledad viva; pues siendo tu querer el mejor, a este se rinde gustosa mi voluntad. ¡A Dios Hijo mío, Jesús! ¡A Dios, Hijo de mi corazón! A Dios pido resucites con presteza para que resucite mi alma. Y ¡oh sepulcro del más hermoso cielo! ¡A Dios, tesoro del cadáver más rico! ¡A Dios relicario del más bello cuerpo! quédate en paz, glorioso con mi Jesús, mientras yo voy a llorar, mi soledad.

ORACIÓN
¡Oh Maestro mío Jesús, que puesto en el sepulcro me enseñaste a morir por tu amor, y a sepultarme a todas las cosas del mundo! Por aquel dolor con que María Santísima en el sepulcro se despidió, que no me permitas me retire yo un instante de tu santísima voluntad, ni que jamás se aparte de mi memoria de tu muerte y pasión, para que, obrando siempre conforme a tu beneplácito, viva justo, muera santo, y reine contigo y María por los siglos de los siglos. Amén.




DÍA CUARTO
CONSIDERACIÓN
Considera que temiendo San Juan pues al despedimiento del sepulcro, falleciese la Virgen de dolor, llegó y levantó a su majestad, y ayudada de todos se encaminó a donde estaba la Cruz en el calvario, adoró aquel sacrosanto madero, y llevándola de la mano las Marías, o mejor decir, dándole su mano a la divina omnipotencia, empezó a bajar las sendas de su dolor, quería andar y no podía su amor, quería quedarse y era imposible, quería irse, y no veía por donde, no quería pisar  aquella tierra bendita que regó su Hijo con su sangre preciosa, y mirándola en el suelo tan pisada decía: ¡Oh Sangre de mi Dios! Si los ángeles te adoran ¿Cómo los hombres te pisan? Y llegando al sitio donde perdió de vista el calvario, aquí fue el resto de sus sentimientos, pues volviéndose a su sepulcro, prorrumpiendo su corazón en vivos llantos, decía este amoroso:

SOLILOQUIO
Oh vosotros que andáis el camino del dolor ¿A dónde me lleváis? ¿Dónde me cabe que yo me aparte de aquí? ¿Qué dirá de mi corazón mi alma, si yo lo pierdo de vista?  ¡que dirá de mi el Padre Eterno, que me aparto del cadáver de su unigénito Hijo? ¿Qué dirá la eterna sabiduría de que dejó sola en el sepulcro la carne que tomó en mis entrañas? ¿Qué dirá de mi amor el Espíritu Santo, que dejo solo el cadáver mas precioso? ¿en que se conocerá que soy la Madre del mejor Hijo? ¡yo a tomar descanso y mi Dios en el sepulcro!  ¡Mi Jesús en una obscura soledad y yo entrarme en Jerusalén! ¿Qué Madre soy? ¿Qué amor le tengo, es mi cariño que mi descanso, primero es mi honra que mi vida, pues vuelva yo al calvario, y persevere de noche y de día en el sepulcro, hasta que mis ojos lo vean resucitado. Pero si por disposición del Altísimo ha de ser mi alma mártir en todo, séalo también en perder de vista el sepulcro. Vamos a mi mayor soledad, que en hacer ya siempre la voluntad de mi Dios, consiste mi honor, mi amor y mi maternidad.

ORACIÓN
¡Oh Salvador del mundo! Por el dolor y sentimiento con que bajaba María mi Señora el camino del calvario, te suplico me pongas a mí en el camino de la perfección del cielo, y que de tal forma baje yo la senda de la humanidad, que se borre de mi corazón toda sombra de altivez. Por aquellos sentidísimos pasos que dio esta Señora con tanta debilidad no permitas que ninguna alma borre el camino de cruz, hasta llegar a la casa del Señor, donde vives y reinas con María por infinitos siglos. Amen.





