lunes, 25 de mayo de 2020

QUINCE SÁBADOS A LA VIRGEN DE LOURDES



EJERCICIOS PIADOSOS PARA LOS QUINCE SÁBADOS EN HONOR DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Buenos Aires, Argentina. 1926


ACTO DE CONTRICIÓN

Santísima Virgen de Lourdes, Soberana Princesa de cielos y tierra, Hija dignísima del Padre, Madre Purísima del Hijo, sacratísima Esposa del Espíritu Santo, templo y hermosísimo Sagrario de la Trinidad; Señora, porque sé el gusto que recibes de que los pecadores se arrepientan de sus culpas, digo que me pesa una y mil veces de haber ofendido a Dios y sólo por ser quién es, espero que me ha de recibir en su gracia y por tanto, detesto con toda mi alma toda ocasión de pecar; quiero y propongo firmemente confesar mis faltas y con vuestro auxilio no dudo de conseguirlo. Y, para alcanzar este favor, os presento mi pobre obsequio, unido con la Sangre de Jesús y vuestros altísimos merecimientos; para que así sea agradable el Padre Eterno a quien os ruego lo presentéis, para que por el amor de su Hijo Jesucristo Nuestro Señor, me mire con ojos de piedad y misericordia. Amén.


ORACIÓN

Santísima Virgen de Lourdes, Reina de los cielos, Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Señora del mundo, que a ninguno desamparas ni desechas, mírame con ojos de piedad y alcánzame de tu Hijo perdón de todos mis pecados para que con devoto afecto celebre tu santa e inmaculada Concepción, en tu milagrosa imagen de Lourdes y reciba después el galardón de la bienaventuranza del mismo de quién eres Madre, Jesucristo Nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


¡Oh, Señora de Lourdes! que amáis particularmente el privilegio de vuestra Inmaculada Concepción, pues éste fue el título con que os disteis a conocer a Bernardita en la Gruta milagrosa. Obtenedme la gracia de honrar este singular privilegio, principalmente con gran pureza de conciencia y ejercicio de las demás virtudes.

Os ruego me obtengáis la paz del alma y la salud del cuerpo y la gracia de emplearla sólo en vuestro servicio y en el de vuestro Divino Hijo. Tres Avemarías

¡Oh, Señora Nuestra! Virgen pura e Inmaculada, obtenedme la virtud de la castidad y la gracia de recurrir a Vos en mis combates. Tres Avemarías

¡Oh, Madre mía! os pido que me deis un amor ardiente y una devoción grande hacia Vos. Inspiradme lo que deseáis que haga para honraros y alcanzadme la gracia de seros fiel hasta el fin de mi vida. Tres Avemarías

Se alienta la confianza y se pide a María Santísima la gracia particular que se desea conseguir.

En seguida se rezan tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias, con las invocaciones:

 

-Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros.

-Refugio de los pecadores, ruega por nosotros.

-Salud de los enfermos, ruega por nosotros.

 

INVOCACIÓN

¡Oh dulce María!

De Lourdes Señora,

Sin par protectora

Del triste mortal.

 

A Vos recurrimos

Los hijos de Adán.

 

Estrella luciente,

Aurora del día,

Vos sois, Madre mía,

Del alma el imán.

 

Cándida azucena

Purpurina Rosa,

¡Oh, Virgen graciosa!

Madre de piedad.

 

Fuente cristalina

De salud y vida

Del alma afligida

Madre de piedad.

 

Mostrad ser la madre

Del Amor hermoso,

Dadnos el reposo

De la eterna paz.

 

Por Vos suspiramos

En este destierro,

Romped ya el hierro

Venced a Satán.

 

ORACIÓN: ¡Oh Dios! que, por la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, preparasteis a vuestro Divino Hijo una digna morada, preservándola de toda mancha por los méritos de la pasión de este Hijo: Vos que habéis querido escoger la Gruta de Lourdes para hacer honrar allí especialmente ese glorioso privilegio de vuestra Madre y demostrar la eficacia de sus ruegos, dignaos purificarnos de nuestras manchas y hacernos llegar a vuestro reino por los méritos de su intercesión. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.


ORACIÓN

Bendita seáis, Virgen purísima, pues os habéis dignado aparecer hasta diez y ocho veces, toda resplandeciente de luz, dulzura y belleza en la Gruta de Lourdes, y decir a la humilde e inocente niña que en éxtasis os contemplaba: “Soy la Inmaculada Concepción”. Bendita seáis, por los extraordinarios favores que no cesáis de dispensar en ese lugar. Por vuestro corazón de Madre ¡oh María! y por la gloria que os ha tributado la Santa Iglesia, os suplicamos que realicéis las esperanzas de paz que ha hecho abrigar la proclamación del dogma de vuestra Inmaculada Concepción.

 

FELICITACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

¡Oh Inmaculada María!, uno mis alabanzas a los cantos de la Ángeles del cielo, de los justos de la tierra, y os felicito mil veces por el sublime privilegio de vuestra Concepción sin mancha. Doy gracias a la Beatísima Trinidad, por el regocijo difundido en la Santa Iglesia por la solemne declaración de este adorable misterio como dogma de fe. Os ruego por el Soberano Pontífice, por la exaltación de la Fe, la destrucción de los errores, la conversión de los pecadores, la reforma de las costumbres, la prosperidad de las misiones católicas, el bautismo de los niños, las almas queridas del Purgatorio, y sobre todo por aquellos que os ofrecen el tributo de esta felicitación, y por nosotros unidos aquí para congratularos. Alcanzadnos que nos reunamos también en el cielo para cantar sin fin el misterio de vuestra Inmaculada Concepción. Amén.

 


OCTAVARIO A JESÚS RESUCITADO



DEVOTO OCTAVARIO A CRISTO RESUCITADO

Compuesto por R. P. Félix Sardá y Salvany. Presbítero

Barcelona. 1878.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

¡Divino Jesús, que en el adorable Sacramento estáis vivo y glorioso como salisteis del sepulcro el día de vuestra Resurrección! Aquí nos tenéis en vuestra presencia, contritos y humillados, bajo el peso de nuestras culpas, para pediros perdón de ellas y la gracia de vuestra infinita misericordia en favor de nuestros hermanos. Pésanos de todo corazón haberos ofendido. Sed con nosotros piadoso, bondadosísimo Jesús, y por los méritos de esas llagas que habéis querido conservar impresas en vuestro Cuerpo resucitado, alcanzadnos del Padre celestial el fruto que deseamos de este devoto Octavario. Amén.