DÍA QUINTO
CONSIDERACIÓN
¡Oh compasivo corazón! Considera que, entrando la Virgen por Jerusalén, los modestos sollozos que respiraba, las silenciosas lágrimas que vertía, y lo ensangrentado del manto y ropa que llevaba, iba diciendo quién era, y cuantos la miraban decían: ¡Oh cuánta injusticia se ha cometido hoy en Jerusalén contra esta Señora y contra su Hijo Jesús! Tal iba esta Señora, que solo de mirarla podía enternecer las piedras: hasta la dura obstinación judaica se compadecía de verla. Salían de sus casas las doncellas y señoras de Jerusalén solo por ver tan hermosa soledad. Y enternecidas de lástima, unas la convidaban a llevársela consigo; otras le ofrecían alimento, y muchas le acompañaron hasta que llegó a la casa de San Juan, donde con cortesía y amor le agradeció a toda aquella caridad, y dándole las gracias a las piadosas Marías se les ofreció por su sierva toda su vida; y reconociendo ellas tal favor, besándole la mano le pidieron descansase un poco, y tomase algún alimento; a lo que respondió la Reina del cielo: Mi descanso y alimento ha de ser ver a mi Hijo resucitado: vosotras, carísimas de mi corazón, satisfaced vuestra necesidad: y haciéndoles una humilde inclinación, se retiró al más retirado aposento, a sentir más a solas su soledad. Y viéndose entre aquellas pobres paredes, puestos sus ojos en el suelo, cruzadas sus purísimas manos, entre suspiro y suspiro, decía este tiernísimo:

SOLILOQUIO
¡Oh dulcísimo Hijo mío Jesús! ¿Dónde estás? ¿Cómo ya no te veo, y cómo sin verte vivo? ¿Sepultado mi Hijo Dios, y yo sin morir? No lo creyera de mi corazón. ¡Oh Juan, discípulo amado, muéstrame a tu divino Maestro! ¡Oh Magdalena! ¿Dónde está aquel amabilísimo Jesús que tanto amabas? ¡Oh parientas mías, María Cleofás y María Salomé! ¿qué se ha hecho vuestro pariente Jesús? Murió todo nuestro gozo, y murió en una afrentosa cruz: murió atormentada de espinas su cabeza, clavados sus pies y manos, alanceado su pecho, desnudo y desamparado de todos. ¡De qué hombre, por malísimo que haya sido, se lee tal vilipendio! ¡Oh Hijo mío! Anoche te prendieron, esta mañana te azotaron y sentenciaron; a medio día te crucificaron; esta tarde te vi muerto y sepultado, y ahora tan lejos de mí, que aún no puedo ver tu sepulcro. ¡Oh qué bien dijo el profeta, que mi amargura había de pasar a amarguísima! Porque ¿qué amargura más amarga que esta soledad y memoria?

ORACIÓN
¡Oh Redentor de las almas; que diste vida a la muerte con la muerte de tu vida! Por aquellos pasos que desanduvo esta Señora bajando la calle de la Amargura, lavando coa sus lágrimas vuestra sangre derramada, viendo donde cayó vuestra Majestad, en donde os arrastraren, donde os encontró y miró con sus tiernísimos ojos; es suplicó me deis verdadero conocimiento, y gobernéis mis pasos: par que siguiendo en esta vida vuestras pisadas, camine a la gloria, donde con el Padre y el Espíritu Santo, para siempre vives y reinas
Amén,





DÍA SEXTO
CONSIDERACIÓN
¡Oh corazón mío! considera a la Reina del cielo en un total desamparo, sin Hijo, sin Esposo sin Padre, sin madre, pobre, afligida, y en tierra extraña. Si tuviera esta Señora en su Soledad a su dichoso Padre Señor San Joaquín, viviera su amabilísima Madre Señora Santa Ana, ya tuviera a quien volver la cara y algún alivio en su pena: y ya que le faltaban sus padres: si viviera Señor San José; su dignísimo esposo, y a tuviera un tan leal corazón con quien partir su dolor, y acompañar su soledad; pero huérfana de los mejores padres del mando, viuda de tan santísimo esposo, muerto el mejor hijo de todos los nacidos, destituida de todo humano consuelo, ¿cómo podía esta Señora vivir en tal soledad? Con esta consideración, dice San Efrén, clamaba la Reina del cielo este sentidísimo:

SOLILOQUIO
Oh Jesús de mi corazón! mira mi pobreza y soledad: ni tengo casa donde parar mi decencia y la tuya recoger mi pobre persona, ni tengo donde reclinar la cabeza, ni me han quedado padres a quien volver la cara, ni tengo a mi celestial esposo que con su justo trabajo nos buscaba a ti y a mí el alimento. La orfandad de mis padres Señora Santa Ana y Señor San Joaquín, la pudo suplir mi esposo José. La viudez de mi esposo José no me era penosa viviendo tú, mi Jesús; pero muerto tú, mi Jesús, que eres mi Padre, mi Esposo, mi Hijo y mi Dios, ¿cómo he de vivir en tanta desamparo, pobreza y soledad? Pero ¡o Jesús de mi corazón! amo por toda mi vida la virtud de la pobreza, venero y adoro tu sabia providencia divina, que sabiendo esto no excusaste privarme de tan dichosos padres y de tan feliz esposo. Y te ruego por esta orfandad y viudez, resucites presto para alivio de mi soledad.

ORACIÓN
¡Oh amabilísimo Jesús, que con tu infinito poder diste a la Virgen tan invencible valor en su soledad, para sentir y llorar tu muerte y pasión! Te pido, Señor, que sienta mi alma lo que en su soledad sintió esta Señora. Siento que no sean mis ojos mares de lágrimas para satisfacer en algo mis culpas, que ocasionaron en el corazón de María tanta pena; y te ruego por la soledad de la Virgen, seas misericordiosísimo Padre en la soledad de mi muerte, y que en los últimos desamparos de mi vida esté a mi lado esta Señora, para cantar a tus pies eternamente la gloria de la soledad de María. Amén.




DÍA SÉPTIMO
CONSIDERACIÓN
¡Oh alma mía! Considera que al punto que entró en su retiro la afligidísima Madre de Dios, llamando al Señor San Juan, puesta de rodillas a sus pies, le dijo con humildad: Amado Discípulo de mi Jesús, razón es cumplir las palabras que mi Hijo Dios nos habló desde la cruz: su dignación te nombró por hijo mío, y a mí por madre tuya; tú eres Sacerdote del Altísimo; por esta gran dignidad es razón que yo te obedezca en todo cuanto hubiere deshacer; y desde ahora quiero que me mandes, pues toda mi alegría es a en obedecer basta la muerte. A que respondió el Apóstol: Señora y Madre mía; yo soy quien ha de estar obediente a tu voluntad, porque el nombre de hijo no dice autoridad sino rendimiento; el mismo que a mí me hizo su sacerdote, te hizo á ti su dignísima Madre y estuvo siempre sujeto a tu obediencia, siendo el sumo Eterno Sacerdote de la gloria. Hijo mío, Juan, respondió es a Señora: yo en esta vida siempre he de tener superior a quien rendir mi parecer- para esto sois ministro de Dios, y como tal me debes dar este consuelo en mi soledad. Hágase, Madre y Señora mía, tu voluntad, respondió el Apóstol, pues en ella aseguro todo mi acierto. Y sin más palabras le pidió la Señora licencia para quedarse sola, y soltando el mar amargo de su alma, repasaba los misterios de su hijo tiernísimo:

SOLILOQUIO
¡Oh Hijo de mis entrañas, Jesús! ¿Qué para tal muerte y pasión te concebí, le parí y te crie? Con gusto hemos conversado en esta vida, a nadie hemos agraviado fielmente me has atendido y yo con toda fidelidad te he servido como a mi Hijo Dios verdadero. Pero ¿porque motivo los cruelísimos judíos te crucificaron? ¿qué causa diste para que te dieran tan afrentosa muerte? cometiste alguna maldad para que te sentenciasen así? No, hijo amabilísimo dignación tuya ha sido redimir tan á costa luya y mía al género humano, dejándoles a mares la doctrina y los ejemplos. Gustosísima me ha sido esta redención de que puedo recibir los plácemes por la gloría que se sigue a Dios y a los hombres.

ORACIÓN
¡Oh Jesús mío, que diste gustoso la vida porque no se pierdan las almas! reconocidos a lo poco que merecen nuestras súplicas y a lo mucho que vale la soledad de la Virgen en tu presencia, te pedimos mires sus hermosísimos ojos, y no permitas que con nuestra vista te desagrademos. Mira, Señor, aquel traspasado corazón tan conforme con tu voluntad, y concédenos una total resignación en ti: mira aquel anhelo por verte resucitado, y danos una final penitencia, para verle y amarte con María en la gloria. Amén.