 

DÍA PRIMERO

SOBRE LA APARICIÓN DE JESÚS RESUCITADO A MARÍA SANTÍSIMA

Enseña una piadosa tradición, y no lo contradice el sagrado Evangelio, que la primera visita la hizo Jesús resucitado a su Madre benditísima. Razón era fuese ella la honrada con esta distinción, como quien más de cerca había participado de las angustias del Calvario y con más perseverancia había rogado por la Resurrección de su Hijo. Sabiendo que al tercer día debía realizarse este feliz acontecimiento, estaba la celestial Señora recogida en su habitación la madrugada del domingo, entregada a fervorosas súplicas y suspirando por el dichoso momento de abrazar de nuevo al objeto de sus ansias, el dulcísimo Jesús. Cuando he aquí que de repente brillantes resplandores inundan aquel humilde aposento, y Jesús, el mismo Jesús de sus amores, radiante de gloria, esplendorosas como cinco soles las cinco llagas de su cuerpo, se presenta ante sus ojos. Dos solas palabras interrumpen el silencio de aquellos solemnes momentos. ¡Madre! ¡Hijo! y junto con ellas vuelan de corazón a corazón, mutuos encendidos afectos de júbilo y de amor. ¡Afortunada Señora! no es ya aquella triste entrevista que tuvisteis con Él antes del jueves de la Cena, cuando os pidió licencia y bendición para ir a padecer; ni es aquella otra sobre toda ponderación dolorosísima que despedazó vuestro corazón en la calle de la Amargura. Ni es aquella voz moribunda con que le oísteis confiaros desde la cruz al discípulo fiel, o quejarse de sed, o encomendar al Padre eterno su espíritu. Es vuestro Hijo glorioso, inmortal, vencedor ya de todos sus enemigos, triunfante de la muerte y del pecado para no padecer ni morir ya más. Gozaos, Madre feliz, en tal Hijo, y recibid por Él y por Vos nuestros plácemes y enhorabuenas: pero acordaos que sois también nuestra madre, y que lo sois de consiguiente de muchos hijos que no han resucitado todavía, por medio de la Confesión y Comunión pascual, del sepulcro de la culpa. Orad por su resurrección como orasteis por la de vuestro divino Jesús. Haced que como a Vos os apareció en tal día, así se aparezca también a estos desventurados, llame a su corazón, los alumbre con su luz y los saques de las tinieblas del pecado a la claridad hermosa de la divina gracia. Hacedlo, Virgen santa, por esta que fue la mayor y más singular de todas vuestras alegrías. Amen.

Aquí se meditará un rato, y con mucho fervor se pedirá a Jesús resucitado la conversión del alma o almas de nuestra particular intención.


I.

Adoro, Jesús mío, vuestro sacratísimo Cuerpo resucitado y glorioso, y en particular la llaga de vuestro pie izquierdo; pidiéndoos por ella la conversión de los que no se han acercado todavía a vuestros santos Sacramentos por falta de fe. Padre nuestro, Ave María y Gloria.

II.

Adoro, Jesús mío, vuestro sacratísimo Cuerpo resucitado y glorioso, y en particular la llaga de vuestro pie derecho pidiéndoos por ella la conversión de los que no se han acercado todavía a vuestros santos Sacramentos por falta de confianza en vuestra bondad. Padre nuestro, Ave María y Gloria. 

III.

Adoro, Jesús mío, vuestro sacratísimo Cuerpo resucitado y glorioso, y en particular la llaga de vuestra mano izquierda; pidiéndoos por ella la conversión de los que no se han acercado todavía a vuestros santos Sacramentos por falta de amor a Vos.  Padre nuestro, Ave María y Gloria.

IV.

Adoro, Jesús mío, vuestro sacratísimo Cuerpo resucitada y glorioso, y en particular la llaga de vuestra mano derecha; pidiéndoos por ella la conversión de los que no se han acercado todavía a vuestros santos Sacramentos por vergüenza de sus pecados. Padre nuestro, Ave María y Gloria.

V.

Adoro, Jesús mío, vuestro sacratísimo Cuerpo resucitado y glorioso, y en particular la llaga de vuestro costado; pidiéndoos por ella la conversión de los que no se han acercado todavía a vuestros santos Sacramentos por temor a las burlas del mundo. Padre nuestro, Ave María y Gloria.

 

ORACIÓN FINAL

¡Amorosísimo Jesús! por estas llagas que en vuestro Cuerpo sacratísimo quisisteis conservar aún después de la Resurrección en prenda y memoria del amor que os movió a padecer y morir por nosotros, os suplicamos por la enmienda y perdón de los desgraciados pecadores que redimisteis a costa de vuestra sangre. Infundid en sus corazones vivo conocimiento de su mal estado; inspiradles firme confianza en la seguridad de vuestra misericordia; no menos que saludable temor a los rigores de vuestra justicia, a fin de que como hijos pródigos vuelvan arrepentidos a Vos que sois su dulce Padre. Purísima Virgen María, Madre de Dios y de los pecadores, alcanzadnos de vuestro Hijo esta gracia. Y por la alegría que tuvisteis en su Resurrección concedednos el consuelo de ver resucitados por medio de una buena confesión a tantos hermanos nuestros hoy apartados de ella, para tener después la dicha de reinar juntos con vuestro Hijo y con Vos por toda la eternidad en el cielo. Amén.

 

 

DÍA SEGUNDO

SOBRE LA APARICIÓN A LA MAGDALENA

La pecadora pública que había acompañado al divino Salvador en el duro trance del Calvario y había permanecido firme al pie de la cruz al lado de María santísima en aquella hora angustiosa, debía ser también una de las primeras favorecidas con la visita del Señor resucitado. El arrepentimiento es a los ojos de Dios una segunda inocencia. Así quiso mostrarlo el divino Jesús cuando, después de haberse aparecido a su divina Madre, purísima e inocentísima entre todas las mujeres, se dignó otorgar igual consuelo a María Magdalena, que había escandalizado con sus desórdenes a toda la ciudad. Estaba María Magdalena fuera del sepulcro llorando por no hallar en él el cuerpo de Jesús, al que venía a tributar los últimos obsequios, cuando reparó en dos Ángeles que alegres y risueños le preguntaron : «Mujer, ¿por qué lloras?» Respondió ella: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo pusieron.» Cuando he aquí que volviéndose vio a su lado un hombre, y pensando que era el hortelano o dueño de aquel huerto, le dijo: «Señor, si tú te lo llevaste, dímelo, y yo lo iré a buscar.» Entonces aquel hombre, que no era otro que el mismo Jesús, le dijo con acento entrañable: «¡María!» Y al oír aquella voz amada reconoció la Magdalena a su dulce Jesús, y cayendo a sus pies no tuvo aliento más que para exclamar: «¡Maestro mío!» ¡Oh breve pero elocuente diálogo del amor! Considera cuál sería el júbilo interior de aquella alma dichosa, viendo por tan sorprendente manera realizado el objeto de sus ardientes deseos. Buscábale muerto, y le tenía allí vivo: lo pedía a los Ángeles para ungirlo piadosamente, y El mismo se le presentaba para que, como en otro tiempo, derramase sobre sus pies el tesoro de sus lágrimas. ¡Oh dulzuras inefables del arrepentimiento y del retorno a Dios! ¡Oh Dios mío y bien mío! ¡si os conociesen tan blando y tan amoroso como sois los que de Vos viven alejados por la culpa! Llamad, Dios mío, llamad con esa vuestra voz dulce y cariñosa a tales almas olvidadas de Vos en el ruido del mundo o en el sueño de sus placeres; llamadlas, oh buen Jesús, con aquel tan dulce llamamiento con que os descubristeis en tal ocasión a vuestra enamorada Magdalena; y os conocerán, Dios mío, por lo que sois ahora, padre, esposo , amigo fiel, solícito pastor, luz y consuelo de nuestra vida, y no tendrán que conoceros por lo que habéis de ser un día, Juez airado, riguroso Señor, vengador justiciero. Haced que os reconozcan, Dios mío, disfrazado en cierta manera en la persona de vuestros ministros, que son los hortelanos y cultivadores de vuestro huerto; que vean en ellos vuestra santa autoridad, vuestra dulce mansedumbre, vuestra sin par misericordia. Que acudan a una santa Confesión y Comunión los rebeldes y los distraídos, y nunca más se separen de vuestro amoroso rebaño. Amén.

 


DÍA TERCERO

DE LA APARICIÓN A SAN PEDRO

Pedro, el primero de los discípulos del Señor, tan impetuoso en su celo que sacó la espada por Él en el huerto de Getsemaní, y tan flaco luego en la casa de Caifás que tres veces le negó por miedo a una infeliz mozuela, se hallaba desde el punto y hora de su pecado en el mayor desconsuelo. El canto del gallo le hizo recordar la triste palabra del Salvador, que profetizó su inconstancia; y dice el Evangelio que en cuanto lo oyó, se salió fuera y lloró amargamente. Retirado en lo más oscuro de su habitación, no daba treguas al llanto, y en cuanto iba llegando a su noticia todo lo relativo a la Pasión, muerte y sepultura de su Maestro, se avivaba más y más en él el recuerdo de su falta y el dolor de ella. Así que ardía en deseos de ver resucitado a Jesús para pedirle perdón de su flaqueza. Impaciente por saber de Él, voló al sepulcro con Juan el discípulo amado, y entrando el primero en el hueco de la peña, no halló ya el cadáver, y sí sólo las sábanas y sudario con que fuera envuelto; lo cual afirmó a ambos en la seguridad de su Resurrección, noticiada ya por las piadosas mujeres. Volvióse, pues, a su casa, donde se le apareció Cristo resucitado, como se saca de aquellas palabras que según san Lucas se decían unos a otros los Apóstoles: Resucitó el Señor, y apareció a Simón. ¡Con qué humildad y ternura recibiría el Apóstol infiel la visita de su amado Maestro! ¡Con qué ríos de lágrimas se echaría a sus pies y le pediría echase en olvido su momentáneo extravío! ¡Con que consuelo interior oiría de su boca palabras parecidas a las que en otra ocasión se dirigieron a la Magdalena: ¡Perdonado te ha sido tu pecado, pues has amado mucho! ¡Oh gran Dios! ¡Si hubiese imitado el infeliz Judas esta conducta humilde y arrepentida de su hermano en el apostolado! ¡Si hubiese llorado su crimen y encomendándose a la misericordia de su Maestro en vez de colmar la medida de la iniquidad con la desesperación y el suicidio! ¡No vacila en afirmar un piadoso escritor que el primer abrazo de paz de Cristo resucitado hubiera sido entonces para el traidor que con beso de amigo les vendió a sus perseguidores! ¡Oh pecador, oh infeliz pecador, a quien trae desconfiado y quizá punto menos que desesperado la inmensidad de tus desórdenes! vuelve, vuelve a Dios que guarda para ti en la santa Confesión y Comunión el más regalado abrazo. Llora como Pedro y reconoce tu maldad, que si traidor fuiste para negar con tu mala vida a tu Maestro; misericordioso es El y de piadosísimas entrañas para olvidarlo y admitirte otra vez a la tan suspirada paz y reconciliación. Concededles, Dios mío, a los que os niegan, negándose a participar de vuestros Sacramentos, el toque interior que concedisteis a vuestro Apóstol culpable, y el perdón y el abrazo de amigo con que recompensasteis sus lágrimas. Amén.


 

DÍA CUARTO
DE LA APARICIÓN A LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