DÍA OCTAVO
CONSIDERACIÓN
¡Oh alma mía! considera que al paso que corría la noche sus horas, crecía el mar de congojas en el corazón de María; y entrando el Evangelista y las piadosas Marías á consolar a su solitaria reina, y procurarle su vida, solicitaban tomase algún alimento para mantener su cuerpo y dar ejemplo á todos los afligidos. Mas si estaba muerto su gusto ¿cómo había degustar el alimento? Si solo eran sus manjares las lágrimas, no era dable que buscase algún alivio. No es de creer que quien tan fina sentía, ocurriese a los comunes auxilios; y así ni aun cabe el imaginar que se recogiera a dormir un rato la que estaba con todo su pensamiento en el calvario y en las llagas de su Hijo. ¿Cómo es posible se acostará a descansar en el lecho la que no veía a su celestial descanso? Sentada y desvelada gemía, lo que para ser debidamente llorado pedía un llanto infinito, diciendo en triste:

SOLILOQUIO
¡Oh Nazareno mío, que dabas consuelo a los vivos, y dabas vida a los muertos! ¡oh gran Profeta, poderoso en obras y palabras! ¿qué hiciste para que los judíos te crucificaran? ¿Son estas las gracias que dan a tus buenas obras? ¿es esta la paga de tu verdadera doctrina? ¿es este el premio que dan a la virtud y milagros? ¿tanto han podido las manos de los hombres contra su humanado Dios? ¿á esto ha llegado la maldad del mundo? ¿á tanto ha llegado la malicia del demonio? ¿á tanto ha llegado la bondad y clemencia de mi Hijo? ¿tan grande es el aborrecimiento que tiene Dios al pecado? ¿tan grande es el rigor de la divina justicia? ¿en tanto estima Dios la salvación de las almas? ¡Oh Hijo de mi corazón, Jesús! Mira como estoy en mi soledad, ten misericordia de mí; apresura tu resurrección, mira que voy a toda prisa a espirar.

ORACIÓN
¡Oh Jesús mío, y qué noche tan sola le hicieron pasar a María Santísima mis culpas! Por aquel dolor que sintió cuando vió amanecer el sábado, y que aún no salía del sepulcro su sol divino Jesucristo, te ruego no rae hagas cargo de lo mal que he usado de la luz del día para ofenderos. Y por aquella tenebrosa noche que pasó tan sola la Virgen, te pido me restituyas a la luz de tu divina gracia, y no me dejes caer en la oscuridad de la culpa para que, sirviéndote con fidelidad en este mundo, te sirva a los pies de María Santísima en el cielo. Amén.




DÍA NOVENO.
CONSIDERACIÓN
Considera que, amaneciendo el sábado, estando la Madre de Dios en la media noche de su. soledad, como a las cuatro de la mañana entró cuidadoso el Evangelista á saladar a su solitaria Reina, y puesta la Señora de rodillas, le pidió su bendición, y le dijo saliesen a recibir a San Pedro, que ya venía a buscarla tan lloroso como arrepentido. Y entrando San Pedro, arrojándose a los pies de la Madre de la gracia, le dijo: Pequé Señora, pequé delante de Dios, negando tres veces a mi Maestro Jesús. No pudo hablar más, oprimido de lágrimas de lo íntimo de su corazón. Y la prudentísima Virgen, puesta de rodillas, le dijo: Pidamos perdón de tu culpa a mi Hijo, tu divino Maestro. Hizo María Santísima oración por el Apóstol: y alentándolo con las dulces palabras de su misericordia, confirmó a San Pedro en la verdadera esperanza. Y repasando todos los misterios de nuestra redención, se encendía más y más el dolor de su corazón, viendo con su ilustrado entendimiento las muchas almas que se habían de condenar en todo el mundo, y si poderse ir a la mano en el sentimiento, con lágrimas y suspiros de lo íntimo de su pecho, decía este sentidísimo:

SOLILOQUIO
¡Oh Redentor del Mundo, que no pudiendo todas las criaturas posibles destruir el pecado, bajaste del cielo para con tu muerte destruirlo! ¿y que ha de haber criaturas tuyas que desprecien tu preciosísima Sangre? ¿Qué, no se han de salvar todos, cuando por salvar a todos has muerto? ¿Qué, lo que padeciste por salvarlos les ha de servir a muchos de mayor tormento? ¿Qué, muchos de los que mi Hijo Dios me dio al pie de la cruz por Hijo adoptivo, han de ir a ser esclavos eternos del demonio? ¡Oh Hijo de mi corazón, Jesús! ¿Cómo yo estoy en esta soledad viva, sabiendo que hay almas por quienes has derramado en vano tu sangre preciosa? Sábete, Hijo mío Dios, que lo que dejo en esto de sentir es porque no puedo sentirlo más.


DEPRECACIÓN PARA EL ÚLTIMO DÍA
¡Oh amabilísima Madre de todos los pecadores! Que pasando aquel tristísimo día del sábado, día señalado a la pasión, por ser todo el día de tu soledad, entrando en la segunda noche repasando a solas los misterios de nuestra redención, engrandeciendo las infinitas obras de tu Hijo Dios, los ocultos juicios de su alta sabiduría, la nueva Iglesia que con tanta gracia y hermosura dejaba fundada, la felicidad de todo el género humano, la inestimable suerte de los predestinados, la formidable desdicha de los réprobos, que de tanta gracia y gloria por su voluntad se hacían indignos. Después de la media noche entró el Arcángel San Gabriel y postrándose a tus pies, te saludó por Reina de toda alegría, como en otra ocasión por Reina de la gracia, y entre muchos coros angélicos, éntrelos Patriarcas y Profetas antiguos, aliados de tus dichosos padres y de tu purísimo esposo, viste a tu Hijo Jesús resucitado, más hermoso y glorioso que todos juntos, para honor del cielo, para consuelo del mundo, para confusión del infierno, para triunfo y victoria de Jesús, y para gloria de tu soledad; pues arrodillándote a sus divinos pies, levantándote a sus divinos brazos el Señor comunicó a tu alma toda su gloria, digno premio y honor a tu soledad santísima. Pues ¡oh Madre y Señora nuestra! avivad en nuestras almas el amor de tu soledad, para que, acompañándote aquí en los desconsuelos, te acompañemos en los eternos gozos. Y por los méritos de tu soledad por la pasión y muerte de Jesús, por la alegría de su resurrección, te pedimos el aumento de nuestra Madre la Iglesia, la extirpación de todas las herejías, la paz y concordia entre los príncipes cristianos, la libertad de los pobres cautivos, luz dará los que viven ciegos en el pecado, la gracia para los vivos, y la gloria para las benditas almas del purgatorio. Amén.






CANCIÓN DEVOTA
En reverencia de los dolores de María Santísima, sin trovar la Salve de la Iglesia

Salve Virgen pura,
Dolorosa Madre,
Salve, Virgen bella.
Madre Virgen, salve.


Salve, compasiva
Virgen admirable
Mar de amargas penas
Y dulces piedades.

Un nuevo martirio
Mis culpas añaden
A tu dolorosa
Alma inconsolable.

Mis yerres hirieron
Tu corazón grande,
Que infunde en los nuestros
Alientos vitales.

Enferma de amores,
Con flores punzantes,
De la pasión rosas,
Quieres aliviarte.

Flores de alabanza,
Nuestro afecto amante
Mezcla con tus penas
Y espinas letales.

Sean tus martirios,
Dolorosa Madre,
Vida con que mueran
Las culpas mortales.

A las malas almas
Tus dolores sanen,
Y en ellos las buenas
Sus mejoras hallen.

Y pues tus angustias
Tanto ante Dios valen.,
Por ellas pedimos
Nuestra gloria alcances.

¡Oh amor de amarguras
Nuestras voces clamen,
Y ampara a las almas
Que esta salve te hace.

¡Oh clemente! ¡Oh pía!
¡Oh cándida ave!
¡Oh triste María!
Salve, Salve, Salve.










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