Dos de los muchos discípulos que tenía el Salvador, además de los doce Apóstoles, iban por aquellos días a un castillo o caserío inmediato a Jerusalén llamado Emaús. Y conversaban de los últimos sucesos que acababan de tener lugar en dicha ciudad. Jesús se les reunió en traje de viajero, y tomó parte con ellos en la conversación. Al llegar a Emaús aparentó despedirse para dejarlos allí y seguir Él su viaje; más los dos, que con la compañía le habían cobrado ya cierto amor, le rogaron los acompañase aquella noche y se hospedase en el castillo o caserío, pues era ya cerca de anochecer. Admitió cortésmente el Salvador, y llegado a la casa, se sentó con ellos a la mesa y tomó el pan, lo bendijo, y se lo distribuyó, y en esto le conocieron; pero al punto desapareció. Se quedaron los dos asombrados, y se decían uno a otro: «¿No es verdad que sentíamos ya enardecerse nuestro corazón cuando hablaba con nosotros en el camino y nos descubría el sentido de las sagradas Escrituras?» Y luego salieron y refirieron a todos cómo habían visto a Cristo resucitado, y le habían reconocido por tal en el acto de partirles el pan. ¡Afortunados discípulos! Andaban tristes y melancólicos por lo que en Jerusalén habían visto padecer al Salvador, y anhelaban saber lo que había sido de Él y de sus promesas de resucitar al tercer día; y su buena fe y sencillez de corazón fueron recompensadas por la presencia del mismo Señor, a quien tanto amaban. Su mismo corazón enardecido con su trato y conversación se lo anunciaba ya, y les disponía para entrar de lleno en su conocimiento al recibir de sus manos el pan. ¡Oh pobres pecadores! Jesucristo viaja también a vuestro lado en esta corta peregrinación de la vida, y se os hace del amigo y os da conversación por medio de la palabra de su Iglesia, y sólo espera que le digáis: «Quédate con nosotros,» para descubrirse del todo y darse todo a vosotros en el pan de su preciosísima Eucaristía, que es su verdadero Cuerpo. ¡No desairéis al buen Jesús, que por todas partes se os hace encontradizo! ¡No le desairéis, so pena de que no podáis dar con Él, cuando tal vez un día se haya apartado ya para siempre de vosotros, dejándoos en el endurecimiento! Decidle como estos dos sencillos discípulos: Quédate, Señor, con nosotros, que anochece ya y va de caída el día. Un soplo es nuestra vida; vecina anda la muerte, que es noche perpetua para el pecador; cae ya la tarde de nuestra edad, y pronto no habrá ya más luz para proseguir la brevísima jornada. Quédate, Señor, con nosotros, y no te separes ya más de nuestra conversación y hospedaje. ¡Dios mío! Buscad, buscad a esos infelices viajeros que hacen solos el peligroso viaje de la vida a la eternidad; buscadlos, llamadlos siquiera a última hora, y revelaos a su corazón para que os conozcan y os amen y os sirvan y os gocen por toda la eternidad. Amén. 

 


DÍA QUINTO

DE LA APARICIÓN A LOS APÓSTOLES JUNTOS

El mismo da de la Resurrección se hallaban los Apóstoles reunidos en su casa, cerradas las puertas por temor de los judíos, y se les apareció el Señor resucitado, presentándose en medio de ellos, sin necesidad de que le abriesen. La primera palabra que les dijo fue: «Paz sea con vosotros. Yo soy. No temáis.» Turbados y atemorizados pensaban ver algún espíritu fantástico, y entonces les añadió: «Mirad mis manos y mis pies, porque Yo mismo soy; el espíritu no tiene huesos ni carne, como veis que Yo tengo;» y diciéndoles esto, les mostró las manos, los pies y el costado, y se alegraron los discípulos viendo al Señor. Las primeras palabras que hace oír Jesús sacramentado en el corazón de los que debidamente se acercan a recibirle, son estas mismas que dirigió a sus Apóstoles: «¡La paz sea con vosotros! Yo soy. No temáis.» ¿Qué saludo puede dirigirse más amoroso y tierno? Óiganlo los pobrecitos pecadores alejados quizá por muchos años de Dios y de sus Sacramentos, en busca siempre de una paz que el mundo engañoso les promete y no les puede dar. Paz piden a sus disipaciones, paz piden a sus avaricias, paz a sus venganzas, paz a sus criminales amistades. Allí piensan hallar a todas horas la paz. ¡Y la paz Dios mío, no está sino en Vos y en el cumplimiento de vuestra divina ley! Negádsela, Dios mío, a los tristes y desvariados que andan buscándola lejos de vuestros caminos; negádsela, sí; dadles siempre turbación, remordimiento y perpetuo desasosiego, para que así conozcan lo vano de los dioses a quienes sirven, y se vuelvan a Vos, único y supremo dispensador de la paz. Y cuando contritos y arrepentidos se acerquen a confesar sus culpas a vuestro ministro y a recibiros en la santa Comunión pascual, ¡ah! abridles entonces todos los tesoros de paz que encierra vuestro Corazón sacratísimo, derramádsela a torrentes en el suyo, decidles con amorosa y suavísima voz: Acercaos, amigos míos, la paz sea con vosotros. Yo soy: no queráis temer. ¡Oh si conociesen los distraídos del siglo las dulzuras inefables de esta paz! Roguemos, hermanos míos, para que se la haga desear y conocer Dios a nuestros prójimos que viven apartados de Él; pidámoselo por los méritos de aquellas preciosísimas llagas que en tal día mostró Jesús a sus Apóstoles. ¡Divino Jesús! Sed para con nuestros hermanos pecadores verdadero Dios de paz y de reconciliación, para que con ellos y con Vos podamos nosotros lograr la paz eterna de vuestra gloria. Amén.



DÍA SEXTO

SOBRE LA APARICIÓN A SANTO TOMÁS APÓSTOL

Tomás, uno de los Apóstoles, no estaba con ellos cuando se les apareció el Señor. Le dijeron ellos: «Hemos visto resucitado al Señor.» Respondió él: «No lo creeré si no viere con mis propios ojos las aberturas de sus manos y pies, y metiera mis dedos por ellas, y mi mano en la herida de su costado.» Se compadeció Jesucristo de esta dureza de corazón de su Apóstol, nacida quizá del mismo asombro que le causaba la novedad del caso, y se dignó desvanecer sus dudas favoreciéndole con una especial aparición. A este fin presentóse otra vez en medio de sus Apóstoles, cerradas también las puertas, y después de haberles saludado, llamando a Tomás le dijo: «Entra tu dedo por aquí y mira mis manos; llega tu mano y éntrala por mi costado, y no quieras ser incrédulo, sino fiel.» Confundido Tomás, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Replicóle Jesús: «Porque me viste, oh Tomás, creíste! ¡Bienaventurados los que no vieron y creyeron!» ¡Oh dignación del Salvador! Ningún medio le parece demasiado para acabar de tranquilizar y consolar al espíritu agitado que se acerca a Él. ¡Oh si lo comprendiesen los desdichados que por pretextos quizá levísimos dejan de presentarse a su divina Mesa! Mas atendamos a otra observación. Dicen algunos contemplativos que el favor especial concedido por Cristo a santo Tomás lo fue a ruegos de los demás Apóstoles, contristados en cierta manera por la dureza de corazón de su compañero. ¡Qué lección para nosotros, hermanos míos! ¡Tal vez quiere el Señor que la dureza, de corazón de alguno de nuestros prójimos sea vencida por nuestras oraciones! ¡tal vez Dios para atraer a sí con eficaz auxilio a un pecador envejecido en la culpa, aguarda sólo que nosotros se lo supliquemos fervorosamente! ¡Ay divino Señor! ¡Cuántos Tomases duros e incrédulos hay entre nosotros! ¡Cuántos que rehúsan prestar su ascenso a las verdades de vuestra fe, so pretexto de que no pueden verlas con sus ojos o palparlas con sus manos! Alumbrad, divino Señor, a esos pobrecitos ciegos de corazón, guiad a esos tristes extraviados, aparecédseles y decidles: Mirad, ved, tocad cuan dulce es mi ley, cuan ciertos mis misterios, cuan eficaz mi gracia, cuan positivos mis bienes, cuan bienaventurada mi paz. Palpad y ved, que Yo solo soy el Señor. Os lo pedimos, Señor, con más intensidad en estos últimos días de vuestro devoto octavario, reunidos aquí en vuestra presencia, como os lo pidieron vuestros discípulos reunidos en Jerusalén. Concedednos, Señor, la conversión de dichos hermanos nuestros, y juntos gocemos con Vos de la clara vista y posesión de vuestra sacratísima Humanidad glorificada en el cielo. Amén. 



DÍA SÉPTIMO
SOBRE LA APARICIÓN A LOS APÓSTOLES EN TIBERÍADES

Estaba pescando Pedro con Juan y otros cinco en el mar de Tiberíades. Era la noche borrascosa, imagen de este mundo siempre agitado y revuelto, y los esfuerzos de los pescadores absolutamente ineficaces. Se les apareció en la ribera el divino Jesús, y les preguntó si algo habían pescado. Le respondieron que no. Entonces les dijo: «Echad vuestra red a la derecha del barco, y cogeréis.» Lo hicieron así, y fue tan rica la pesca, que no podían sacar a la playa la red por la abundancia de ella. Tal es muy a menudo la situación del hombre en el mar revuelto y alborotado de esta vida. Tal es muy en particular la de las almas celosas que en él trabajan para la gloria de Dios y conversión de sus prójimos. Las obras del apostolado católico parecen muchas veces estériles; tras horas y días y años enteros de incansables afanes en medio de mil dificultades y contradicciones, en medio de la noche de los más densos errores, siéntese desalentada el alma por la escasez de sus frutos, por la ineficacia de su oración, y se vuelve al Señor como en amorosa queja: «¡Dios mío, trabajando andamos toda la noche sin conseguir resultado!» Seguid, seguid sin desalentaros, almas fieles que trabajáis, oráis o gemís por la conversión de vuestros hermanos. Seguid sin cansaros, seguid sin desfallecer. Pasará la noche, llegará la alborada, y a la orilla de ese mar tempestuoso oiréis la voz del Salvador que os alienta, y hallaréis entonces vuestras redes henchidas de preciosísima pesca, y rica con ella entrará vuestra barca en el puerto de la feliz eternidad. Orad sin intermisión, orad. No os es conocido tal vez por ahora el efecto de vuestras súplicas, os lo será algún día. ¿Quién sabe cuántos corazones ablande secretamente aquella lágrima solitaria que estáis derramando ahora mismo en la presencia del Señor? ¿Quién sabe cuántos corazones, hoy endurecidos, sentirán en su hora postrera la influencia de ese ruego que dirigís hoy al cielo por tantas necesidades anónimas? Nada se pierde ante Dios. Ni uno siquiera de los granos de semilla sobrenatural que al azar lanzamos, dejará de aprovechar. Si no alcanza la salvación del prójimo, asegura por de pronto la nuestra, y es siempre un homenaje que tributamos a la gloria de Dios. Sí, dulce Jesús resucitado, seguiremos rogando y rogando siempre por la conversión de los pecadores, vuestros hijos y hermanos nuestros, por más que nos procure hacer desmayar el demonio con la aparente ineficacia de nuestros ruegos. Recibidlos Vos y hacedlos fecundos para todos en bienes de gracia y gloria. Amén.



DÍA ÚLTIMO
SOBRE LA APARICIÓN A TODOS LOS DISCÍPULOS EN GALILEA

Además de los Apóstoles tenía el Señor muchos discípulos, a los cuales había llegado también la nueva de su feliz Resurrección. Más de quinientos de ellos se recogieron a instancia de los Apóstoles en una montaña de Galilea esperando allí la visita de su Maestro resucitado. Considera cuan generoso fue nuestro divino Jesús, que no quiso reducir el gozo de sus apariciones a la corta compañía de sus Apóstoles, sino hacerlo extensivo a los demás que ya en aquellos días participaban de su fe y de sus dulces esperanzas. Sabía además que cuantos más fuesen los favorecidos con su vista, tantos más serían los testigos que tendría por todo el mundo la verdad de su doctrina. Y así vemos que más tarde el apóstol san Pedro, para convencer de ella a los obstinados judíos, les dice que fue visto el Salvador resucitado por más de quinientos hermanos. Observa que todos estos discípulos fueron conducidos al monte por invitación de los Apóstoles, a quienes debieron la suerte de poder gozar de la presencia de Jesucristo vivo y glorioso. Fíjate ahora en ti misma, alma devota, y repara cuál ha sido tu dicha si tus oraciones en el presente octavario han logrado ganar para el servicio de Dios y para la Confesión y Comunión pascual algunas almas extraviadas, o siquiera una sola. La que por tus súplicas haya alcanzado de Dios la gracia de su salvación, la deberá en cierto modo a ti, y aunque lo ignore en esta vida, lo sabrá y te lo agradecerá por toda la eternidad. A ti deberá el gozar de la vista clara de Dios, y a ti podemos decir que deberá Dios mismo el tener una oveja más en su rebaño, un elegido más en su gloria. A ti serán debidos en gran parte los buenos ejemplos que el convertido dé al mundo con su nueva vida; y él y los que por él a su vez se conviertan, y toda la descendencia de justos que de ahí puede originarse, serán otros tantos testigos que predicarán la gloria del Señor, como aquellos quinientos discípulos convocados por los Apóstoles al monte de Galilea lo fueron de su Resurrección. Y serán además testigos en favor tuyo en el juicio postrero, y hablarán en favor de ti y te ayudarán a alcanzar misericordia ante el supremo Juez por tus faltas si algunas tuvieres. ¡Oh dichosa el alma que con celo fervoroso se haya dedicado durante estos ocho días a tan santo apostolado! ¡Dichosa todavía más la que lo tomare como tarea principal de toda su vida! Dulce será su muerte, tranquilos sus últimos suspiros, alegre su entrada en la región pavorosa de la eternidad. Concédanos a todos esta dicha y la de trabajar incansablemente para merecerla el divino Jesús resucitado, a quien con el Padre y el Espíritu Santo sea todo honor y toda alabanza por los siglos de los siglos. Amén.

 

 


sábado, 23 de mayo de 2020

DEVOCIÓN A LOS PIES DE MARÍA



DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA NUESTRA SEÑORA

ALABANDO LAS PURÍSIMAS PLANTAS DE SUS SACRATÍSIMOS PIES 

Dispuesta:

Por un religioso sacerdote del Sacro y Real Orden Militar de la Merced

Con Licencia, en Puebla de los Ángeles, año de 1645

 

ORACIÓN

Bendito seas eternamente Dios y Señor, Trino y Uno, que para confundir la soberbia del demonio y rendir su maldito orgullo, eligió tu Divina Sabiduría, la humildad de María Santísima, fulminándole la sentencia en el paraíso, de cuyo sagrado, fue transgresor ofensor este envidioso Dragón, siendo poderoso instrumento de tu Divina Justicia, las sagradas plantas de los castísimos pies de esta Purísima Reina, las que desde el instante de su Concepción en gracia, quebraron, rindieron y postraron la erizada cabeza de la mas tirana bestia. Con todo rendimiento, Señor y Dios mío, postrado en las sagradas aras de tu clemencia, te doy humildemente las gracias, y repetidas alabanzas por esta sagrada victoria, de tu Divina Omnipotencia, y en ti Purísima María, alabo y bendigo las castísimas plantas de tus sacratísimos pies, en las que venera afectuoso mi corazón, tu profundísima humildad.

Benditas sean las Purísimas Plantas de los sacratísimos pies de María Santísima, nuestra Señora, las que, desde el gracioso instante de su intacta Concepción, rindieron la cabeza del Dragón infernal.

Benditas sean estas Purísimas Plantas que, caminando al Templo de Jerusalén, encaminaron a todas las almas puras, y guían por el camino del cielo con sagrado ejemplo de honestidad y pureza.

Benditas sean tus Purísimas Plantas, que caminando obedientes a cumplir con el edicto del César Augusto, enseñaron la obediencia que todos debemos tener a nuestros superiores.

Benditas sean tus Purísimas Plantas, que, caminando hasta el humilde abatido Portal de Belén, nos enseñaron la conformidad que todos debemos tener con la voluntad de Nuestro Señor, en todos nuestros desamparos, y el rendimiento con que debemos apreciar los abatimientos y desprecios.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, caminando para Egipto, nos enseñaron a huir los peligros del demonio, mundo y carne, que son nuestros enemigos crueles.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, saliendo obedientes de Egipto, nos enseñaron el que pronto debemos obedecer los divinos preceptos.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, encaminado al Templo, sujetándose a la ley de la purificación, nos enseñaron la estimación y veneración de la ley, y confundieron al infierno con su profunda humildad.

 Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, caminado al Templo de Jerusalén a dar culto y veneración a Dios nuestro Señor, enseñaron la pronta obediencia con que debemos guardar los preceptos de la Iglesia.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que dolorosas volvieron a caminar a Jerusalén en busca de Jesús Niño, perdido, enseñándonos la diligencia y eficacia con que debemos buscar a Nuestro Redentor, cuando infelices le perdamos por nuestras culpas gravísimas.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, siguiendo siempre las amorosas huellas de Jesús hasta el calvario, fueron nuestro ejemplo, enseñándonos el que, para agradar a su Majestad, es necesario caminar los ásperos montes de las aflicciones, angustias y amarguras, acompañando a nuestro Redentor en las penas, para conseguir la gracia, y gozarle eternamente en la gloria.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que, caminaron hasta el Sepulcro, acompañando al difunto cuerpo del Redentor del Mundo, enseñándonos así, el que debemos para agradar a Nuestro Redentor, tener presente en nuestra memoria, su amorosa Pasión, su afrentosa muerte y sepultura.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que caminaron al Cenáculo, siendo guía de los discípulos de Cristo, nuestro amoroso dueño, para que, recibiese la Iglesia toda al Espíritu Santo, enseñándonos así, el que, para recibir en nuestras almas, por gracia a este Espíritu Divino, hemos de tener por guía a esta Purísima Reina.

Benditas sean estas Purísimas Plantas, que merecieron en Trono de Estrellas, subir triunfantes del infernal dragón, a gozar el Trono de la Gloria.

Benditas y alabadas de los Ángeles y santos, sean eternamente las Purísimas Plantas de los Sacratísimos Pies de María Santísima, nuestra Señora, digna de toda honra y alabanza.

Espantosas para Lucifer, y para todos los ejércitos infernales, han sido desde el primer instante de la Concepción en gracia, y son y serán eternamente las Purísimas Plantas de los Pies de María Santísima, nuestra Señora y Reina, las que hundieron la soberbia del infernal dragón. 

Se rezan dos veces el Ave María y luego lo siguiente:


ORACIÓN

Gloriosísima Virgen María, refugio de pecadores, Reina de los Ángeles y Santos, Madre del Divino Verbo humanado, consuelo de los afligidos y espanto del infierno: bendita eres Purísima Reina, toda eres pura, y toda eres ejemplo de pureza hermosa, Madre Purísima, son las son las plantas de tus sacratísimos pies. En tus hermosos calzados, Señora, respira la gracia aromas de honestidad, pureza y castidad, y los más preciosos aumentos de virtud. Ejemplar eres, intacta Virgen, de la más profunda humildad, y asisten lo más rendido de tu sacratísimo cuerpo, venero el depositó el Espíritu Santo, como en sagrada palestra de sus triunfos el poder, con que sus purísimas plantas, armadas de la fuerte arrilleria de tu profundísima humildad, vencieron al infernal dragón, por estos triunfos de la gracia, en general beneficio de toda la humana naturaleza, y en accidental gloria de la naturaleza angélica, te pido rendido, besando humilde con mis potencias, con mi alma, y con todo mi corazón, las benditas y purísimas plantas de tus castísimos y sacratísimos pies, el que ruegues a nuestro Señor, nos encamine por las sendas de su mayor agrado, y siendo nuestra guía, sean nuestros pasos ordenados al servicio de su Majestad, al cumplimiento de nuestras obligaciones, y al verdadero bien de nuestras almas, para que sirviendo a nuestro Señor en esta vida, consigamos la gracia, y postrados a tus pies, alabemos a su Majestad eternamente en la gloria. Amén. Jesús, María y José.

 

 


TRIDUO A SAN FRANCISCO JAVIER



TRIDUO A SAN FRANCISCO JAVIER

POR

PBRO. GABINO CHÁVEZ

CON LICENCIA ECLESIÁSTICA

MORELIA. 1907

 

L/: Señor, abrirás mis labios;

R/: Y mi boca anunciará tu alabanza.

 

L/: Dios mío, entiende en mi ayuda:

R/: Apresúrate, Señor, a socorrerme.

Gloria al Padre….


ACTO DE CONTRICIÓN

Dulcísimo y amabilísimo Jesús, Redentor del mundo y Salvador de mi alma, que por mi amor derramaste tu preciosa Sangre de tantas maneras y con tan acerbos dolores en tu amarga pasión; ¿cómo he tenido Señor, atrevimiento para ofenderte? ¿cómo no he reflexionado que el pecado te crucifica de nuevo, y que cada vez que lo cometo, vuelvo a renovar todos los horrores, todas las ignominias y amarguras de tu pasión y de tu muerte? ¡Perdón, Dios mío! ¡Perdón ele tanta ingratitud, adorable Salvador mío! Por los méritos de aquel grande santo, de aquel amante siervo tuyo, que te dio tantas almas, e introdujo la luz de la fé en reinos enteros, y convirtió tantos y tan obstinados pecadores, lávame de las manchas de mis culpas, dame un dolor grande de haberlas cometido, y un propósito firme, constante y verdadero de no volver jamás a ofenderte. Amén.


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Oh glorioso San Francisco, apóstol de las Indias, ardiente corazón que sólo suspirabas por dar gloria al Señor y rendir a sus pies las naciones infieles; y para eso emprendías viajes peligrosísimos, trepando monte» escarpados, arrastrándote por peñascos cubiertos de hielo, atravesando crecidos ríos, y cruzando bosques poblados de fieras: y todo esto te parecía poco, y sufrías los ultrajes, las calumnias y las atroces persecuciones de los enemigos de la fé por tener la dicha de extender el reino de Dios y ver santificado su nombre entre los pueblos infieles que no le conocían. Por este celo de la honra y gloria de Dios que te consumía, por esta abrasada caridad que te hacía correr desolado tras la salud de las almas concédenos, ¡oh apóstol admirable! un grande celo por la propagación de la fé que tan debilitada en los pueblos cristianos, es todavía desconocida en inmensas regiones: haz que los misioneros que hoy la llevan a las naciones infieles, ardan en un vivo celo que los haga afrontar los peligros, y desafiar la muerte misma por plantar Ja santa fé en los corazones; haz que todos los que tenemos parte en la grande Obra de la Propagación de la fé, consideremos la santidad de esta empresa, y no nos dejemos llevar de la inconstancia y la tibieza, sino antes procuremos ayudar cada día más con las limosnas y nuestras oraciones a la difusión de la fé entre los infieles, para que cooperando según nuestras fuerzas, a que el nombre del Señor sea santificado, y a que venga á nos su reino, alcancemos el que se cumpla en nosotros la santa voluntad del Señor, que es nuestra santificación, y librándonos de todo mal, nos lleve a los eternos gozos de la gloria. Amén.

Se rezarán tres Padre Nuestros y Ave Marías en la forma siguiente:


Gloriosísimo Javier, que tan ardientemente amaste a Jesucristo, pídele que su santa fé se conserve y se fortifique entre los pueblos cristianos.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Celosísimo Javier, que tan grandes trabajos padeciste por extender el reino de Dios sobre la tierra, alcanza del Señor que los misioneros trabajen sin descanso por extender la fé entre las naciones infieles.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Prodigiosísima Javier, que obraste tantos milagros para acreditar tu misión, y que bautizaste por tu mano un millón de infieles, enciende en nosotros un santo celo para que cooperemos cada vez con más ardor con nuestras oraciones y limosnas, a la santa Obra de la Propagación de la fé.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.


PRIMER DÍA

Sin la fé es imposible agradar a Dios, ni llegar a salvarse; y por eso es inmenso el beneficio que nos hace el Señor al infundirnos la santa fé con el sacramento del Bautismo. Y por eso tú ardías, ¡oh grande santo! en deseos de propagar la santa fé por todo el universo; te llenas de gozo cuando el insigne San Ignacio te manda marchar a las regiones remotísimas que Dios ha destinado para ser conquistas de tu celo y para ser alumbradas con la luz del Evangelio. Y partes presuroso, y no quieres visitar de paso a tu piadosa familia, como olvidado para siempre del mundo, y muerto enteramente a la carne y a la sangre. Concédenos ¡oh apóstol celosísimo! que sepamos darle gracias a Dios por habernos hecho nacer en el seno de la verdadera fé y religión, y que nos llenemos de grandes deseos de que su nombre sea santificado, y su reino extendido entre tantas naciones que aún no le conocen. Pide, oh Javier, un nuevo espíritu de valor y de celo para los seis mil misioneros que hoy anuncian la santa fé entre los infieles; y para nosotros sus cooperadores indignos, la constancia y el fervor en la santa Obra de la Propagación de la misma fé, para que, cuidando de que sus beneficios se extiendan sobre la tierra, podamos disfrutar de sus recompensas en el Cielo. Amén.



SEGUNDO DÍA

Confiad vosotros en mí, porque yo he vencido al mundo, dice nuestro adorable Salvador, y el amado discípulo añade: Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fé. Y con la fé ¡oh santo admirable! venciste las potestades de la tierra, y superaste los peligros del apostolado, y desbarataste los planes del abismo. Inspíranos, pues, esa fé viva que todo lo cree, que nunca duda, que jamás vacila: esa confianza en Dios que no mira dificultades ni embarazos, y que, tratándose de su gloria, acomete todas las empresas, y desprecia todos los obstáculos, y no se espanta con los dichos de los hijos del siglo, ni tiembla ante las persecuciones del mundo y del infierno. Si nos alcanzas la virtud de la esperanza, ni nos acobardaremos con los temores, ni con el éxito nos envaneceremos; sino que, dando a Dios nuestro Señor siempre la gloria, y sabiendo que nadie esperó nunca en él, y quedó confundido, lograremos ayudar con nuestros débiles esfuerzos a la difusión de la fé en el universo, y alcanzaremos el objeto primario de la virtud de la esperanza, que es la eterna bienaventuranza. Amén.


TERCER DÍA

Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón; éste es, como Cristo nos dice, el primer mandamiento de la divina Ley éste es el fin de nuestra vida, y la última razón de nuestra morada en este mundo. Pero en todo ponemos nuestro amor, menos en el Cielo, y apegando nuestro corazón a las indignas criaturas, cometemos un robo sacrílego, quitándole a Dios, que es su Señor legítimo dueño. Enséñanos a amar a Jesucristo, ¡oh amantísimo Javier! tú, cuyo pecho se inflamaba en violentos ardores, que era preciso refrescar al viento de la noche; tú que sólo vivías, y sólo respirabas por el amor y la gloria de nuestro dulcísimo Maestro y Salvador; tú que después de unos días amargos y fatigosos que te rendían a punto de muerte, venías a descansar de tantas fatigas pasando enteras las noches a los pies del divino Jesús Sacramentado, que era todo tu encanto, tu tesoro y tu gloria; tú que anhelabas por dar tu vida, y la expusiste mil veces gustoso, por extender con la luz de la fé el fuego de la caridad en los corazones; tú que amaste al Señor tan de veras, buscando su gloria entre bárbaras naciones, dígnate encender ese divino fuego en nuestras almas; derrite el duro hielo de nuestros corazones, y alcánzanos que ardan en las dulces llamas de la caridad, siquiera para compensar el olvido, la frialdad y la ingratitud de los hombres. Haz que el divino Prisionero de nuestros tabernáculos sea, como fue para ti, nuestro amor y nuestro encanto; que lo visitemos con ardientes afectos: que lo desagraviemos de las injurias que allí sufre por nuestro amor, y que lo recibamos con santas disposiciones. Así trabajaremos más y más cada día porque se extienda por el mundo la fé que nos le muestra oculto, pero real y verdaderamente presente en el Sacramento, y que, junto con la fé, se acreciente el conocimiento y el amor a tan divino Ministerio. ¡Oh grande Santo! alcánzanos que, siendo tus verdaderos devotos en esta vida, te acompañemos en la otra, a cantar para siempre las divinas alabanzas. Amén.

 

ORACIÓN COMPUESTA POR SAN FRANCISCO JAVIER, PARA PEDIR A DIOS

LA CONVERSIÓN DE LOS INFIELES. -

Eterno Dios. Criador de todas las cosas, acordaos que Vos sólo criasteis las almas de los infieles haciéndolas a vuestra imagen y semejanza. Mirad, Señor, cómo en oprobio vuestro se llenan de ellas los infiernos. Acordaos, Señor, de vuestro Hijo Jesucristo, que derramando tan liberalmente su Sangre, padeció por ellas. No permitáis, Señor, que sea vuestro mismo Hijo y Señor Nuestro por más tiempo menospreciado de los infieles; antes apiadado con los ruegos y oraciones de vuestros escogidos los Santos, y de la Iglesia, esposa benditísima de vuestro mismo Hijo, acordaos ele vuestra misericordia, y olvidándoos de su idolatría e infidelidad, haced que ellos conozcan también al que enviasteis, Jesucristo, Hijo vuestro, nuestro Señor, que es salud, vida y resurrección nuestra, por el cual somos libres y nos salvamos, a quien sea la gloria por infinitos siglos de los siglos. Amén.

 

 


DEVOCIÓN AL NIÑO DIOS DE PRAGA



DEVOCIÓN AL SANTO NIÑO DE PRAGA

Protector universal en toda necesidad, pero particularmente para que no falte lo necesario.

La Imagen de este Niño se venera en la Iglesia de

NTRA. SRA. DE LA SALUD.

LEÓN. 1906.


ACTO DE CONTRICIÓN

¡Oh perla candidísima de valor infinito! ¡Oh adorado Niño! fuente inagotable de toda felicidad de toda dulzura, de toda piedad y de toda misericordia: delicadísimo Niño, a tus pies soberanos humildemente se postra este infeliz y vil pecador, que desea con sus lágrimas desagraviarte; pero que llega confiado en que tú eres el insondable piélago de bondad, a ti bien mío, á ti suspira mi infeliz y pobrecita alma y unida a este desgraciado corazón te dice que le pesa el haberte ofendido: ¡oh adorado Niño! por ser tú quién eres, te suplico el que me des la contrición de Dimas, las lágrimas de Pedro y las dulces expresiones de Agustín, para así desagraviarte como desea mi corazón. Perdóname, Niño hermoso; por tu santísima, Madre y su pureza virginal. ¡Oh Niño piadosísimo! Espero en ti lograr mi salvación por medio de esta oración que humildemente te presento; así como espero no salir desconsolado con lo que sabes necesito. ¡Oh milagroso Niño! ampárame en la hora de mi muerte, presentándote con el lucido escuadrón de los ángeles para alabarte en su compañía en la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Se rezan tres Padre Nuestros y Aves Marías y la siguiente:

ORACIÓN

¡Oh Niño Jesús! yo recurro a Vos os ruego por vuestra Santa Madre que me, asistáis en esta necesidad [aquí se manifiesta lo que se pide,] porque yo creo firmemente que vuestra Divinidad pue de socorrerme. Espero con confianza obtener vuestra gracia. Os amo con todo mi corazón y con todas las fuerzas de mi alma Me arrepiento sinceramente de mis pecados; os suplico ¡oh buen Jesús! que me deis fuerza para triunfar de ellos. Tomo la resolución de no ofenderos jamás, y vengo a ofrecerme a Vos, con la disposición de sufrirlo todo antes que desagradaros. Desde ahora, quiero serviros con fidelidad. Por el amor de Vos, ¡oh Divino Niño! amaré a mi prójimo como a mí mismo. Oh Jesús, Niño poderosísimo, yo os suplico de nuevo, asistidme en esta circunstancia (dígase cual es) hacedme la gracia de poseeros eternamente con María y José; y adoraros con los Santos Ángeles de la corte celestial. Así sea.


ANOTACIONES

Al hablar sobre la piedad popular, es referirnos a aquellas devociones que antaño se hacían en nuestros pueblos y nuestras casas, cuando se...